Políticas de la Memoria
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Presentación: Aproximaciones a la historia del libro y la lectura en el Perú
Políticas de la Memoria retoma en esta edición su habitual sección consagrada a la Historia del Libro y la Edición. Si en un número anterior la dedicamos a experiencias pasadas de ese campo desarrolladas en México, en esta ocasión presentamos dos trabajos, inscriptos ambos en investigaciones de largo aliento, sobre temas relativos a la historia de la cultura impresa en el Perú. En primer lugar, Martín Bergel ofrece una inspección del lugar de los textos impresos en los años en que el aprismo peruano se transforma en un partido de masas, y desarrolla una hipótesis sobre sus usos en un período en el que ese movimiento político debió obrar necesariamente en condiciones clandestinas. Y a continuación, Carlos Aguirre —profesor de la Universidad de Oregon y autor de varios ensayos dedicados a la historia del libro, entre los que se destaca su reciente volumen La Ciudad y los Perros. Biografía de una novela— ofrece una reconstrucción de la trayectoria y los claroscuros de Populibros, una de las iniciativas más ambiciosas de popularización del libro y la lectura en el país andino.
 
Las afinidades anarco-bolcheviques de Horacio Quiroga: Rescate de dos textos olvidados del narrador rioplatense
Rescate de dos textos olvidados de Horacio Quiroga: El Despertar (1920) y La propaganda post-guerra (1921)
Libro de Actas del Comité Internacional Obrero, la Federación Obrera de la Argentina y la Agrupación Socialista de Buenos Aires (1890-1893)
Libro de actas del Comité Internacional Obrero(desde el 23/5/1890)
Luego Federación Obrera de la Argentina(desde la primera reunión general del 21/12/1890hasta noviembre de 1892)
y luego del Partido Socialista Obreroagrupación de Buenos Aires(desde el 9/11/1892 hasta el 16/4/1893
Los Recuerdos de un militante socialista, de Enrique Dickmann
Ni las Memorias de Elías Castelnuovo, ni los numerosos escritos testimoniales de Liborio Justo, ni —en momentos en que la mirada de género echa luz sobre muchos escritos de mujeres— los ensayos autobiográficos de mujeres como Alcira de la Peña o Fanny Edelman han sido objeto de atención académica. Tampoco lo han sido las memorias de importantes líderes socialistas como Nicolás Repetto o Enrique Dickmann.[4] Pero, si en el conjunto de los textos nacidos de la pluma de Repetto —sus Pasos, por la política, la medicina y la agricultura, así como su tardío “mis noventa años”—, la lectura de los textos confirma el citado prejuicio, no sucede lo mismo con los Recuerdos de un militante socialista que Enrique Dickmann publicó en 1949. Ello se explica en parte por su fascinante trayectoria vital: nacido en Letonia de una familia judía ortodoxa, se vinculó a los movimientos populistas y al sionismo, huyó de su hogar hacia Palestina, pero no logró llegar. Varado en Estambul con sólo 14 años, fue seleccionado por la Jewish Colonization Association para emigrar a la Argentina donde, instalado como colono, logró reunir recursos para traer consigo a su familia. Dejándolos a cargo de su parcela partió a Buenos Aires donde estudió Medicina y se ligó al naciente movimiento socialista, del que llegó a ser uno de los principales referentes y el primer legislador nacional de origen judío. Pero no es sólo el carácter aventurero de la experiencia vivida por Dickmann lo que lo destaca entre la literatura testimonial de los socialistas argentinos, sino también una escritura más cambiante en la que incorpora una multiplicidad de tonos y géneros literarios y, principalmente, el omnipresente trabajo de construcción del sí mismo. Es así que los Recuerdos… pueden ser leídos como un inmenso esfuerzo de legitimación de Dickmann como socialista, como dirigente, y, sobre todo, como argentino
Victoria Ocampo: La autobiografía como aventura espiritual
Aunque es quizás la escritora argentina más retratada del siglo XX, no hay fotos de Victoria Ocampo durante el último tramo de su vida. Celosa de las inigualables imágenes de juventud y madurez que le procuraron los pintores de moda del smart set europeo y los más destacados fotógrafos contemporáneos, Ocampo se resistió sistemáticamente a ser retratada en el final. Cuenta Sara Facio que a comienzos de los años setenta le pidió en varias oportunidades que le permitiera tomarle algunas fotos, a lo que Ocampo se negó de un modo categórico e implacable hasta el último día. Admiradora de su obra literaria, la fotógrafa lamentó especialmente que no aceptara participar de Retratos y autorretratos, el primer libro de escritores que publicó, junto a Alicia D’ Amico, en 1973. Aun cuando el proyecto del libro debió resultarle atractivo —las fotos se publicarían precedidas por la reproducción de la firma y de un texto autobiográfico de cada uno de los escritores invitados— Ocampo, que para ese momento superaba ya los ochenta años, se mantuvo inflexible en su resolución de no integrar la antología. “[…] no creo ser [mal educada] al decirle que por nada de este mundo me dejaría fotografiar.” “Persiste mi repugnancia a dejarme fotografiar”, le escribía a Sara Facio, mientras con humor le sugería que, en lugar de su imagen, utilizaran la de un busto que le había hecho un escultor alemán, especialista en animales.[1] Para excusarse de esa negativa y sobre todo para que Facio no creyera que se trataba de una decisión arbitraria y circunstancial, tomada simplemente en su contra, solía mencionarle los nombres de muchos otros fotógrafos muy conocidos a los que se había negado antes. “Hoy detesto que me fotografíen. Veo una cámara apuntándome y me dan ganas de pegar. […] Te juro que me revienta que quieran fotografiarme. Mirá mis fotos anteriores y ¡abstenete!”.[2] La situación la irritaba sobremanera. Su cólera era la respuesta espontánea a un requerimiento que amenazaba resentir las intenciones y propósitos que habían impulsado su carrera literaria desde el comienzo. Como Florentina Ituarte, la hermana de su bisabuela que al envejecer mandó a descolgar todos los espejos de su casa, Ocampo quería preservar la imagen que había tenido hasta determinada edad. Sabía desde la desaparición de Steerforth, el amigo de David Cooperfield, que lo que la muerte tiene de “más devastador es que comienza antes de llegar, en plena vida”.[3] Fiel a la creencia de los autobiógrafos tradicionales, confiaba en las posibilidades retóricas y gráficas de conjurar sus efectos, dejando establecido cómo se la debería recordar en adelante
Fugitivo del fascismo : Última entrevista con el filósofo Rodolfo Mondolfo
El jueves 15 de julio [de 1976] murió en Buenos Aires el filósofo Rodolfo Mondolfo, próximo ya a cubrir unsiglo de vida. Pese a su asombrosa longevidad, resulta pobre medir su historia en años, ya que su verdaderadimensión está constituida por una obra humanista de proyección internacional. La historia, la literatura, lasciencias sociales y la filosofía, configuraron los ejes centrales de su permanente efervescencia intelectual dentrodel marco de una preocupación global por la problemática política de esta época. Desde su Torcuato Tasso (1899)y Memoria y asociación en la escuela cartesiana (1900) hasta su A propósito del marxismo sin dogmas (1972)y Heráclito: Textos y problemas de interpretación (1966), la producción de Mondolfo suma más de quinientostítulos, distribuidos en libros y artículos aparecidos en diversos países y en distintos idiomas. Catedrático de variasuniversidades en la Italia anterior al fascismo y protagonista de la socialdemocracia en la Europa de preguerra,debió exiliarse en la Argentina cuando el acuerdo entre Mussolini y Hitler desencadenó en la península la represiónpolítica y la discriminación racial. Hasta los últimos tramos de su existencia, el autor de El pensamiento antiguomantuvo lucidez y, a pesar de las limitaciones físicas, siguió participando de la vida cultural. Esta es la últimaentrevista que concedió, en su apartamento de la Avenida Lacroze, Buenos Aires
Para una historia de la no-lectura en América Latina: Los usos de los objetos impresos en el proceso de popularización del aprismo peruano (1930-1945)
En la idea de favorecer un punto de mira acerca de los usos de los objetos textuales que trascienden los actos de lectura, este artículo —parte de una historia intelectual, cultural y política del aprismo peruano en el período de entreguerras en la que me encuentro embarcado desde hace años— ofrece una aproximación al lugar de los materiales impresos en un momento singular de la trayectoria de ese movimiento: el período que se inicia a comienzos de la década de 1930, cuando experimenta un proceso de vertiginosa popularización. Una fase que, como veremos, es al mismo tiempo traumática para el APRA, que sufre entonces una feroz persecución que obliga a sus dirigentes y militantes a un tipo de activismo ejercido necesariamente en condiciones clandestinas. La hipótesis que buscamos sostener es que en esos años los artefactos impresos ocupan un lugar primordial en la cultura política de resistencia que despliega el aprismo. Sólo que, en el curso de ese proceso, la función principal de esos objetos se ve alterada. Si inicialmente ella tenía que ver con un horizonte pedagógico que hundía sus raíces en la tradición de las izquierdas ilustradas que había informado las primeras experiencias políticas del núcleo de jóvenes dirigentes apristas en los años 1920, en el contexto de clandestinidad de la década siguiente muta hacia un tipo de vínculo con los textos en el que la lectura razonada pierde centralidad. En esa etapa, impresos de todo tipo —libros, folletos, volantes de agitación, el propio periódico partidario La Tribuna— cumplen un rol fundamental no tanto por los contenidos textuales que portaban consigo, sino por alimentar en su dificultosa y aun así incesante circulación subterránea (sostenida por el conjunto de militantes y simpatizantes del movimiento) una épica de resistencia que permitió al APRA mantener e incluso acrecentar su popularidad. El tráfico clandestino de textos, hasta cierto punto independizado de las ideas que movilizaba, obró como la savia principal que reavivó permanentemente el sentido de comunidad de la militancia aprista, que en el propio acto de dar y recibir secretamente esos objetos reforzaba emocionalmente su identificación con la causa partidaria.
Evidentemente, la hipótesis de la no-lectura, o, en su versión más blanda, de la pérdida de relevancia de la lectura, resulta difícil de demostrar. De allí que, hasta cierto punto, el abordaje que propongo no rebase el registro de lo conjetural. Con todo, mi exposición busca respaldarse en un amplio conjunto de indicios —recolectados a partir de un prolongado, y aun así inacabado, trabajo de pesquisa en fuentes primarias— que abonan la dirección señalada.[5] En lo que sigue, entonces, repondremos en primer lugar elementos de la historia del APRA que nos permitirán situar nuestro argumento, para luego adentrarnos en las prácticas y sentidos que rodearon la circulación de textos en el período conocido en la narrativa partidaria como “Gran Clandestinidad” (1932-1945).
 
Carta de persona a persona
Las historias del activismo gltb que más circulan en Argentina, las que se plasman en libros, documentales, en el relato folklórico que pasa de boca en boca entre activistas y en el relato popular que recibe la sociedad en general, así como buena parte de los estudios académicos, se escriben principalmente en clave gay.[1] Hay casi una épica gay, favorecida por el tipo de activismo, los modos, las formas de organización, las demandas, las interlocuciones, las marcas biográficas y los espacios de inscripción de los militantes gays. La militancia de las lesbianas, de las travestis, de los hombres trans, de las mujeres trans y de lxs bisexuales tiene algunos puntos compartidos y otros de notoria divergencia. Hay otra historia, debajo, en paralelo y entrelazada con la épica, que es necesario preservar para comprender realmente el desarrollo del movimiento gltb argentino en toda su creatividad, valor y riqueza. El documento que presentamos en esta sección, un volante repartido por Elena Napolitano, ilustra muy bien esa trama militante donde los hilos se trenzan unas veces y se separan otras
La biblioteca de Samuel Glusberg en el CeDInCI
De las escasas “bibliotecas de autor” conservadas en nuestro país, la biblioteca personal de Samuel Glusberg en guarda en el Centro de Documentación e Investigación de la Cultura de Izquierdas en la Argentina presenta una interesante particularidad, porque su propietario, además de escritor y un lector extraordinario, fue, fundamentalmente, un editor. De los 1622 títulos que constituyen esta biblioteca, sobresalen aquellos firmados por Horacio Quiroga, quien mantuvo con Glusberg no sólo una intensa amistad, sino también una de las más fructíferas relaciones intelectuales de nuestro campo cultural. Glusberg marca y subraya los libros de su propiedad, pero también interviene en la materialidad mismade los volúmenes, reencuadernando ochenta títulos que habían sido originalmente publicados en rústica: nueve de ellos, en la mítica editorial “B.A.B.E.L.”, de la cual fuera su editor
Jaime Ortega Reyna, A propósito de Enrique Condes Lara, Atropellado Amanecer: el comunismo en tiempos de la revolución mexicana
A propósito de Enrique Condes Lara, Atropellado Amanecer: el comunismo en tiempos de la revolución mexicana, Puebla, México, BUAP, 2015, 569 pp.
El “amanecer” del comunismo mexicano se encuentra expuesto en la más reciente obra de Enrique Condes Lara. Autor conocido por su trabajo sobre los últimos años de vida del Partido Comunista (PCM) y por una amplia trilogía sobre las estrategias de la represión en México, Condes Lara entrega ahora un voluminoso texto donde expone, sobre la base de investigación documental y bibliográfica amplia, sus principales argumentos de interpretación del fenómeno comunista en México, así como las derivas que éste tuvo a lo largo de sus primeras tres décadas de vida. La amplia constelación de señales que ofrece permite realizar una evaluación crítica de su trabajo, que sin duda alguna, será un referente en investigaciones futuras.
Comenzaré señalando las dos hipótesis más importantes, que a mi parecer, se juegan en el entramado del texto. La primera de ellas versa sobre el carácter eurocéntrico del marxismo-leninismo y su poca o nula posibilidad de comprensión de las sociedades no europeas (una imposibilidad de ser “traducido” a otros contextos). Dicha clave interpretativa explicaría para nuestro autor la debilidad del movimiento comunista mexicano al momento de enfrentarse con herramientas inadecuadas al entendimiento de la sociedad. La segunda de ellas versa sobre el proceso de recepción del comunismo no como movimiento político (que estaría encarnado en el PCM), sino en las instituciones creadas al calor de la revolución mexicana.
Condes Lara efectivamente se despega de toda una corriente de interpretación que ha querido dar un giro de tuerca más sobre el tema del eurocentrismo pues, desde su punto de vista, Marx, Engels, los teóricos de la socialdemocracia y hasta Lenin, tuvieron un horizonte plenamente occidental, europeo y “civilizatorio”. Contrario a una amplia gama de investigadores (ausentes en las referencias) que han relativizado el tema de la visión centralmente europea de Marx, observando la potencialidad de los atisbos a propósito de las sociedades no europeas o no plenamente capitalistas, insiste en esta línea de investigación: el empeño por demostrar la ceguera de Marx les impide observar desarrollos en el mismo autor clásico y en un marxismo periférico que ha andado largo camino sobre las vías no desarrollistas y no progresistas —que rechazan la linealidad de la historia y apelan a la pluralidad del tiempo histórico— de la historia.
Posterior a esta intervención teórica, Condes Lara expone las principales coordenadas que dan nacimiento al México moderno. Se trata de la parte más voluminosa del libro y que conecta la interpretación del hecho histórico con los elementos que dan origen al nacimiento del comunismo. Este último aspecto también es tratado por el autor, haciendo uso de la ya abundante bibliografía que existe, tanto “oficial” como alternativa. Quisiéramos centrarnos en lo que nos parece el capítulo más importante de la obra que ahora comentamos.
Así, pues, consideramos que el capítulo central del libro es el titulado “Cómo se filtró el marxismo-leninismo en las instituciones de la pos revolución”, el cual cierra el trabajo. Se trata de un análisis en distintos niveles en donde se juegan los principales puntos problemáticos de la interpretación que se derivan de las hipótesis antes señaladas. El autor comienza por el análisis de la prensa nacional y las constantes equivocaciones que comunicaban de manera cotidiana a propósito de la revolución rusa, sobre el destino de sus dirigentes y el posible futuro de su proyecto. Luego, de manera muy detallada ensaya la manera en que los líderes de la revolución de los años veinte trataron de entender el fenómeno ruso: Plutarco Elías Calles, Álvaro Obregón y otros pasaron pronto a ser intérpretes del “bolchevismo”, generando un discurso sumamente ambiguo en donde el socialismo y el capitalismo convivían a merced de ser rechazada la figura del bolchevique y con ello se enunciaba la posibilidad de un régimen que fuera una “tercera vía” a la mexicana, alejada de ambas ideologías. El papel de Basilio Vadillo y de don Jesús Silva Herzog en tanto que primeros dos embajadores en la URSS fue crucial para la élite de la revolución mexicana, al ser ellos los encargados de transmitir señales más fidedignas de lo que acontecía en la lejana Rusia bolchevique. Otras figuras importantes señalaron la impronta de la revolución rusa: José Vasconcelos, Narciso Bassols e incluso el político Gonzalo N. Santos. Sin embargo el punto crucial —escasamente tratado— se da cuando un grupo de intelectuales que rodea la cúpula del poder en el periodo del general Lázaro Cárdenas, impulsa la transformación del partido “de la revolución” estableciendo relaciones estrechas con las poderosas centrales obreras y campesinas: un extraño fenómeno en el que las tendencias corporativas y el discurso socialista y obrerista queda encapsulado en una ideología nacionalista cuyo abanderado es el naciente Estado, que pasa a ser el “sujeto” de la transformación social y de la búsqueda de justicia. Aunado a ello se debe sumar una cantidad inconmensurable de estudiantes y profesionales que además de estar condicionados por las coordenadas políticas de la época, tomaron cargos de responsabilidad de fundar y hacer funcionar las más variadas instituciones del Estado pos-revolucionario, hecho inédito hasta ese momento en la América Latina.
Algunas de estas tendencias y contradicciones quedaron plasmadas en un proyecto educativo de largo alcance que buscaba sacar al país del analfabetismo y el “atraso” en el que se encontraban. Con espíritu iluminista se proyectó una reconstrucción total de la historia nacional, sin embargo la problematización que se dio entre los “marxistas-leninistas” no sólo partía de dicha matriz ilustrada, sino que avanzaba por senderos distintos. No resulta fortuito ver a los mejores pintores de la época (Diego Rivera, José Clemente Orozco o David Alfaro Siqueiros, los más conocidos) adhiriéndose al marxismo-leninismo y al tiempo retratando la ideología nacionalista que se estaba cimentando desde el Estado y su ideología. Algunos de estos pintores fundarían El machete, el órgano de difusión de ideas más importante del PCM en la época. A diferencia del proyecto educativo iluminista de un José Vasconcelos, los pintores comunistas querían politizar al proletario y al campesino de manera abierta, pero para ello recurrían “a los muros del Estado”.
Sin lugar a dudas los apartados titulados “El marxismo en la vida nacional” son de lo más significativo para entender el argumento de nuestro autor. En ellos se contrasta la historia previa que ha hecho del PCM como una fuerza supuestamente marginal y el impacto cultural e intelectual del marxismo que rebasó las estrechas paredes del aparato partidario que actuaba en su nombre. Paradoja que acompañaría desde el punto de vista del autor, el desarrollo y despliegue de la institucionalidad que construyó “la revolución mexicana”. El argumento es tentador: México, un país que salía de una revolución agraria, observaba la construcción de un Estado afincado en nociones marxistas, aunque sin comunistas en las instituciones del Estado, ni los tenía a ellos como fuerza política que influyera de alguna forma concreta. Dentro de este marco, Condes pone atención a la producción intelectual adscrita al campo de la historia, con marxistas como Ramos Pedrueza, cuyos textos fueron difundidos con amplitud en las escuelas públicas, normales y técnicas. Es decir, que la “interpretación materialista de la historia” codificada por intelectuales mexicanos, era de uso común y extendido en el ámbito educativo en los años treinta, trasmitiéndose de manera permanente y masiva a las y los futuros intelectuales.
Toda esta constelación permite entender el ascenso de una figura como la de Lombardo Toledano, personaje central en la vida política y sindical del México pos-revolucionario. La perspectiva “nacional-revolucionaria” de Lombardo lo llevó a adecuar, en un esquema de interpretación teleológico, el marxismo al despliegue de la revolución mexicana, por lo que no resulta entonces sorprendente que la principal consigna levantada por él fuera “nacionalizar es descolonizar”. La revolución de este país era un escalón más de la lucha del proletariado mundial, su pervivencia era necesaria y obligada, ello quería decir en gran medida que había que fortalecer el aparato estatal nacido al calor de la guerra civil para apuntalar en un futuro lejano la revolución proletaria mundial. La situación histórica mundial favoreció la presencia y centralidad de Lombardo, no sólo dentro del grupo gobernante que comenzó a fortalecerse tras el arribo de Cárdenas a la presidencia, sino sobre todo a partir del respaldo que le dio la Internacional Comunista. Los comunistas quedaron en medio del conflicto, obligados a supeditarse a Lombardo, quien los perseguía y reprimía al seno de la recién fundada Central de Trabajadores de México (CTM) y la Internacional que implementaba la táctica de “Unidad a toda costa” con los elementos “progresistas” del gobierno mexicano. El “browderismo” como corriente colaboracionista que corroía la iniciativa e independencia comunista tomaba su forma en el “lombardismo”. Por lo demás, Condes Lara no analiza la perspectiva del PCM con respecto a Cárdenas ni a Lombardo, lo cual sin duda es una ausencia significativa para la mirada panorámica que pretende ofrecer.
Pasemos ahora a las posibles líneas de fuga y dificultades de la lectura del texto que comentamos. El límite de la interpretación global de Condes Lara está evidentemente en la explicación de las razones de la marginalidad del PCM como destacamento organizado de los marxistas: desde su punto de vista se trataba de una incapacidad ideológica para descifrar la realidad del país. La teoría marxista, pensada desde la experiencia europea, era un obstáculo epistemológico, teórico y práctico para entender una nación de raigambre campesina, ubicada en una zona cultural muy distinta, aunque occidental, periférica respecto al lugar desde el que fue formulado en su nacimiento. Este elemento argumental puede ser asediado por distintas vías, pues la misma clave interpretativa de los comunistas era llevada en el plano intelectual por importantes personajes del mundo de la cultura, el arte y la educación, tal como él se esfuerza en demostrar. El marxismo no ingresó y se instaló en México con fuerza por la vía de una cultura comunista, sino a partir de la recopilación ecléctica que hicieron en distintos momentos los pos-revolucionarios que construyeron el Estado. El autor pone énfasis en el proceso ideológico y no en las condiciones concretas en las que se desplegaba el comunismo en tanto movimiento político. No era un problema asociado a una supuesta ausencia de lecturas, un “error” en la visión, ni siquiera un excesivo eurocentrismo, sino a la presencia de un Estado que devoraba y fagocitaba toda ideología revolucionaria, incorporándola de alguna u otra manera en su despliegue institucional. Todo ello sin contar la apenas mencionada represión a la que los comunistas estaban sometidos, que los enfrentaba no sólo al Estado sino también a las organizaciones de la derecha. Fueron el nacimiento y fortalecimiento de un tipo de aparato estatal que capturó los principales resortes de la movilización social los que impidieron un impacto mayor del comunismo en tanto movimiento organizado antes que una ceguera teórica.
Las conclusiones en gran medida presentes en el apartado final titulado “Las instituciones estatales resultantes” son la muestra de las expresiones enunciadas a lo largo del texto. Desde el punto de vista de Condes Lara puede concluirse que la revolución mexicana no apostó a la libertad sino a la justicia, lo cual implicaría una distancia frente a formas liberales dominantes en el mundo occidental. Pero también concluye que dicho proceso social no devino en un fortalecimiento de la noción (también liberal) de ciudadanía y apostó más bien al apoyo de las “masas organizadas”, argumentando de manera tajante que quienes participaban del Estado estaban “en cierta forma influidos por la experiencia soviética”. Esta conclusión expresada en las últimas páginas muestra la matriz teórica desde la que Condes Lara se acerca al fenómeno comunista, pero también a la revolución (la mexicana y las socialistas): la perspectiva liberal. La razón por la cual Condes Lara insiste en que el “marxismo-leninismo” se “filtró” en las instituciones estatales, es justamente que la revolución mexicana no desarrolló una ideología liberal, con ciudadanos libres e independientes, tal como actúa en la ficción occidental dominante. Si México vivió un periodo de autoritarismo, no se debió a un grupo dominante que se apoderó de los resortes principales del poder político, sino a que asimiló la experiencia rusa a las condiciones mexicanas por distintas e intrincadas vías. Las últimas páginas del libro muestran con claridad por qué las hipótesis de Condes Lara parecen tan atípicas: entre el corporativismo autoritario mexicano y la forma soviética, en realidad media por una ideología (“filtrada” en el caso mexicano) que niega la libertad individual, la ciudadanía y otros elementos típicos del liberalismo. Así, el trabajo histórico del autor es sacrificado en el altar de la ideología dominante de nuestro tiempo, que reduce la explotación y expolio de nuestras vidas a un problema de individuos atomizados libres ante el mercado, pero ciudadanos en el “cielo de lo político”, como diría el joven Marx.
Jaime Ortega Reyna(UNAM)