Políticas de la Memoria
Not a member yet
    745 research outputs found

    Socialismo y filosofía

    Get PDF
    Historia Intelectual europea – Dossier La “crisis del marxismo” (V)         Socialismo y filosofía   Por Rodolfo Mondolfo &nbsp

    Las ilustraciones de este número: Monde. Hebdomadaire d’information littéraire, artistique, scientifique, économique et sociale(n° 1: junio 1928 – n° 353: octubre 1935)

    No full text
    Las ilustraciones de este número Monde. Hebdomadaire d’information littéraire, artistique, scientifique, économique et sociale(n° 1: junio 1928 – n° 353: octubre 1935) El 9 de junio de 1928 comenzó a circular por las calles de París una de las publicacio- nes más emblemáticas del movimiento antifascista francés: Monde. Hebdomadaire d’information littéraire, artistique, scientifique, économique et sociale. Bajo la dirección de Henri Barbusse y con un comité editorial integrado por Albert Einstein, Máximo Gorki, Upton Sinclair, Miguel de Unamuno, León Bazalgette, M. Morhardt, León Werth y el argentino Manuel Ugarte, este semanario cultural se autodefinió desde el inicio como un journal de combat. Fue particularmente a través de la defensa de la cultura que expresaron su toma de posición política en contra del imperialismo, el conservadurismo y el avance de los fascismos. Su diseño dinámico, en el que el texto se entrelazaba con una gran cantidad de ilustraciones y grabados, constituía uno de los principales atractivos de la revista. Contó con la colaboración activa de diversos artistas europeos y latinoamericanos. Políticas de la Memoria ilustra esta entrega con varias de sus tapas, compartiendo así con sus lectores este emblema antifascista que integra su patrimonio. Ilustración de tapa: Monde n 204, 30 de abril de 1932   Monde nº 342, 27 de junio de 1935 Monde nº 335, 9 de mayo de 1935 Monde nº 97, 12 abril de 1930 Monde nº 142, 21 febrero de 1931 Monde nº 152, 2 de mayo de 1931 Monde nº 204, 30 de abril de 1932 Monde nº 263, 17 de junio de 1933 Monde nº 274, 2 de septiembre Monde nº 205, 7 de mayo de 1932 Monde nº 337, 23 de mayo de 1935 Monde nº 121, 27 de septiembre de 1930 &nbsp

    Juan Guillermo Gómez García, A propósito de Andrés López Bermúdez, Jorge Zamalea. Enlace de mundos. Quehacer literario y cosmopolitismo (1905-1969)

    No full text
    A propósito de Andrés López Bermúdez, Jorge Zamalea. Enlace de mundos. Quehacer literario y cosmopolitismo (1905-1969), Bogotá, Universidad del Rosario, 2014, 584 pp. La tesis doctoral de Andrés López Bermúdez que se publica bajo este título, constituye una contribución (casi) conclusiva, de mérito excepcional, en los estudios de la historia intelectual colombiana. La biografía intelectual sobre el escritor bogotano Jorge Zalamea Borda, nacido en el marco de la Plaza de una Bogotá al principio del siglo XX, como atada a las más rancias tradiciones señoriales, y muerto sesenta y cinco años después, en medio de una sociedad que había experimentado los más profundos cambios pensables en este lapso, es una radiografía apasionante del hombre, del oficio del escritor, de la sociedad que lo hace posible y trata de negarlo, de la situación límite, en los más diversos escenarios públicos en los que actúa y desea vehementemente influir con sus escritos, con su fuerte personalidad moral y sus armas asociativas. La tesis doctoral de Andrés López hace parte ya de las biografías intelectuales más destacadas, como Andrés Bello: la pasión por el orden de Iván Jaksic, Vida de Sarmiento de Allison Williams Bunkley, Un escritor entre la gloria y las borrascas: vida de Juan Montalvo de Galo René Pérez, Horizonte humano: vida José Eustasio Rivera de Eduardo Neale-Silva, La introducción del pensamiento moderno en Colombia. El caso de Luis E. Nieto Arteta de Gonzalo Cataño, o Gabriel García Márquez, una vida de Gerald Martins —llena de exotismos. Jorge Zalamea, tal como queda retratado en la investigación de López Bermúdez en sus múltiples facetas, es el hombre del cambio, el escritor que afronta la vertiginosa transformación de una sociedad —de la sociedad señorial a la sociedad de masas—, que sueña dirigir a la luz de sus ideales liberales y que se empeña en enfrentar con todos sus vicios, traumas y rémoras. El problema de este empeño biográfico, primer escalón de una historia intelectual, no es tanto motivar al lector a seguir un periplo vital cumplido y ejemplar —la llamada “ilusión biográfica”—, sino el de ver los quiebres y discontinuidades de la vida “heroica” de un escritor en medio del abrupto cambio que se opera en los moldes convencionales de la época en que nació, dominados por la reacción conservadora ultramontana de Miguel Antonio Caro y compañía (1885-1930). Hoy no es difícil a los colombianos imaginar esa sociedad parroquial dominada por una élite cerrada, pagada de sus privilegios reales, virtuales o sobre todo fingidos, que domina una masa de mestizos que vivían o vegetaban literalmente en la miseria, corroída por la ignorancia, la desnutrición y la sífilis (el 70% la padecían). La Atenas Suramericana era todo lo contrario que consagró el ultraconservador santanderino Marcelino Menéndez y Pelayo. Era en verdad una cloaca, mal iluminada, sin alcantarillados, insegura. Pero al margen, o por encima de esta masa social, estaba la otra sociedad minoritaria, compuesta casi toda de blancos —se estimaban hispano-descendientes—, que se cultivaban desde la infancia en la casa y colegios particulares en el dominio del latín, las literaturas clásicas y españolas del Siglo del Oro, que observaban las normas éticas del catolicismo estrictamente, y seguían los consejos de Rafael María Carrasquilla en Ensayo sobre la doctrina liberal —versión nacional del furibundo libro de Félix Sardá y Salvany El liberalismo es pecado. En esta cima social, como señorito bogotano, nació Zalamea, pero no ha de morir adscrito a su origen social y a la orientación dominante de su clase —como suele mayoritariamente suceder. Jorge Zalamea llega al mundo el año en que el general Rafael Reyes sube a la presidencia. La pesadilla de la Guerra de los Mil Días y la pérdida de Panamá requerían una reconducción de la nación. Esa presidencia quiso conciliar los términos de los feroces odios bipartidistas y tomar conciencia de que, ante el poderío norteamericano, había que jugar con las cartas de unas reformas decisivas, por encima de los partidos. La nación colombiana a principios del siglo XX estaba literalmente destrozada y amenazada seriamente de seguirse fragmentado. Quizá el signo de este cambio lo refleja, en el plano intelectual o campo que más nos incumbe, la aparición de la Revista Contemporánea, dirigida por Baldomero Sanín Cano, o el libro del general Rafael Uribe Uribe Por la América del Sur. Jorge Zalamea, nos lo recrea Andrés López, nace en un caserón de la Plaza de Bolívar, de cuatro pisos, “pretenciosamente moderno”. Él mismo poeta nos recuerda su balcón, luego cómo desde allí veía un árbol que se semejaba un velero. Niño privilegiado, desde muy temprano Zalamea se asomó al universo de la lectura. La fantasía infantil fue estimulada por las aventuras de Emilio Salgari y la saga de Pinocho. La figura de Chaplin también suscitó su asombro. En el colegio fundó un periódico. La primera incursión pública de Zalamea a la vida literaria fue como integrante de Los Nuevos. El grupo literario —en que participaron los Lleras Camargo, León de Greiff, Luis Tejada, Luis Vidales, Rafael Maya o Germán Arciniegas— se pretendió nuevo frente a los Centenaristas y crearon la revista Los Nuevos (1925). Las lecturas representativas, que nos anota el investigador López Bermúdez, son Maurrás y Barrés, Gide, Valéry, Rimbaud, Mallarmé, que en todo caso no aseguraba una cohesión de ideas o un propósito definido. La heterogeneidad de la agrupación hizo posible que allí también figuraran Silvio Villegas, Jorge Eliécer Gaitán, Gabriel Turbay y Darío Echandía —muchos de los cuales vendrían de la provincia a la capital—, que serían los protagonistas de ideas, sucesos y corrientes totalmente opuestas en la vida pública en las décadas siguientes. Como dice López Bermúdez quizá solo Zalamea y De Greiff fueron los dos escritores que supieron mantener más firme, en las décadas posteriores, la jerarquía y los anhelos renovadores estéticos de la agrupación literaria Los Nuevos. De mayor interés es, para el lector hoy, el primer periplo de Zalamea como artista vagabundo por Centroamérica, México y España. La ruptura juvenil con la parroquial Colombia, lo lleva a Costa Rica y Guatemala. Ese primer viaje, pues, esa asignatura del intelectual —que desde el Wilhelm Meister de Goethe— le resulta constitutiva en su formación: es el viaje a tierras lejanas, donde conoce otras gentes, otros intelectuales y otras mujeres, es decir, los insumos fundamentales de una cultura más ampliada. El joven apasionado Jorge Zalamea inicia así tempranamente el viaje que le fue posible a Baldomero Sanín Cano solo viejo, a José Eustasio Rivera solo para morir en Nueva York, a J. A. Osorio Lizarazo para servir a Perón y Trujillo, o se le negó a Tomás Carrasquilla por quiebra o a Miguel A. Caro —tal vez por empecinamiento anacrónico. El viaje de Jorge Zalamea es tratado aquí no como episodio turístico, sino precisamente como lo que es: una institución intelectual. Es el viaje que nos libera de los prejuicios o que debe contribuir a ello. Para la época —y quizá hasta hoy— era una institución para los privilegiados que generalmente lo usaba, según lo recuerda Ángel Rama, para echarse definitivamente a perder. El viaje es en Zalamea lo que fue para Bello, Bolívar, Sarmiento, Montalvo, Rubén Darío, Martí, Joaquim Nabuco, González Prada, Picón Salas o Alfonso Reyes, es decir, la ocasión de aprender, abrir horizontes intelectuales, ponerse al tanto de experiencias inéditas e inusitadas, en todo caso, imposibles de vivir en nuestro estrecho medio. El viaje es en Zalamea, como es aquí tan profusa y seriamente documentado, la prueba de fuego para definir una vocación prematura y sentar las bases de una actividad literaria de gran significación para Colombia. Zalamea entabla en ese primer periplo viajero fuertes amistades en México con Xavier Villaurrutia, Jaime Torres Bodet, Carlos Pellicer o Gilberto Owen —particularmente con este. Tras retornar a Colombia de este viaje desde agosto de 1925 a abril de 1927, se decide a publicar su primera obra El regreso de Eva, que “le tomó ocho años de trabajo”. No gozó, con todo, esta pieza dramatúrgica de aceptación. Zalamea, como contrapartida, se consagra a la crítica literaria, con un ánimo profesional casi inédito en nuestro medio —a excepción de Sanín Cano o Carlos A. Torres. Viaja a España —quizá agotado del medio provinciano— a finales de ese mismo año. Allí va a cimentar su personalidad intelectual y su obra literaria. La estrecha amistad con el poeta, universalmente reconocido, Federico García Lorca, es parte del inventario de esos años en la Península. Lo es también su labor como traductor del inglés, francés e italiano, seguida con interés puntual. Zalamea traduce a Joseph Conrad o D’Annunzio. Se esconden sus traducciones bajo el nombre de Ricardo Baeza, quien gozaba de gran prestancia en la escena literaria peninsular y gracias a ello puede cobrar más. Pero fue sin duda la amistad con García Lorca, quien le dedica su “Poema de la soleá, tierra seca”, una fecunda ocasión en el curso de la consolidación de la personalidad literaria de Jorge Zalamea en tierras españolas. Esta amistad, anota López Bermúdez, fue “entrañable y afectuosa”, el mismo poeta bogotano lo llama “el mejor de mis amigos”. La correspondencia íntima entre ambos —en que se intercambia penas, pesares y proyectos líricos— y los testimonios de contemporáneos certifican la especial relación que los unía. También esta amistad mantuvo y amplió el amor de Zalamea por el teatro. En la estancia de España, que se prolonga hasta 1932 fecha en que es nombrado diplomático en Londres hasta 1934, Jorge Zalamea contrae nupcias con la bella, inteligente y a la postre trágica Amelia Costa. Este cargo diplomático, cuyas funciones parecen difusas —¿qué hace en realidad un agregado cultural?—, le permite intercambiar favores, por ejemplo con Germán Arciniegas, de cuyo libro El estudiante de la mesa redonda, recibe cincuenta ejemplares que distribuye entre sus amistades españolas, como Unamuno, García Lorca, Ortega y Gasset, Recasens Siches, etc. También hace leer a su amigo García Lorca La marquesa de Yolombó de Carrasquilla, quien a decir del mismo Zalamea, “quedó deslumbrado”. Arciniegas a su vez distribuyó en Bogotá, como compensación, el folleto De Jorge Zalamea a la juventud colombiana. Este segundo periplo viajero, concluye en 1934. Zalamea había ya absorbido la sustancia cultural de Europa que lo habilitaba como un gran conocedor de espacios literarios, de ideas, corrientes en América Latina y Europa. Tenía 29 años y se alistó en las filas de la alta burocracia del gobierno de López Pumarejo —el único en el siglo XX que ensayó y puso en práctica políticas modernizadoras a una elite sustancialmente retrograda, de inmensas injusticias y fuertemente aferrada a los dogmas católicos— y colmó así uno de sus sueños de hombre de letras. Los servicios, como intelectual comprometido, en el gobierno de la “Revolución en marcha”, como se conoce este periodo, cuyo impulso se concentró entre abril y diciembre de 1936, se resumen en su participación en la Comisión de Cultura Aldeana, de la que surgió su monografía El Departamento de Nariño: esquema para una interpretación sociológica; y en sus cargos en la Secretaría del Ministerio de Educación y de la Presidencia de la República. La relación con el curtido líder liberal López Pumarejo —había nacido en Honda en 1886— fue definitiva para asumir el rol distintivo en el marco público nacional: Jorge Zalamea como un combatiente de las ideas liberales de renovación social. La puntual realización que lo distinguió y que fue para Zalamea permanente motivo de satisfacción: la colaboración en la creación de la Universidad Nacional de Colombia, hito decisivo en la vida universitaria y académica del país —la vieja Universidad Nacional de 1867 de Manuel Ancízar había prácticamente dejado de existir bajo la Regeneración. Entorno a la construcción de la Ciudadela Universitaria o Ciudad Blanca, creada en 1936 con el diseño del arquitecto y urbanista alemán de la Escuela de Bauhaus, Leopoldo Rother, se formó una batalla campal de ideas. Mientras la Iglesia y El Tiempo se opuso —lo que no obsta que Eduardo Santos haya ayudado al jesuita Félix Restrepo a conseguir la sede de la Universidad Javeriana, pilar anti-liberal o anti-lopista— a la creación de la Universidad Nacional y argumentan ateísmo o despilfarro, Zalamea mantuvo firme su defensa de la educación pública superior. Al tiempo que cumplía sus funciones públicas, Zalamea no desaprovechó para promocionar su obra, difundirla en América Latina en Perú con Luis Alberto Sánchez, en Chile con Pablo Neruda, en Argentina con Victoria Ocampo. Fue esta deslumbrante actuación pública, en un escenario encendido de pasiones políticas, trampolín para su figuración literaria y ocasión para su fama literaria. La década de los cuarenta es para Zalamea más bien época de tertulias y debates literarios. En ellos se destaca su defensa de la agrupación poética Piedra y Cielo, en cuya cabeza se pone Eduardo Carranza. Publica su “ensayo filantrópico” como lo califica Andrés López El hombre, náufrago del siglo XX, y sobre todo son sus intensos y no menos duros —afectivamente: se suicida su mujer— años como embajador en México, a partir de 1943 durante el segundo periodo presidencial de López Pumarejo. Entra Zalamea allí en contacto con el connotado ensayista Alfonso Reyes, para quien gestiona la Cruz de Boyacá, y con Daniel Cossio Villegas, el director del Fondo de Cultura Económica, con quien diseña un listado de posibles obras colombianas que no van a ser, a la postre, publicadas —la no publicación de autores colombianos en el Fondo confirma el aislamiento cultural del país en esas décadas decisivas de modernización urbana y rezago político atávico. Publica la edición mexicana de La vida maravillosa de los libros. También son años de cocteles y excesos de bohemia, de angustia existencial. El papel que cumplió Jorge Zalamea, años después, tras su retorno de Embajador en México, luego del asesinato de Gaitán y la amenaza del ascenso del obseso franquista Laureano Gómez al poder, que tenía los visos de una hecatombe del proyecto liberal, cobra el aspecto de una lucha abierta, de vida o muerte. Zalamea fue en los años oscuros de las dictaduras de Mariano Ospina Pérez —cierra el congreso en 1949 y militariza buena parte de las poblaciones colombianas que da origen a un cadena de violencia que aún no ha concluido— la voz de la disidencia. Fue perseguido, estigmatizado, encarcelado. Tuvo que dar el paso de huir del clima asfixiante del país, dominando por la mal llamada Violencia: era esta una maquinaria de terrorismo de Estado, impulsada y profundizada directa y abiertamente por Laureano Gómez para borrar de la fase de la tierra colombiana el liberalismo y restaurar una Cristilandia a sangre y fuego. En Buenos Aires como exiliado, se topa Jorge Zalamea, en realidad, por intermediación del poeta de filiación comunista Luis Vidales, con el altísimo cargo diplomático-cultural de Secretario del Consejo Mundial por la Paz (CMP). El CMP, instituido en 1949 tras la Segunda Guerra Mundial, era una organización pro-soviética destinada a promover las alianzas entre los pueblos, fomentar la paz mundial y servir de plataforma para el intercambio de artistas e intelectuales de todo el mundo, doctrinaria o afínmente afectos al régimen de Moscú. El cargo llegó como caído del cielo y casi por azar. Zalamea no era un comunista —difícilmente se le puede calificar socialista en alguna de sus variantes— pero creía en la dignidad del hombre, en la necesidad de establecer políticas sociales modernizadoras y se autodenominaba anti-belicista; del otro lado, estaba el Congreso por la Libertad de la Cultura, auspiciado por el Departamento de Estado norteamericano y la CIA, en cuyas filas militaba el liberal santista Germán Arciniegas. Para la época en que Zalamea era Secretario de CMP, lo era para CLC el compositor ruso Nikolas Nabokov, quien era apoyado por Robie Macauley, agente de la CIA y editor de Playboy. Zalamea llega a este cargo por razones difíciles de hilar en una argumentación sólida. Su personalidad literaria se acompasaba por su personalidad política y sobre todo por su moral. Su modelo intelectual era una mezcla de la herencia del poeta modernista, del bohemio y genio poético de Rubén Darío, arrojado al azar de las circunstancias políticas, y el protagonista de un cambio social por medio del estudio social, la propaganda política sólida y el uso de los medios de divulgación más afines a los propósitos de un cambio social más justo y equilibrado. Por razón de espacio, no podría seguir estas nuevas y muy resonantes actividades de Jorge Zalamea, en la que destacó solo su iniciativa de galardonar con el Premio Lenin de la Paz a su compatriota que más lo merecía, sin duda, Baldomero Sanín Cano. También el mismo Jorge Zalamea, con apoyo de Miguel Ángel Asturias y Pablo Neruda, contribuye a que el poeta bogotano, por lo demás muy corto de recursos económicos y minado por dolencias hepáticas, obtenga ese codiciado premio incluido el alto monto de 28.000 dólares para 1968. Zalamea fue, pues, poeta, traductor, ensayista, crítico literario, dramaturgo, polemista, sociólogo, editor, periodista, mediador y promotor cultural, diplomático, ministro, conferencista, profesor universitario. También fue bohemio, corresponsal asiduo, activísimo secretario del Consejo Mundial de la Paz, acerbo crítico, intransigente enemigo y militante convencido, como lo insistió no pocas veces, de la causa antibélica. Estas múltiples actividades, y estos simultáneos roles intelectuales y sociales, resultaron no siempre coherentes o consecuentes. Es difícil sino imposible cumplir a satisfacción en tantos frentes, sobre todo cuando los escenarios públicos dominantes son diversos, están en tensiones continuas y sus orientaciones ideológicas cambian súbitamente. La vida de Jorge Zalamea está tirada por un hilo o hecha de un nudo grueso de dificultades, sobresaltos, ansiedades, crisis, inestabilidades psicológicas. Nunca parece, conforme este formidable retrato de Andrés López Bermúdez, que está lejos de un cuadro psiquiátrico, pero que inevitable da material para ello, estar Zalamea satisfecho con su obra literaria. No está libre de presiones económicas; más bien se encuentra atado a una inseguridad de diversos orígenes, a una cierta ingobernabilidad de los resortes de la existencia que lo lleva a la recurrencia a la vida bohemia, al alcoholismo, al desfogue por amores “ilícitos”. Hay como una tragedia labrada, un sino de incontenibles tintas negras. Pero hay otro componente en Zalamea. Hay también un impulso ético a toda prueba, un afán inclaudicable de perfeccionamiento artístico, un activismo fáustico por una patria mejor, por un mejoramiento de las relaciones sociales, de las condiciones de existencia de una sociabilidad dominada por el disimulo, la hipocresía, la perversidad. Zalamea luchó contra el fanatismo, sin verse del todo libre de los prejuicios culturales que lo hacía posible y lo estimulaba. Fue machista, fue pagado de sus privilegios —más de su inteligencia que de sus orígenes sociales—, resultó a veces vacilante y repelente, cuando quizá se precisaba más tacto y tino para decidir sobre situaciones inconmensurables. Hubo un signo de inestabilidad, de “mercurialismo” en todo su ser artístico e intelectual. Zalema no fue un hombre de partido, ni liberal ni comunista; o mejor, antepuso siempre su personalidad de artista —un modelo como heredado de la España canovista: pienso en Emilio Castelar o Juan Valera, o quizá del modelo que él mismo experimentó en España con los volubles Unamuno y Azorín a la cabeza— que presupone la superioridad de la inteligencia por encima de todo otro imponderable cultural. Zalamea fue un secreto saint-simoniano, que encontraba en la exaltación pública de la inteligencia, el deseo de figurar en su Parlamento Newton. Este es el punto quizá más problemático de una personalidad sellada, como la de Jorge Zalamea, por una tradición medio-legible. Mitad obra de la tradición del poeta como esteta de la sociedad y otra mitad reformador social gracias a su labor de hombre estético. En este sentido quizá Sanín Cano, quien nació medio siglo antes, tuvo un sentido de las proporciones más ajustado. Los dos, sin embargo, apenas pudieron reconocer el papel protagónico, no de los movimientos sociales de izquierda radical, sino el papel de la inteligencia radical de izquierda justo en la redefinición del intelectual como figura marginal. Sólo con despecho aceptó, un Ezequiel Martínez Estrada —diez años mayor que Zalamea—, esta situación cuando se decidió a vivir a Cuba en 1961. Pocos años después comprendió que la maquinaria de la revolución cubana devoraba también a sus intelectuales comprometidos; que no había un sitio específico para los intelectuales en la marejada revolucionaria, como no lo había para ese grupo en el mundo burgués desde Baudelaire. Algo más “románticamente” que Martínez Estrada, Jorge Zalamea siguió insistiendo, pero desde Bogotá, en colaborar para la causa de Fidel Castro. Pero este gesto de compromiso no pasaba de una elegante manera de aceptar que las cosas habían cambiado muy profundamente. Su rechazo a la conquista del poder por las armas fue síntoma de ello o parte de su inteligencia crítica. Zalamea pidió a la juventud universitaria conquistar el poder por la inteligencia en un país más bien de mulas resabiadas. Su defensa a la revolución cubana o su crítica al México ensangrentado de la masacre de Tlatelolco, eran gestos desde la distancia. En casa sabemos que Jorge Zalamea se peleó agria y justificadamente con el pontífice del Nadaísmo Gonzalo Arango —quizá percibiendo que ese

    Luciano Nicolás García, A propósito de Hugo Vezzetti, Psiquiatría, psicoanálisis y cultura comunista. Batallas ideológicas en la guerra fría

    No full text
    A propósito de Hugo Vezzetti, Psiquiatría, psicoanálisis y cultura comunista. Batallas ideológicas en la guerra fría, Buenos Aires, Siglo XXI Editores, 2016, 288 pp. Este libro de Vezzetti, en cierto modo, reúne sus intereses previos: por un lado, la historia de las disciplinas “psi”, y por otro el análisis de la cultura política argentina, la izquierda en particular. Sin embargo, por el período que retoma —de 1948 a 1964—, el texto delinea una zona de indagación poco frecuentada, tanto en su producción como en la literatura disponible. El texto se inserta dentro de la renovación de los estudios del comunismo local, ya que ofrece una mirada trasnacional, al analizar el escenario local en función de otros espacios, en particular, Londres, París, la URSS y EE.UU., y de actores como la ONU y las organizaciones internacionales comunistas. También propone una reconsideración del comunismo como un actor cultural positivo, más allá de la habitual caracterización que lo reduce una cerrada ortodoxia. El texto analiza el surgimiento, desarrollo y caída de una ortodoxia psiquiátrica comunista, que decodificó el enfrentamiento cultural entre la URSS y EE.UU. en términos de politizar el campo “psi” y rechazar ideológicamente al psicoanálisis. El recorrido se realiza en cuatro densos capítulos, entre la “obertura” y el “final”. La obertura destaca las principales líneas de trabajo: por un lado, la reconstrucción de una trama de médicos intelectuales primero ligada al positivismo, luego a los movimientos antifascistas, y más tarde al Partido Comunista Argentino (PCA); por otro, la reconsideración de la historia local del psicoanálisis, el cual no puede considerarse sólo desde la perspectiva de sus practicantes y apropiaciones, sino también a la luz de las controversias y oposiciones que generó. Finalmente, Vezzetti reconsidera los aspectos propositivos del partidismo comunista, no ya desde una mirada desde los cuestionamientos realizados en los sesenta por propios y extraños; un esfuerzo meritorio considerando que el autor antes había adoptado esa postura, dada su filiación previa con la “Nueva Izquierda”. El libro busca entonces conjugar la historia de la cultura de izquierda y la historia de las disciplinas “psi” desde la historia intelectual y los estudios de recepción. El primer capítulo analiza el despliegue del zhdanovismo como una respuesta a la “doctrina Truman” y el modo en que esta contienda cultural definió la oposición comunista al psicoanálisis. En Francia, ésta fue orquestada desde la cúpula del partido, pero en la Argentina surgió “desde abajo”, de sus psiquiatras e intelectuales, sin la intervención de los dirigentes. Ello permite revisar el lugar común que reduce las políticas culturales comunistas a un verticalismo irresistible. La figura central aquí es Gregorio Bermann, por su ubicación como intelectual filo-soviético, por rechazar un psicoanálisis que antes había promovido y por sus propias ideas psiquiátricas. El capítulo dos introduce el escenario londinense, donde después de la Segunda Guerra Mundial se producen fuertes transformaciones en la psiquiatría angloparlante, mediante nuevas organizaciones internacionales como la Unesco. La propuesta de una psiquiatría orientada a lo social entonces propuesta fue rechazada por los sectores comunistas como una ideología burguesa sostenida en un psicoanálisis que consideraban individualista e irracional. El capítulo tres se centra en Bermann quien, en tanto compañero de ruta, abrazó el partidismo comunista, condenó al psicoanálisis y a su vez retomó el programa de una psiquiatría orientada a lo social en las páginas de Revista Latinoamericana de Psiquiatría. Junto a él, figuras como Jorge Thénon y Julio Peluffo propusieron una psiquiatría basada en las tesis de Pavlov, el nuevo héroe científico de la URSS. El cuarto capítulo muestra los problemas que generó este partidismo psiquiátrico; José Bleger, un psicoanalista afiliado al PCA, siguió a la psiquiatría comunista francesa, que luego de 1956 abandonó la impugnación al psicoanálisis, y sostuvo que las tesis de Freud pueden ser recuperadas por el materialismo dialéctico. Esto generó una controversia en varias publicaciones, que llevó a que los psiquiatras pavlovianos organizaran en 1958 una sesión partidaria que cuestionó a Bleger. La psiquiatría comunista finalmente entró en crisis la década siguiente y quedó fuera de competencia frente al psicoanálisis, aun con la intervención de los dirigentes en 1964, ya sin alternativas para revertir el ocaso tanto del partido como del pavlovismo. Vezzetti reconstruye un proceso de politización de la psiquiatría desde el seno del comunismo, lo que revela puntos de continuidad y productividad allí donde antes sólo se había señalado rupturas de una ortodoxia estéril. Ciertamente no reivindica a los comunistas, pero es sensible a dinámicas menos obvias respecto de la generación de las ortodoxias y los vínculos entre las autoridades políticas y los intelectuales. Por su recorte, enfoque y problemas que despliega, el libro es una valiosa contribución a los campos específicos que cruza y, de modo general, a la historia intelectual. Luciano Nicolás García(UBA-CONICET) &nbsp

    Um grão de sal: Autenticidade, felicidade e relações de amizade na correspondência de Mário de Andrade com Carlos Drummond [Artículo evaluado por pares]

    No full text
    O principal objetivo deste trabalho é o de analisar a forma por intermédio da qual Mário de Andrade elabora a sua subjetividade na correspondência trocada com Carlos Drummond de Andrade.[1] Não se trata, é necessário esclarecer desde logo, de tarefa das mais fáceis, não só porque não sou um especialista na obra de Mário mas também porque o próprio material investigado parece mostrar-se particularmente resistente à interpretação: submetidas a uma permanente oscilação, as cartas dão a impressão de registrar com enorme plasticidade e minúcia —como se fossem feitas de cera−as menores alterações de humor do nosso autor, abrindo um leque decorado com tanta riqueza, colorido e variedade que o seu exame ameaça se converter em uma empreitada das mais arriscadas.[2] Esta, aliás, foi uma das razões —embora não a decisiva— que fizeram com que o texto que se segue viesse a concentrar as suas atenções no estudo do primeiro ano daquela correspondência, entre outubro de 1924 e fins de 1925, iniciada logo depois da passagem de Mário por Belo Horizonte em seu retorno a São Paulo junto com a comitiva modernista que havia visitado Ouro Preto: Oswald de Andrade, Tarsila do Amaral e Blaise Cendrars, entre outros. As cartas aí compreendidas situam-se, sem dúvida, entre as mais instigantes do “corpus” em pauta, mas é evidente que a possibilidade de se circunscrever a discussão, levando-se em conta os limites fixados para este artigo, pode ser de grande valia na busca de um entendimento mais complexo e matizado do modo pelo qual Mário procura modelar a sua identidade neste diálogo com Drummond

    Lezama: los libros y la formación

    Get PDF
    En más de una ocasión, ante la insistencia de sus interlocutores, José Lezama Lima (1910-1976) aseguró que Paradiso, la novela que le llevó poco menos de dos décadas escribir (de 1949 a 1966), contenía guiños autobiográficos en algunos de sus pasajes. En ella se encuentran ficcionalizadas varias historias personales del poeta: la de la familia que vive en la emigración revolucionaria durante la guerra de independencia de Cuba, la del niño que asiste al colegio, la de la vida universitaria en La Habana de los años treinta, la de los amigos que el escritor frecuentaba durante sus años formativos, la de sus lecturas y sus conversaciones; en otras palabras, la del mundo cultural de Cuba durante la primera mitad del siglo XX

    Certificações e incertezas: Jorge Amado e suas memorias

    Get PDF
    A mais recente edição brasileira de Navegação de cabotagem, 1 livro de memórias de Jorge Amado publicadooriginalmente em 1992, contém uma extraordinária seleção de fotografias do autor, produzidas em diferentesdatas e situações. Uma delas — a única, na seleção, com esse predicado — corresponde exatamente ao momentoem que aquele livro era elaborado e merece, por isso, um comentário, pois não apenas descortina aspectos do seuprocesso de produção, como também concorre para tornar persuasivo o argumento deste ensai

    Wanda Wechsler, A propósito de Esteban Campos, Cristianismo y Revolución. El origen de Montoneros. Violencia, política y religión en los 60

    No full text
    A propósito de Esteban Campos, Cristianismo y Revolución. El origen de Montoneros.Violencia, política y religión en los 60, Buenos Aires, Edhasa, 2016, pp. 220. El libro de Esteban Campos se enmarca en el campo de estudios de la historia reciente argentina abordando en profundidad una fuente poco trabajada: la revista Cristianismo y Revolución. El período de su análisis abarca los últimos años de la década de 1960 y primeros de la siguiente para reflexionar, a través de la revista, sobre los orígenes de Montoneros. Desde el primer trabajo fundante de Richard Gillespi sobre esta temática, y considerando también el de Lucas Lanusse, poco se ha escrito al respecto y en este sentido resulta un aporte sustancioso. El trabajo aborda en términos generales el discurso elaborado por la revista Cristianismo y Revolución, dirigida por el ex seminarista Juan García Elorrio y su compañera Casiana Ahumada, desde su aparición en 1966 hasta su oclusión en 1971. Su estudio busca explicar el paso de la militancia política e intelectual al uso de las armas para la toma del poder. Según Campos, fue en Cristianismo y Revolución donde se encontraron, para luego seguir sus caminos, cuadros dirigentes de lo que sería Montoneros. En términos generales, el análisis del discurso de la revista busca abordar los siguientes tópicos: a) el vínculo entre el catolicismo y las organizaciones armadas; b) la reelaboración del discurso católico en los años sesenta; c) la inclusión en ese discurso de los trabajadores como sujetos de la acción revolucionaria; d) el problema de la violencia y el binomio política-violencia; e) la construcción de la subjetividad política; y, por último, f) el lugar que ocupó la figura de Perón en el contexto previo de su llegada al país y la forma en que se vinculó la estrategia del líder al proyecto de hegemonía alternativa que, según Campos, presentó la revista. El libro entonces afirma algunas cuestiones interesantes para entender el proceso previo a la formación de Montoneros y el cruce entre cristianismo, marxismo y peronismo. Campos entiende que la radicalización ideológica llevó a militantes del catolicismo renovador a la construcción de organizaciones armadas que tomaron posiciones anticapitalistas y socialistas y que este giro a la izquierda fue mediado por el nacionalismo, asumiendo la identidad peronista como clave argentina de la revolución latinoamericana. Esto último lo explica afirmando que las formas del pensamiento político-teológico durante el período 1967-1968 fusionaron tradición y modernidad e incorporaron a la violencia dentro de aquel esquema de pensamiento. La violencia fue en el discurso militante, no sólo un medio para la lucha política sino también un fin en sí mismo: el ejercicio de la fuerza y la organización militar eran las claves para jaquear el monopolio de la violencia estatal y construir una hegemonía alternativa. Campos afirma que la violencia popular no era solamente una estrategia discursiva sino una realidad palpable que comenzó a ser justificada desde la ética cristiana al absorber la denominada “teología de la violencia”. Esta última mostró un deslizamiento de la teología conciliar hacia una teología de la violencia que intervino directamente en el debate político y que tendió a justificar cada vez más la violencia popular a través de la teología. La violencia se convirtió en redentora en la revista y sería el medio-fin que se opondría al terrorismo de la Triple A y al terrorismo de Estado luego de 1976. Esto último habría generado una preferencia por el valor de la acción. La revista incorporó también en su discurso el lenguaje marxista a través de la figura de la clase obrera: si hasta 1968 ésta no constituía un actor central para Cristianismo y Revolución, a partir del “Cordobazo” se constituirá en el agente central del cambio revolucionario. Se advertía dentro de este esquema las potencialidades revolucionarias del peronismo: según Campos, para 1970 las representaciones religiosas de Cristianismo y Revolución sobre el mundo del trabajo comenzaron a ser eclipsadas por fenómenos inéditos como la aparición del clasismo y el Peronismo de Base. Campos se esfuerza en demostrar que, a pesar de ciertas contradicciones aparentes (como por ejemplo, aquellas atribuibles a la convivencia armónica entre peronismo, cristianismo y marxismo) la revista elaboró una trama simbólicamente coherente. Ese discurso, representativo del proyecto hegemónico de Cristianismo y Revolución, trató en los últimos números de volcar la legitimidad de Perón del lado de las organizaciones armadas peronistas. Estos son los tópicos que deja entrever el libro dividido en seis capítulos (1. El catolicismo renovador en Cristianismo y Revolución; 2. Teología y revolución; 3. Los trabajadores en Cristianismo y Revolución; 4. Reportaje a la guerrilla argentina; 5. Sujeto y vanguardia en Cristianismo y Revolución; 6. ¿Un proyecto de hegemonía alternativa?). Es el último capítulo el que presenta la apuesta principal de Campos: pensar la revista como la punta de lanza de un proyecto hegemónico que si bien nunca pudo realizarse, sigue siendo una experiencia indispensable para pensar las estrategias del campo popular en la historia reciente argentina. A pesar de todo, esa hegemonía alternativa no existió en el nivel de las prácticas concretas, y, según Campos, a partir de 1971, frente a una nueva correlación de fuerzas, el proyecto articulado en la revista fue herido de muerte. En el análisis de Campos, el vínculo ente peronismo, marxismo y cristianismo presenta numerosas aristas que no encuentran su cierre en el texto, pero su intervención invita a seguir pensando. Además de sus aportes, el trabajo también deja abiertos algunos problemas y tensiones. Primero, en cuanto a lo metodológico y la fuente utilizada: el trabajo se centra en el análisis de la producción escrita de Cristianismo y Revolución y lo enlaza con algunas entrevistas a algunos militantes. Aunque manifiesta su intención de abordar la llegada que tuvo la revista, no logra acercarse al lector. Por otro lado, hay una idea presente en el texto de que el diálogo entre cristianos y marxistas es visto como un fenómeno de “importación”: ¿cuánto de este fenómeno es importado y cuanto es en realidad reflejo de algo que sucede en varios lugares al mismo tiempo?; ¿cuánto hay de apropiación, copia y cuánto de producción? El trabajo presenta una tensión constante entre lo que vino de afuera, lo que copió y/o apropió nuestra cultura política. Por último: el trabajo muestra progresivamente un declive de lo religioso en la revista: ¿qué queda de la dimensión religiosa en esta experiencia?, ¿cuánto de la religión se expresa en el origen de estos grupos y continúa? Una última pregunta y siguiendo el punto anterior: el trabajo no ahonda (y quizás sea ese el desafío próximo de algún historiador) sobre cuáles fueron las características, las ideas y los rasgos presentes en Cristianismo y Revolución a fines de los ’60 que continuaron en Montoneros en los años ’70. El libro muestra cuáles fueron los militantes Montoneros que pasaron por allí pero no qué ideas de este período se mantuvieron en la organización. Quizás esto permitiría comprender mejor la afirmación de que en Cristianismo y Revolución se encuentra el origen de Montoneros. El de Campos es un trabajo que vuelve la mirada a los sesenta para repensar el origen de las organizaciones armadas y resulta una introducción obligada para quienes busquen entender aquellos años en Argentina y Latinoamérica. Aporta al debate sobre el origen de Montoneros principalmente al demostrar que éste fue heterogéneo. La radicalización de los católicos aún no había recibido la atención necesaria y el libro demuestra el lugar decisivo que ocupó en la configuración de la cultura política de algunos integrantes de Montoneros. Wanda Wechsler(UdeSA/IDES (NEJ) &nbsp

    Introducción

    Get PDF
    La memoria es una facultad humana esencial. “Ego sum, qui memini, ego animus”:[3] antes del “cogito” cartesiano, San Agustín había postulado “recuerdo, luego soy”. La posibilidad de fijar la identidad (o, lo cual es casi lo mismo, de trazar la historia) de cualquier individuo o grupo humano depende en última instancia de la información almacenada en el cerebro y procesada por aquello que, a falta de un término más exacto, tradicionalmente se denominaba “la facultad de memoria”. Es, se podría decir, el hecho supremo de la subjetividad de todo individuo: razón por la cual “perder la memoria” implica perder la propia identidad. Referida exclusivamente al individuo y enunciada en forma oral o preliteraria, la memoria pertenece al ámbito de la ciencia psicológica —de la psiquiatría o del psicoanálisis—. Bajo este avatar es un hecho universal, elemento esencial de la condición humana. Cuando, por el contrario, se registra utilizando algún medio, algún soporte, material; cuando se inscribe, la memoria pasa de su estado puramente subjetivo a ser un elemento objetivo de la realidad social específica de un grupo humano, y se vincula por ende a un lugar y a un tiempo también específicos. El propio hecho de la inscripción, que permite simultáneamente la divulgación colectiva de la información contenida en la memoria de un individuo y su perduración en el tiempo —incluso más allá, quizás, de la vida del propio sujeto portador de esa memoria—, lo torna un hecho eminentemente social e histórico. Es cierto que las formas específicas de ese registro han sido sumamente variadas a lo largo de la existencia de la humanidad, a tal punto que algunas de ellas nos resultan hoy enteramente ininteligibles, habiendo perdido nosotros la clave para interpretar los signos utilizados en su inscripción. Si bien no sería demasiado exagerado decir que el registro eminente de la memoria individual ha sido la escritura, es cierto que han existido abundantes muestras de formas no literarias de conmemoración pública, inscriptas en pinturas, dibujos, esculturas, monumentos arquitectónicos, desde las primeras pinturas rupestres hasta cenotafios como los de Lutyens para evocar a los muertos en la Primera Guerra Mundial, o las formas arquitectónicas de un edificio como el Museo Judío de Berlin, en cuya propia forma aparece cifrada una parte del significado del recuerdo que se busca evocar y transmitir. La forma icónica existe por sí sola, transmite un sentido que le es específico, pero una parte importante de su capacidad para vehiculizar un significado deriva de la escritura que la rodea. En ausencia total de la escritura, en cambio, es casi imposible descifrar el sentido de la conmemoración contenida en pinturas, dibujos, esculturas, monumentos. A veces ni siquiera se puede saber si la intención de quien articuló en piedra o en pintura un enunciado pretérito haya sido, en efecto, la de conmemorar/rememorar (memorializar, si se permite el neologismo) aquello que aparece allí representado. La maestría de aquellas pinturas de una fauna hoy desaparecida de los bosques y praderas de Europa descubiertas en la caverna de Chauvet arranca del espectador emociones estéticas de violenta empatía y deleitoso maravillar. Pero sin otro dato que aquel del lugar de su pintura y la fecha aproximada de las mismas, todo intento por aprehender el “mensaje” de las mismas no puede sino ser apenas una especulación —muy controlada por la erudición científica en el caso de un arqueólogo profesional, libre y reacia a cualquier disciplina científica en el caso de los promotores turísticos o del esteta librado al vuelo de su fantasía—. ¿Buscaban preservar para las generaciones venideras de la tribu hechos asombrosos vividos en una expedición de caza, operando como elementos mnemotécnicos para los vates de la misma, que al recorrer con sus ojos esas pinturas recitaban las estrofas de una epopeya primitiva? ¿Estaban cargadas de una significación sobrenatural, mágica o divina, que sólo podía ser interpretada y vuelta eficaz por la taumaturgia de un chamán? ¿O eran simplemente los estallidos impetuosos de un genio, de un Miguel Ángel del paleolítico, que buscaba en las toscas paredes de una cueva su Capilla Sixtina? No lo podremos saber nunca a ciencia cierta, en ausencia de una inscripción portadora de un sentido descifrable, es decir, de una escritura.[4] Si bien es cierto que una parte sustancial de la antropología clásica ha reposado, para el estudio de las llamadas sociedades “primitivas” o “salvajes”, sobre las fuentes contenidas en una tradición oral —de relatos históricos y míticos conservados por profesionales del recuerdo en tales pueblos—, la forma por excelencia del registro de la memoria ha sido en las principales sociedades no prehistóricas, la escritura. Y en ellas la práctica de consignar por escrito a los hechos grabados en la memoria ha dado origen a una escritura especializada, que ha buscado diferenciarse de otros tipos de escritura que se ocupan del pasado, al presentarse como aquella que está constituida por textos que pretenden consignar y divulgar la memoria individual, subjetiva, de sus autores. Con el tiempo, la proliferación de este tipo de texto ha dado nacimiento a aquello que podríamos denominar una práctica literaria —en un sentido más laxo— o un género literario —en un sentido más formalizado—. En cualquiera de los dos ha implicado la existencia de una costumbre —aquella de volcar en páginas escritas los hechos personales e incluso íntimos en la vida de un individuo, o sus sensaciones y reacciones personales ante los acontecimientos que han desfilado ante su mirada en el curso de su vida— y de un conjunto de arquetipos —es decir, de obras que han sido convertidas por los escritores y comentaristas posteriores en modelos específicos para este tipo de práctica— que integrados a una serie han podido —a veces, y siempre de modo artificial— constituir un canon. En el último medio siglo se ha consolidado, dentro del espacio disciplinar de la crítica literaria, una subdisciplina dedicada a analizar los rasgos estilísticos, los orígenes y los objetivos de la autobiografía como género literario. La literatura especializada en analizar las obras de carácter autobiográfico desde esta perspectiva no ha cesado de crecer, expandiéndose casi al mismo ritmo exponencial que la propia literatura. Existe ya un campo (o sub-campo) disciplinar organizado en torno al estudio de la literatura de memorias que cuenta con un conjunto de estudios devenidos clásicos: entre otros, aquellos de María Zambrano, André Maurois, Georges Gusdorf, Philippe Lejeune, James Olney, Nora Catelli, o Jean Starobinski. En los años ochenta y noventa se produjo, por otro lado, un interface intenso entre preocupaciones originadas en la reflexión disciplinar filosófica y este sub-campo de la crítica literaria, una de cuyas vertientes resultó ser el apogeo de la influencia de Paul de Man y sus escritos teórico-críticos. Este empeño ha dado nacimiento a estudios sumamente valiosos, tanto por su contribución al establecimiento de definiciones más precisas acerca de los distintos géneros de escritura del yo, cuanto por su elaboración de una cartografía precisa y minuciosa acerca de un posible canon que las contuviera y organizara. Sin embargo, más allá de su indudable aporte a una mejor comprensión de la producción autobiográfica moderna y de su creciente visibilidad en la sociedad contemporánea —organizada cada vez más en torno a una muy banalizada publicidad de la intimidad, propia de una sociedad del espectáculo— este enfoque nacido en el seno de la crítica literaria se ha limitado a analizar la autobiografía desde una perspectiva casi exclusivamente ex post facto, es decir, a partir de un texto preexistente que se presenta al crítico como un objeto ya disponible para su análisis a través del prisma de la teoría de los géneros literarios. La perspectiva que guía a este proyecto —Retratos Latinoamericanos— , y que ha orientado a gran parte de los estudios en él incluidos, es, al menos en parte, distinta. El punto de partida es que la escritura memorialística es una práctica social —con sus reglas, con sus materiales, y con sus condiciones de posibilidad particulares— que se inscribe dentro del campo general de prácticas sociales que articulan y definen la vida cultural e intelectual contemporánea; y que es relevante para su comprensión, por ende, una atención a los procesos que marcaron su génesis y desarrollo, insertos estos dentro de sistemas de codificación lingüísticos y literarios directamente vinculados al estado social, al momento histórico, en que tuvo lugar. La inscripción de la memoria en un texto es, sin duda, un acto individual —un acto que, en el caso de contextos políticos o socioculturales represivos, puede ser una forma, y quizás la única, de rebeldía individual, de protesta secreta contra las convenciones coercitivamente impuestas desde fuera al individuo—, pero es también siempre un acto social ya que la específica modalidad adoptada por esa inscripción —las convenciones de género o de lenguaje, la incorporación, inconsciente o no, en la propia escritura de las fronteras entre lo decible y lo indecible, la construcción de la propia intencionalidad del texto— deriva directamente del contexto social en cuyo interior se produce. &nbsp

    El Testimonio personal de Luis Alberto Sánchez: Memorias inevitables de un americano del siglo XX

    Get PDF
    Las palabras que Luis Alberto Sánchez elige para comenzar Balance y Liquidación del Novecientos, uno de sus libros más reconocidos, son una muestra de un ímpetu autobiográfico que se detecta en numerosos recovecos de su vastísima obra escrita. Como sucede con frecuencia en la escritura memorialística, en el caso de Sánchez la que da cuerpo a su autobiografía oficial se vio anunciada o ratificada en numerosos textos suyos anteriores y posteriores. Se observa, por ejemplo, en el inicio de su Valdelomar o la “Belle Epoque”. Se encuentra también, y más ostensiblemente, en libros en los que registra escenas de su primera estancia en los Estados Unidos, en 1941-1942, o en los que recoge, ya en los años ´70, remembranzas de su destierro en Chile cuando las presidencias de Benavides y Prado en el Perú de cuarenta años antes. Se constata, igualmente, en la prolongadísima serie de postales y vivencias que llamó “Cuaderno de Bitácora”, y que publicó semanalmente durante décadas en el diario El Tiempo de Bogotá y otros varios órganos de prensa del continente. Las memorias de Sánchez, publicadas entre 1969 y 1987 en volúmenes sucesivos bajo el título de Testimonio Personal, parecen ser en consecuencia la decantación inevitable de una tendencia que lo habitaba desde temprano. Un sesgo que surge, ante todo, de su notable vocación por la escritura. Nacido en Lima el 12 de octubre de 1900 y fallecido en la misma ciudad 94 años más tarde, Sánchez fue autor de más de cien libros y de una cantidad indescifrable de artículos dispersos en periódicos y revistas de toda América Latina y aún más allá. Su correspondencia también es singularmente copiosa. El gran historiador peruano Alberto Flores Galindo advertía irónicamente en esa febril pulsión de Sánchez “una especie de pavor a la página en blanco”. También Carlos Real de Azúa observó la proverbial velocidad de su pluma, que según dejaba entrever iba en desmedro de la calidad y el rigor de sus textos. Para Gabriel del Mazo, por décadas amigo y corresponsal de Sánchez, “no se concibe cuándo ni cómo, en medio de cien tareas, pudo investigar, meditar, escribir tanto”. E incluso, en cartas privadas, el propio líder del APRA Víctor Raúl Haya de la Torre —a la sazón, su jefe político y amigo durante décadas— podía igualmente aludir con cierta malicia a la fama de su escritura arborescente. Y aunque llamativamente en sus memorias las referencias a las circunstancias de elaboración de cada uno de sus libros son escasas, Sánchez sí permite derivar su alta tasa de productividad de una disposición infatigable al trabajo. &nbsp

    525

    full texts

    745

    metadata records
    Updated in last 30 days.
    Políticas de la Memoria
    Access Repository Dashboard
    Do you manage Open Research Online? Become a CORE Member to access insider analytics, issue reports and manage access to outputs from your repository in the CORE Repository Dashboard! 👇