Políticas de la Memoria
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    Fin de un ciclo histórico para la edición contemporánea: Del libro impreso al documento digital

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    Fue en mayo del 2000, durante el 26º Congreso de la Unión Internacional de Editores en Buenos Aires, cuando Dick Brass, vicepresidente de Microsoft, anunció la desaparición del último diario y del último libro impresos sobre papel para el 2018. En ese momento reinó un silencio de muerte entre los setecientos profesionales presentes repentinamente consternados. Una persona ajena al medio profesional venía a romper el encanto y a proclamar la muerte del codex en estas reuniones donde, hace más de un siglo, los editores de todo el mundo intentan celebrar el inexorable crecimiento del libro y, en general, el de la economía editorial

    Matías Farías, A propósito de Cristian Leonardo Gaude, El peronismo republicano. John William Cooke en el Parlamento Nacional

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    A propósito de Cristian Leonardo Gaude, El peronismo republicano. John William Cooke en el Parlamento Nacional, Los Polvorines, Universidad Nacional de General Sarmiento, 2015, 112 pp. El peronismo republicano de Cristian Gaude recorta como objeto de análisis el periplo parlamentario de John William Cooke durante el primer gobierno de Perón, con el objetivo de identificar de qué modo republicanismo y peronismo se articulan en un discurso político. Se trata de una tesis que sigue los protocolos de la investigación académica, pero al mismo tiempo de una intervención que habilita un conjunto de preguntas sobre el presente. El cruce entre la investigación y la intervención es lo que nos proponemos reseñar aquí. Comencemos por la tesis. Frente a una larga tradición, de la que participan peronistas, no peronistas y anti-peronistas, que considera a la expresión “peronismo republicano” como un oxímoron de la lengua política, Gaude sostiene que dicha expresión encuentra una articulación consistente en los discursos de Cooke como diputado nacional por la Capital Federal durante el primer gobierno de Perón. Esta sola afirmación supone un doble “descentramiento” polémico. Por un lado, respecto al propio Cooke, ya que sus discursos en el parlamento adquieren la suficiente densidad en el texto de Gaude como para leer desde aquí la entera “unidad de vida y obra” de Cooke, desplazando así el papel central que las distintas bibliografías y memorias militantes le asignan a su acción en el marco de la Resistencia Peronista, o como “ideólogo” de la izquierda peronista. Por otro lado, lo que aparece también descentrado en esta argumentación es la palabra de Perón, porque en la tesis de Gaude no sólo se afirma que hay un peronismo republicano, sino también que hay peronismos cuya decodificación puede realizarse sin tener en cuenta la voz de Perón en el gobierno. De hecho, la tesis nada afirma acerca de si el discurso del propio Perón podría o no ser leído en clave republicana y ello no implica ningún obstáculo para que Gaude desarrolle esta investigación. Sin embargo: ¿en qué sentido sería republicano el peronismo de Cooke? Para responder esta pregunta, Gaude apela a un uso no contextualista de los historiadores contextualistas, entre ellos, Quentin Skinner, para recuperar dos formas antitéticas de republicanismos en un plano de análisis que evoca menos a la cuestión del “régimen político” que a la temática del discurso político: el republicanismo “liberal” —la adjetivación corre por cuenta de Gaude— y el “popular”. Así, y en una distinción que recuerda las categorizaciones que comenzaban a circular desde fines de los años setenta en Latinoamérica respecto a la “democracia formal” y la “democracia participativa”, Gaude caracteriza al republicanismo “liberal” como un discurso fundamentalmente individualista, anti-estatalista, que piensa la libertad en clave negativa, es decir, como “ausencia de impedimentos”, que establece una clara escisión entre esfera privada y esfera pública —y en esta distinción aquella tiene prioridad sobre ésta— y que en definitiva asocia la política con la neutralización de la conflictividad de cualquier raíz; en cambio, el “republicanismo popular” constituye el verdadero espejo invertido del “liberal”, en tanto queda definido como un discurso estatalista basado en una radical interpretación del principio de la soberanía popular, que apela al bien común como instancia superadora de la escena escindida entre lo público y lo privado propia del liberalismo, que recupera el valor de la conflictividad como pilar de la dinámica política y que finalmente concibe a la libertad no en términos negativos sino, en diálogo con Pettit, como “no-dominación” y, más aún, como “autogobierno”. Ahora bien, la distinción polémica entre dos republicanismos antagónicos pierde algo de su fuerza provocativa ante el tipo de indagación a la que nos invita el texto: dada una retícula conceptual previamente definida, el trabajo crítico se reduce en última instancia a ponderar hasta qué punto el pensamiento de Cooke se ajusta a alguno de estos casilleros con antelación diagramados, aunque el lector puede sospechar rápidamente que, así definidas las cosas, el de Cooke no puede dejar de ser un republicanismo popular. Sin embargo, para alcanzar esa conclusión es necesario asumir algunas premisas que no están argumentadas en el texto. En efecto, cuando el autor se dedica a identificar núcleos de sentido que permitirían filiar el discurso de Cooke como parlamentario con el “republicanismo popular”, lo que se ofrece como evidencia es un conjunto de tópicos que conservan un “parecido de familia” con algunas de las variantes del “revisionismo histórico”, o de los tantos nacionalismos que proliferaban en la década del treinta y del cuarenta, entre ellas, el enfrentamiento entre elite y pueblo como clave explicativa de la dinámica histórica y política, el diagnóstico por el cual se caracteriza a la Argentina como un país “semicolonial”, la reivindicación del caudillismo como mediación insuprimible entre masas y Estado, entre otros. Ahora bien: ¿alcanza con apropiarse de una lectura “revisionista” —de las diversas vertientes que circulaban en aquella época, por otra parte— para definir a un discurso, en este caso, el de Cooke, en términos de un “republicanismo popular”? En verdad, algunos revisionismos, como el de los hermanos Irazusta, quizás puedan ser inscriptos en el horizonte de los republicanismos, pero difícilmente en alguno de los que se pueda adjetivar como “popular”; y el “revisionismo” forjista, por citar otro ejemplo ¿colocaba en el eje de sus demandas la cuestión de la “república”? Las preguntas en torno a este punto pueden multiplicarse: ¿es el “pueblo” del revisionismo el “pueblo” de la voluntad general de Rousseau? ¿Ocupa la figura del caudillo un rol similar al que ocupa la figura del “Legislador” en el republicanismo radical? El antiimperialismo revisionista, ¿expresa centralmente una preocupación por la “república”? ¿Es, finalmente, el discurso histórico revisionista un discurso de legitimación del Estado o, como más bien parece, un discurso de impugnación de la voz estatal? En torno a la otra referencia utilizada por Gaude para filiar a Cooke con el republicanismo popular, el Nicolás Maquiavelo de Discursos sobre la primera década de Tito Livio, se podrían plantear preguntas similares. Desde el punto de vista del contenido, pero sobre todo desde el punto de vista de los usos del lenguaje disponible, las equivalencias que supone el texto parecen más complejas de lo que su autor estaría dispuesto a reconocer. Si ello es así, es porque el razonamiento que sostiene esta argumentación se basa en gran medida en una analogía según la cual la distinción entre “republicanismo liberal” y “republicanismo popular” resulta equivalente a la distinción entre “historia liberal” y “revisionismo”: es esta analogía la que por contraste invita a sostener que el nacionalismo popular de Cooke es prueba suficiente de un discurso que se coloca en las antípodas del liberalismo argentino, también en su versión republicana. Pero el problema de este supuesto, además de los interrogantes arriba mencionados, es que buena parte de las representaciones atribuidas a Cooke por Gaude también formaban parte del repertorio de lo que podría caracterizarse como el “republicanismo liberal” argentino en sus distintas versiones decimonónicas. Así, el revisionismo popular no era original cuando planteaba la necesidad de representar a la Nación por sobre los intereses de las partes que la componían: tal como señala Tulio Halperín Donghi, es Bartolomé Mitre quien con el Partido de la Libertad inaugura en la tradición política argentina la idea de que su partido debía aspirar a representar a la totalidad del cuerpo político y no a alguna de sus partes; a su vez, la legitimación de los caudillos como mediadores entre instituciones y pueblo, si bien en clave historicista, esto es, no como el corolario último de la historia sino como una de sus fases admisibles, se puede encontrar tanto en la mitrista Historia de Belgrano como —y fundamentalmente— en las Bases del Alberdi, donde los caudillos son reconocidos como sujetos políticos legitimados para conducir el proceso de modernización que añoraba el intelectual tucumano; finalmente, la impugnación a la oligarquía en clave popular no es un invento ni de Cooke ni de sus fuentes revisionistas, sino que es un tópico reconocible desde la emergencia del “civismo” que se activa en la Revolución del Parque y que en ocasiones se conjuga con componentes “irredentistas” que dejan su huella en distintas vertientes intransigentes del radicalismo que, por supuesto, Cooke no desconocía e, incluso, de manera insospechada, en diversas generaciones políticas venideras. En este sentido, resulta sugerente el modo en que también Halperín Donghi reconoce en los versos de Francisco Urondo que forman parte de Adolecer —al fin y al cabo una trayectoria política con bastantes puntos en común con la de Cooke—, los ecos de ese “civismo irredento” decimonónico. De este modo, el discurso de Cooke se torna difícil de caracterizar en los términos en que lo hace Gaude por dos razones convergentes: la tradición republicana argentina no es tan sencilla de caracterizar a partir del clivaje liberal/popular y los usos de lenguajes nacionalistas que aparecen en el discurso de Cooke no necesariamente se orientan a la legitimación de una República Popular. De hecho, lo que Cooke busca es legitimar una experiencia, la Revolución Peronista, y lo que singulariza su intervención es el modo de inscribir esta legitimación al interior de la experiencia peronista, una modalidad recurrente en su entera trayectoria. En efecto, Cooke es el nombre que encierra un drama histórico y político bien concreto: de qué modo una experiencia política popular —la Revolución Peronista— que Cooke tempranamente, en calidad de parlamentario, comprende como una experiencia política radical —y que insiste en caracterizarla en esos términos años después como referente de la Resistencia Peronista o como intelectual orgánico de la izquierda peronista revolucionaria— puede, sin embargo, alcanzar o “elevarse”, en el sentido hegeliano del término, a su verdadero concepto, pero al interior de un diagnóstico según el cual la historia es pensada no como el terreno apolíneo de la dialéctica, sino como un campo de fuerzas en disputa con resultado incierto en virtud del carácter opaco que median entre los sujetos y sus identidades políticas. Es por ello que no resulta difícil identificar la unidad de vida y obra de Cooke en el cruce complejo que surge entre una vocación intelectual que busca conceptualizar una experiencia política popular y transformadora —y que la tesis de Gaude ofrece, sin proponérselo, sobradas evidencias sobre cómo éste intenta, en tanto parlamentario, legitimar en términos conceptuales e ideológicos a la Revolución Peronista (sin que nadie le encargue esa tarea, empezando por Perón)— y a una militancia arrojada a la historia en la que ha de darse la batalla para que finalmente el sujeto político de la Revolución Peronista alcance, comprenda y realice su significación histórica. Aunque suene clásico y convencional, lo que queremos decir simplemente es que en el Cooke parlamentario detectamos un intento de conceptualización e ideologización de la experiencia peronista en términos esencialmente similares a lo que expresó más tarde la izquierda peronista de la cual él fue su principal mentor, entendiendo por “izquierda peronista” la voz dentro del peronismo que se identifica con el movimiento nacional no por lo que es, sino por las potencias transformadoras que sería capaz de desatar en tanto se haga cargo de su misión histórica, diferenciándose así del peronismo doctrinario que cierra filas dentro de un esquema de mando “papista” o de su vertiente más conservadora que encuentra en cada manifestación popular la aquiescencia divina. Si la tesis de El peronismo republicano resulta controvertida respecto al propio pensamiento de Cooke, no menos cierto es que, desde el punto de vista de los debates que promueve ya en tiempo presente, el libro de Gaude termina siendo una intervención de índole cookeana. En efecto, si El peronismo republicano es un libro esencialmente cookeano es porque al plantear que el republicanismo es una memoria o identidad política disponible en la historia del peronismo, ello habilita la apropiación de este legado en la actualidad. Dicho de otro modo, el republicanismo popular sería una forma de autoconciencia disponible para el peronismo en estos días. La pregunta que se desprende aquí es si el kirchnerismo, dentro de los peronismos vigentes, sería la experiencia histórica que el concepto de “republicanismo popular” reclama significar. Gaude nada dice respecto a estos temas, pero el destinatario de este libro conoce que las ideas del director de la tesis, Eduardo Rinesi, van en ese sentido. En efecto, según un diagnóstico que sostiene que el anti-kirchnerismo construyó hegemonía adueñándose de los sentidos políticos socialmente legitimados de la “República”, se tornaría necesario entonces presentar una disputa en torno a este concepto y El peronismo republicano contribuiría a esta tarea ofreciendo evidencias de que el actual peronismo dispone de toda una tradición —y de un nombre clave, el de Cooke— para dar esta disputa cobre significación histórica. A su vez, ello permitiría explorar una vía de análisis alternativa a la agenda teórica laclausiana (en la que el vínculo entre poder político y participación popular aparece mediado por el debate en torno al populismo), para de este modo recolocar la cuestión del Estado —lo no pensado según Rinesi desde la transición democrática— en el eje del debate sobre el nexo entre poder político y pueblo. Como sea, y aunque no sea éste su objeto, el libro de Gaude deja abierta la pregunta acerca de las zonas de intersección entre el peronismo y la tradición republicana argentina en tiempo presente. ¿Es el republicanismo un límite que el peronismo está dispuesto a imponerse —con más o menos transgresiones, pero límite al fin— para asumirse “democrático”, tal como lo reclamaba en los ochenta su “renovación”? ¿Es, más que un límite, una forma de construcción política genuina, pero retraducido en una jefatura que se ejerce en nombre del “bien común”, sobre la base de una autorización popular, en contra de los poderes indirectos y corporativos y en territorio estatal? ¿Sería el “republicanismo popular” la verdadera consumación del postulado de la “autonomía de la política” de la que tanto se hablaba en los ochenta? ¿Esa intersección entre republicanismo y peronismo es la misma que la que existe entre legalidad y legitimidad, en los términos en que hoy puede aspirarse a una confluencia en este sentido? ¿O la conjunción entre peronismo y republicanismo sólo ha de darse en el contexto de la excepción, es decir, en el seno mismo del conflicto entre la legalidad y la legitimidad, y entonces el peronismo sería así un republicanismo de excepción, al estilo 2002? Finalmente, el peronismo o mejor, el kirchnerismo, su mejor intérprete por doce años, hoy derrotado: ¿ha sucumbido porque perdió la disputa por la república o, más trágicamente, porque perdió la disputa por lo popular? ¿Sería el Frente Ciudadano el modo de reasumirse republicano y popular pero en tiempos en que ya no dispone de la conducción del Estado? Si todas estas preguntas que se desprenden de esta intervención resultan sugerentes, es probablemente porque la versión que ofreció el kirchnerismo del peronismo ha sido la más cookeana de todas, en el sentido en que Gaude describe la etapa parlamentaria de Cooke en este libro interesante para pensar el presente. Matías Farías(UBA) &nbsp

    Juana de América: la Ibarbourou en sus memorias

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    En el canon de la literatura latinoamericana, la escritora uruguaya Juana de Ibarbourou (1892-1979) ocupa un digno lugar, muchas veces abordado dentro de la categoría “literatura femenina” o “de mujeres”, y con frecuencia asociado con dos coetáneas relevantes del Cono sur: Gabriela Mistral y Alfonsina Storni. La exaltación de la naturaleza y de lo doméstico cotidiano, así como el sencillismo de su lenguaje, hicieron de algunos de sus primeros libros un material fácilmente apropiable para uso en el sistema educativo inicial, no solo en Uruguay sino a lo largo y ancho del continente. El caso más paradigmático es Chico Carlo, de lectura obligada durante décadas, en especial en la enseñanza primaria, ámbito en el cual la autora había empezado a incursionar tempranamente con sus publicaciones. Ya en 1924 una selección de prosa y poesía titulada Páginas de literatura contemporánea había sido adoptada por el Consejo Nacional de Enseñanza Primaria y Normal del Uruguay como texto de lectura escolar; y en 1927 lo mismo ocurrió con Ejemplario, una antología de prosa poética

    Memória e utopia na cena teatral brasileira

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    A estreita relação do teatro com a memória é evidente no trabalho dos atores. Sem ela os intérpretes não poderiam representar e se inventar como “outros”. Ela está presente também quando o texto dramático apoia-se na transmutação da memória dos autores, como é o caso dos dramaturgos que selecionamos para a análise: Jorge Andrade (1922-1980) e Gianfrancesco Guarnieri (1934-2006). Para dar pulso cênico à reminiscência de Jorge Andrade, nas peças A moratória (1955) e Rastro atrás (1966); ou ao invento como projeção imaginada da utopia partilhada pela geração de Guarnieri, em Eles não usam black-tie (1958), ambos os autores utilizaram uma das técnicas do trabalho da memória: fixaram lugares e objetos para desvelá-la. Nas peças de Jorge Andrade, a lembrança objetivada do descenso social de sua família impregna tanto a fala dos personagens quanto os objetos que os cercam. Antes de tudo, as casas que habitam: a do pretérito, da opulência e do mando; a do presente, modesta e sem brilho. Mas ela também se condensa na máquina de costura, que serviu de recreio à menina rica do passado e de esteio da família no descenso do presente; no relógio pendurado na sala de jantar; nos santos nas paredes. Atando significados simbólicos e relações sociais, a casa e os objetos são mais que peças de cenário. Neles se inscreve a história social da família, que é também a da classe a que pertenceu o dramaturgo: a oligarquia agrária ligada ao café

    “Vamos a quitarle el frac al libro, vamos a ponerlo en mangas de camisa”: el proyecto editorial “Populibros peruanos” (1963-1965)

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    El 16 de Julio de 1963, y precedidos por una masiva campaña publicitaria, salieron a la venta en Lima los cinco primeros títulos de la colección “Populibros Peruanos”.[1] Hacia mediados de 1965, dos años después, se había publicado un total de 64 títulos y se había vendido aproximadamente un millón de ejemplares. Entre los autores incluidos en la colección figuran algunos clásicos de la literatura universal (William Shakespeare, Edgar Allan Poe, Jean Paul Sartre, Ernest Hemingway, Gustave Flaubert, Anton Chejov), autores peruanos y latinoamericanos ya consagrados (Miguel Ángel Asturias, Ciro Alegría, Alejo Carpentier, José María Arguedas, Sebastián Salazar Bondy.) y jóvenes autores peruanos que luego tendrían destacadas trayectorias literarias (Mario Vargas Llosa, Luis Loayza, Enrique Congrains y otros). El creador de la que ha sido considerada una de las más importantes iniciativas editoriales en la historia peruana fue Manuel Scorza, poeta, novelista y empresario que había liderado, entre 1956 y 1960, los “Festivales del libro”, un esfuerzo multinacional para publicar libros a precios muy bajos y ponerlos en manos de cientos de miles de lectores. El proyecto “Populibros” fue un continuador directo de los “Festivales”, aunque restringido solo al Perú. En años recientes, “Populibros” se ha instalado en el imaginario colectivo como una referencia importante en la historia de la industria editorial peruana. En 2014 se hizo una exhibición en la Casa de la Literatura Peruana con ocasión del cincuentenario de la colección, en 2016 se incluyó la experiencia de “Populibros” dentro de la muestra “La página blanca entre el signo y el latido. La edición del libro literario (1920-1970)” en el mismo recinto, y un grupo de aficionados y admiradores de “Populibros” ha creado una cuenta en Facebook con fotos y comentarios sobre la colección.[2] Todos los biógrafos y estudiosos de Scorza resaltan, al lado de su obra como poeta y novelista, sus esfuerzos por llevar los libros a las masas a través de los “Festivales del Libro” y “Populibros”. Sin negar sus méritos me propongo en este artículo realizar un acercamiento más crítico al proyecto de “Populibros”. Durante mucho tiempo se ha celebrado, con comprensible entusiasmo, el empeño de Scorza por abaratar los libros y permitir que personas de escasos recursos (estudiantes, obreros, campesinos) tuvieran acceso a obras de indudable valor literario e histórico. Al mismo tiempo, algunos detractores de Scorza se han concentrado en las supuestas acciones inescrupulosas del editor. Aunque ambas aproximaciones son legítimas y contienen mucho de verdad, hay otros aspectos del proyecto “Populibros” que no han sido estudiados sistemáticamente y que pueden arrojar luces sobre una iniciativa que no siempre cumplía con los estándares mínimos de calidad y rigor editorial. Aunque Scorza se esforzaba por presentar su proyecto como una suerte de apostolado o cruzada que buscaba acercar la literatura a las clases menos favorecidas de la sociedad, su empeño por abaratar costos y vender tantos libros como fuera posible para masificar la cultura lo llevó a incurrir en una serie de descuidos editoriales que revelan, paradójicamente, un cierto desdén por la cultura y por los supuestos beneficiarios del proyecto. El caso de “Populibros”, por otro lado, nos permite también poner sobre el tapete el siempre complicado tema de la relación entre la cultura letrada y la cultura de masas. Un proyecto que buscaba llevar los libros a los obreros y campesinos no dejaba de colocarse en una tradición letrada y occidental que no cuestionaba lo que ella representaba en un país con una mayoría indígena, quechuahablante y sin acceso a una educación formal que le permitiera también aproximarse a esas expresiones culturales consideradas “universales” e “imprescindibles”. Detrás del proyecto “Populibros” existía una concepcion de la cultura que ponía al libro como referente central y, al hacerlo, reflejaba y reproducía, quizás sin quererlo, una visión jerárquica y hasta paternalista de las manifestaciones culturales. &nbsp

    Emiliano Gastón Sánchez, A propósito de Roberto Pittaluga, Soviets en Buenos Aires: la izquierda de la Argentina ante la revolución en Rusia

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    A propósito de Roberto Pittaluga, Soviets en Buenos Aires: la izquierda de la Argentina ante la revolución en Rusia, Buenos Aires, Prometeo, 2015, 399 pp. La Revolución Rusa es un acontecimiento que tiene una presencia ubicua en la historiografía de la izquierda argentina. Este hecho ha sido mencionado con frecuencia como el disparador de las fracciones internas del socialismo que posteriormente condujeron a la creación del Partido Comunista Argentino; asociado al clima represivo que caracterizó a la Semana Trágica de enero de 1919 pero también con la ruptura política y generacional que implicó la Reforma Universitaria, y considerado como un punto de giro en el ámbito de la cultura de izquierdas que encontró en esa revolución un nuevo ámbito de referencia y legitimación. No obstante esta relevancia, hasta ahora no se había realizado un estudio sistemático sobre las diversas repercusiones y reacciones de la izquierda local ante las revoluciones que se producen en Rusia en 1917 y los primeros años de la construcción del poder soviético. El estudio de este proceso corto (pero intenso) es el principal objetivo de Soviets en Buenos Aires, un libro penetrante, complejo y deliberadamente polémico. Fruto de una tesis doctoral defendida en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, el libro de Roberto Pittaluga debe su fortaleza a una serie de rasgos particulares. En primer lugar, a un minucioso relevamiento de archivo que abarca diversos estratos de la cultura de izquierdas: diarios, revistas, libros, folletos, memorias, obras de teatro y relatos de viaje. Como puede constatarse en el apartado que abre el libro (“Textos y actos”) estos registros de diversa índole permiten dar cuenta de una efervescente actividad política y cultural y de la presencia de un público muy interesado en la revolución soviética en Buenos Aires. El riguroso análisis de esa importante masa documental sostiene el incesante desfile de intérpretes y comentaristas que Pittaluga pone en primer plano a lo largo de las casi cuatrocientas páginas que conforman el libro. Sin embargo, Soviets en Buenos Aires no es estrictamente un libro vinculado al problema de la recepción sino más bien una investigación atenta a la dimensión transnacional de ciertas representaciones y discursos sobre la revolución que circularon y fueron leídas en Buenos Aires durante el quinquenio posterior a la toma del Palacio de Invierno. Esta perspectiva, que ausculta simultáneamente a ambos lados del Atlántico, pone en evidencia la capacidad que tienen los actores locales para producir interpretaciones originales sobre los acontecimientos que se están produciendo en Rusia, a partir de un conjunto reducido de materiales y en un contexto de puesta en tensión de los instrumentos analíticos preexistentes en la cultura de izquierdas. En segundo lugar, cabría destacar a una serie de decisiones metodológicas vinculadas al abordaje de ese corpus de fuentes documentales. Partiendo de la premisa de que en Buenos Aires la revolución rusa se conoce mediante textos que la relatan y/o analizan, una primera elección que habría que señalar es la puesta en un pie de igualdad de las plumas de grandes figuras internacionales (Lenin, Romain Rolland, Victor Serge, etc.) con ignotos intérpretes y comentaristas locales como Abraham Resnik, autor de un penetrante folleto sobre las transformaciones de la cultura en la Rusia soviética. Ello responde al hecho de que, como señala Pittaluga, esas plumas “extranjeras”, muchas veces más informadas, “expresan mejor, o directamente constituyen, el pensamiento de la izquierda local, convirtiéndose entonces en la palabra que determinado grupo decide tomar como propia, lo que explica, parcialmente, la amplia y prolífica política de traducciones” sobre estos temas (p. 25). Una segunda decisión metodológica de importancia, y quizá la más provocadora de cara a la historiografía sobre la izquierda local, es la propuesta señalada en el punto cinco del apartado “Preliminar”: una lectura de las fuentes que discute las identidades políticas y partidarias en favor de una búsqueda de denominadores discursivos comunes a partir de una serie de temas y problemas más amplios que son, precisamente, los que vertebran la segunda mitad del libro. Esta perspectiva busca escapar al encasillamiento de los textos en función de la pertenencia de su autor a alguna de las formaciones políticas de la izquierda local (“anarquistas”, “socialistas”, “sindicalistas”, “anarco-bolcheviques” y “comunistas”) en un contexto en el que, como plantea Pittaluga, dichas identidades están siendo desbaratadas o, al menos, puestas en cuestión como consecuencia del proceso revolucionario que se vivía en Rusia, optando por analizar las múltiples representaciones posibles sobre el hecho y no discutir quienes “‘tenían razón’ o ‘analizan mejor’ la revolución en Rusia” (p. 24). Por último, un rechazo a la utilización de la cronología como el ordenador de la narración. Por ello, la primera sorpresa que depara al lector una mirada del índice de Soviets en Buenos Aires es que el objeto “Revolución Rusa” se halla desagregado en diferentes problemas. Luego de una primera parte en la que se da cuenta del clima de expectativas en torno a la revolución en Buenos Aires, y de los conflictos a los que este acontecimiento da lugar al interior del campo de las izquierdas, reactivando viejos conflictos y cuestionando saberes, el libro se despliega en función de una serie de grandes ejes o problemas analizados en la segunda sección: “Tiempo”, “Sujetos”, “Régimen”, “Sociedad y Cultura” y “Espacio”. En tercer lugar, algunas particularidades de la escritura de Pittaluga hacen de Soviets en Buenos Aires un libro muy demandante para el lector. En gran medida, ello es el resultado del intento ambicioso pero muy bien resuelto de articular simultáneamente tres problemas diferentes: la reconstrucción histórica, la discusión historiográfica (que no queda acotada a una sección u apartado sino que recorre todo el libro) y una persistente reflexión sobre la escritura de la historia en general y de las izquierdas en particular. A ello hay que agregar la explícita intención de tensionar ciertos rasgos consensuados de la escritura académica. Por sólo dar algunos ejemplos: los siete puntos que componen esa suerte de programa historiográfico que constituye el apartado “Preliminar” y funcionan como introducción al libro carecen de notas a pie; hay capítulos del libro que concluyen con un poema e incluso, la coda que da fin a Soviets en Buenos Aires “concluye” con una cita de autoridad. Son éstas las marcas de una escritura no conclusiva, que deja libradas al lector sus propias interpretaciones y que por momentos se acerca al registro del ensayo erudito. En cuarto y último lugar, Soviets en Buenos Aires es un libro con una fuerte apuesta por la interpretación. Por ello, cada uno de los capítulos de la segunda sección del libro podría pensarse como un ejemplo sobre cómo plantear un problema de investigación a partir de un diálogo entre las fuentes, la historiografía preexistente y una importante biblioteca teórica. En el capítulo “Tiempo”, por ejemplo, se analizan las diversas nociones de tiempo histórico que surgen a partir de la revolución. Bajo la interpretación de Pittaluga la cuestión del tiempo se descompone, como si pasara por un prisma, en un conjunto mucho más ecléctico de planteos y posiciones alternativas. La revolución emerge así como una ruptura histórica y como un nuevo estado civilizatorio; como un tiempo del futuro inaugurado por una revolución irreversible; como un corte con el pasado que implica una ruptura con el tiempo lineal y progresivo pero también como una aceleración del tiempo histórico que legitima el sentido de la vanguardia política; como un “entretiempo” (al tratarse de un acontecimiento de avanzada en un país atrasado); como un “tiempo de realización”, entendido como el periodo requerido para llevar a cabo esa transformación y como una forma de contener las críticas contemporáneas a la revolución; como un “intervalo” y como un “tiempo ganado” por acción de la política revolucionaria. Y esa fractura de la noción del tiempo reconstruida por Pittaluga es acompañada, desde otro punto de vista, en el capítulo dedicado al “Espacio”. No obstante, la complejidad del análisis se verifica también en los otros capítulos del libro. “Sujetos”, está dedicado a estudiar la problemática de los actores (los obreros, el pueblo, las masas, los campesinos, los intelectuales, las minorías revolucionarias, etc.) frente a la revolución, y la importancia del partido, los sindicatos y, sobre todo, ese proceso de subjetivación política denominado “soviets”, como novedad y como prueba de las tensiones gnoseológicas e identitarias que trajo aparejada la revolución. En “Régimen”, Pittaluga analiza de qué manera esas nuevas subjetividades dieron lugar a un nuevo poder constituyente ya sea bajo la forma de la “dictadura del proletariado” como en la nueva “democracia de base”. Y, por último, el capítulo “Sociedad y Cultura” da cuenta del desbarajuste que provoca la revolución en el plano cultural, los experimentos vanguardistas y los debates sobre la literatura y la revolución, cuya mirada transnacional permite leer de un modo menos doméstico destacadas experiencias culturales de la izquierda local como es el caso del grupo de Boedo y los llamados Artistas del Pueblo. Por todo lo anterior, Soviets en Buenos Aires se erige como un aporte clave para el campo de la historia de las izquierdas en Argentina y su publicación, a pocos meses de celebrarse el primer centenario del estallido de este acontecimiento fundamental del pasado siglo XX, supone, sinlugar dudas, un excelente punto de partida para repensar las repercusiones políticas, culturales e intelectuales de las revoluciones de 1917 y los primeros años del poder soviético en el Río de la Plata. Emiliano Gastón Sánchez(IEH – CONICET – UNTREF) &nbsp

    Felipe Castilho de Lacerda, A propósito de Marisa Midori Deaecto y Jean-Yves Mollier (Dir.), Edição e Revolução. Leituras comunistas no Brasil e na França

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    A propósito de Marisa Midori Deaecto y Jean-Yves Mollier (Dir.), Edição e Revolução. Leituras comunistas no Brasil e na França, Belo Horizonte, Cotia, Ateliê Editorial, Editora da UFMG, 2013, 351 pp. É sobre as relações entre os comunistas e suas edições que trata Edição e Revolução. Leituras comunistas no Brasil e na França. O livro, de organização de Marisa Midori Deaecto e Jean-Yves Mollier, foi coeditado pela Ateliê Editorial de São Paulo e a Editora da UFMG, de Minas Gerais. Afora a excelente introdução intitulada “A Batalha do Livro”, da organizadora Marisa Midori, o livro se divide em três seções, sendo a primeira a que reúne os artigos relacionados ao Brasil e a terceira aqueles que tratam da França. Entre elas, como segunda seção do livro, há interessante exposição impressa intitulada “A arte do livro comunista. Uma breve e imodesta exposição” que nos apresenta as capas de diversas publicações comunistas —entre brochuras, livros e revistas— do Brasil e da França, dos anos de 1920 aos de 1960. Há três seleções temáticas: várias edições do Manifesto Comunista; periódicos comunistas, brasileiros e franceses; e, por fim, a coleção Cadernos do Povo Brasileiro. Iniciando a primeira parte do livro, temos o artigo de Lincoln Secco, intitulado “Leituras Comunistas no Brasil (1919-1943)”. O artigo apresenta a leitura nos seus mais diversos aspectos e como ela, lentamente, adentra a vida operária comunista no Brasil. Os primeiros autores comunistas —como Lenin e Bukharin— circularam inicialmente na imprensa operária, já antes do surgimento do Partido Comunista do Brasil (PCB). A primeira década de existência do partido é ainda de rarefação editorial. No entanto, notando-se o tamanho do partido —273 membros, em 1924; 700, em 1928—, percebe-se o notável esforço de publicação de impressos. Entre livros, opúsculos, jornais, revistas e folhetos, o partido publicou 242.013 impressos, apenas entre 1922 e 1925. Os primeiros livros com os quais os comunistas brasileiros puderam travar contato eram importados. Isso porque do artigo em revista para a brochura há um passo importante, que exige recursos e tradutores. Os primeiros livros circularam em espanhol. Os tradutores foram os próprios membros da direção do partido: Astrojildo Pereira, Octávio Brandão, Antonio Bernardo Canellas. Brandão elaborou ainda os primeiros cursos de formação política para os operários. A leitura era feita usualmente em voz alta, para que aqueles que não soubessem ler pudessem acompanhar os demais, lembrando que cerca de 70% da população na década de 1920 não sabia ler nem escrever. A tarefa de divulgação do ideal comunista por meio de publicações teve alcance limitado por um fator característico dos primeiros anos do PCB: a ausência de uma editora que publicasse a linha do partido. A situação muda de figura significativamente na passagem para a década de 1930. Surgem editoras alinhadas ao partido, como a Marenglen (Marx-Engels-Lenin), a Lux e a Selma (Stalin-Engels-Lenin-Marx). Além, é claro, da Gráfico-Editora Unitas Ltda., que se alinhava à Oposição de Esquerda. As publicações têm grande crescimento nessa década, demonstrado pelo gráfico à página 63. A tendência de crescimento no número de publicações será freada pela intensa perseguição que se seguiu ao Levante Comunista de 1935. O partido então se desarticula e só conseguirá se reorganizar na década de 1940. É só então que surgirão as grandes editoras do partido, sobretudo a Editorial Vitória — tema do artigo de Flamarion Maués—, suprindo aquela deficiência inicial. Passa-se da visão de conjunto de Secco para o estudo mais delimitado de Dainis Karepovs, “A Gráfico-Editora Unitas e seu Projeto Editorial de Difusão do Marxismo no Brasil dos Anos 1930”. Em meio às editoras surgidas no início da década de 1930, fato que possui relação com as mudanças que se sucederam à Revolução de 30, a Unitas teve destacado papel de divulgação da literatura marxista. A marca fundamental da editora será a publicação de Trotsky no Brasil. Mas certamente não se limitou a isso. Assim como suas congêneres no momento — Alba, Calvino Filho, Cultura Brasileira— a Unitas tinha catálogo mais amplo do que a publicação de livros de esquerda, com o objetivo de promover a sustentação econômica da casa editora. As obras de esquerda apareciam em coleções intituladas “Sociologia”, “Economia”, “Política” e “Filosofia”. Além disso, havia a coleção de caráter mais militante, a “Aurora” e outra voltada para a divulgação da pedagogia marxista, a “Biblioteca Contemporânea de Educação”. De especial importância é o fato de ter a Unitas editado pela primeira vez no Brasil algumas das obras básicas do pensamento marxista para a formação política do militante. Textos de Plekhanov, Engels e também duas edições do Manifesto Comunista saíram pela editora. Cumpre lembrar, portanto, como frisa Karepovs, que mais que “trotskista”, a Unitas foi uma editora marxista. A segunda metade da década de 1930 foi momento de intenso refluxo de todo o movimento operário em função da aberta perseguição perpetrada pelos órgãos repressivos do Estado após a tentativa revolucionária comunista em 1935. Apenas na década de 1940 é que o Partido Comunista vai se reorganizar. É nesse período que finalmente se estrutura aquilo que faltava ao PCB para que pudesse divulgar mais adequadamente suas ideias, as editoras do partido. A mais importante foi a Editorial Vitória. O terceiro capítulo do livro, “A Editorial Vitória e a Divulgação das Ideias Comunistas no Brasil (1944-1964)” de Flamarion Maués estuda esta casa editorial. O período entre ditaduras que vai de 1945 a 1964 é de intenso desenvolvimento da divulgação ideológica comunista. Com atuação legal no breve período de 1945 a 1947 e clandestina, mas ainda possível, até 1964, o PCB consegue exercer atividade editorial única durante toda sua existência. Muitos intelectuais e artistas se ligam à linha nacional-popular proposta pelo Partido Comunista já em fins da década de 1950 e início de 1960. Antes da repressão brutal que abaterá todas as forças progressistas durante mais de vinte anos, houve ainda tempo para um empreendimento editorial de grande importância: os Cadernos do Povo Brasileiro, tema do artigo de Angélica Lovatto “Um Projeto de Revolução Brasileira no Pré-1964: os Cadernos do Povo Brasileiro”. Assim, da década de 1920 à de 1960, percebe-se a evolução e os obstáculos para a edição comunista no Brasil. Durante essas quatro décadas e meia, buscou-se traduzir, publicar e distribuir, no intuito primordial da ideologia comunista de divulgar o ideário da revolução proletária. Por todo esse período, em meio às dificuldades de publicar, os leitores foram obrigados a importar livros para ter acesso a gama maior de literatura proletária. Os comunistas brasileiros leram principalmente em espanhol e francês. Como já havia anotado Edgard Carone, a França foi o principal centro difusor de literatura marxista para o mundo latino. É sobre ele que trata a terceira seção de Edição e Revolução. A seção dedicada à relação dos comunistas do hexágono com a edição é aberta pelo organizador Jean-Yves Mollier. Em sua característica escrita, plena de erudição, desenrolando-se em longos parágrafos, o capítulo “Grandes Momentos do Livro Político na França” apresenta visão panorâmica de cerca de dois séculos de produção de impressos de caráter político, iniciando “como muitas vezes no caso francês, […] com a erupção da política no cenário nacional em julho de 1789” (p. 249). O livro político acompanhará as explosões revolucionárias do século XIX francês e sofrerá nos períodos de refluxo reacionário. Logo após a Primeira Guerra Mundial, com o surgimento do Partido Comunista Francês, suas editoras ilustrarão as oportunidades oferecidas pelos comunistas ao livro político, resumidas em duas palavras inventadas pela III Internacional: agitação e propaganda, ou “agitprop”. Em relação aos seus antecessores socialistas, a política para as edições será completamente revista, surgindo empresas para substituir as editoras “burguesas”, às quais, até então, os dirigentes confiavam seus escritos. Com a entrada do PCF nesse subcampo editorial, assiste-se a verdadeira mutação do livro político. Além do PC francês, editores de extrema-esquerda aproveitam também a calmaria da Frente Popular (1936-1937) para publicar muitos clássicos. Durante a Segunda Guerra Mundial, as forças da Resistência valeram-se da escrita para combater o invasor e o governo de Vichy que o apoiava. Intensificaram-se os escritos políticos e as Éditions de Minuit se destacaram. Saindo da guerra, a França exaurida ainda nutria gosto pela leitura e os estoques das editoras e livrarias haviam se esgotado. Na década de 1950, o PCF lançava suas “batalhas do livro”. As Éditions Sociales, os Éditeurs Français Réunis, depois o Cercle d’Art e La Farandole ocupariam terreno, formando rede de livrarias única no mundo não comunista, juntando-se logo ao Centre de Diffusion des Livres et de La Presse (CDLP), estrutura de distribuição anterior à guerra. Na década de 1960, outros editores decidiram ocupar o terreno do livro político, como as Éditions du Seuil. Havia ainda com extrema importância as Éditions de Minuit e o editor François Maspero. Na década de 1980, a situação mudou de figura e Mollier demonstra o declínio de algumas editoras e a continuidade da publicação por outras. A Queda do Muro de Berlim e a débâcle da União Soviética são marcos importantes para a publicação do livro político na França, o que certamente não significa o seu fim. Fazendo novamente o movimento de passagem de um artigo sintético e panorâmico para análises delimitadas, os dois seguintes capítulos de Edição e Revolução, “O Livro na Política: As Editoras do Partido Comunista Francês (1920-1958)” de Marie-Cécile Bouju e “As Livrarias do Partido Comunista Francês (1944-2000)” de Julien Hage, buscam demarcar a evolução das editoras do PCF e o papel das livrarias ligadas aos comunistas ao longo do século XX. Com o texto de Serge Wolikow, “História do Livro e da Edição no Mundo Comunista Europeu”, finaliza-se com a proposta de periodização da história do livro e da edição no mundo comunista europeu no “breve século XX”. O primeiro período seria o da “proximidade do horizonte revolucionário”, da revolução soviética em formação e do projeto revolucionário mundial, entre 1917 e 1929; o segundo, o da stalinização nacional e mundial do comunismo, de 1930 a 1955; o terceiro, o tempo das crises e das reformas abortadas, de 1956 a 1989. Wolikow associa a história do livro e da edição no mundo comunista diretamente a seu projeto de poder. Ao menos no início, a política editorial do Komintern é tributária de herança secular, inscrita na tradição das Luzes: associa o saber com a tradição do movimento operário. Assim, prolonga o legado do movimento operário e socialista. No entanto, há novidade essencial colocada pelo comunismo como forma partidária organizada a partir de 1917: há uma associação entre o livro e uma concepção de combate político que coloca em seu centro a ação organizada do partido e seus militantes. Daí em diante, o livro é diretamente ligado à ação do Partido Comunista. Disso decorre o controle político sobre a produção editorial e a importância da edição para a ação política. Organizado de maneira muito elaborada e consciente por dois grandes estudiosos da história dos livros, Marisa Midori Deaecto e Jean-Yves Mollier, os diferentes capítulos se complementam e contam uma história bem estruturada das edições comunistas no Brasil e na França ao longo do século XX. É certo que outras histórias podem ser narradas, inclusive sob a influência que este livro deve exercer sobre futuros pesquisadores do comunismo e das esquerdas. Quanto à proposta comparativa do livro, percebe-se, pelos capítulos que abordam a seção brasileira, que não se trata de mera comparação paralela, havendo íntima relação entre a formação da literatura comunista brasileira e o mercado editorial francês. Os textos nos sugerem algumas observações. Interessa notar os marcos cronológicos que circunscrevem os dois conjuntos de artigos. Os quatro estudos brasileiros se delimitam ao período de 1919 a 1964. Trata-se basicamente do período em que começam a surgir os primeiros grupos influenciados pelas notícias da Revolução Russa dentro do movimento operário, dando origem finalmente ao PCB, até 1964, quando se dá o golpe de Estado que destrói toda a atividade legal ou semilegal dos comunistas até então. Se os marcos não se estendem para antes disso é porque, diferentemente do Partido Comunista Francês, que herdou estrutura editorial surgida anteriormente, o PCB não teve um grande Partido Socialista do qual herdar tradição e estrutura editorial. Os comunistas brasileiros surgiram das fileiras anarquistas e anarcossindicalistas que, sob forte repressão, especialmente no período das grandes greves de 1917 a 1919, não possuíam eles mesmos mais do que alguns jornais, ligados ou não a sindicatos. Por outro lado, a história editorial comunista sofre o golpe tremendo da repressão instaurada pelo regime de exceção iniciado em 1964. Como apontaram Flamarion Maués e Angélica Lovatto, a Editorial Vitória e os Cadernos do Povo Brasileiro deixaram de existir logo nos primeiros dias ditatoriais. Portanto, em termos de produção significativa, a história editorial comunista, como demonstram os textos apresentados em Edição e Revolução, se concentra entre 1922 e 1964, encerrando um ciclo de história. Do lado francês, os textos têm como marco cronológico inicial a Revolução Francesa. O estabelecimento de tal marco nos remete à interpretação de Wolikow de que o projeto político comunista “[…] inscrito diretamente na tradição das Luzes, associa desde as origens o saber com a emancipação política e social, prolongando assim a tradição do movimento operário e socialista” (p. 313). É claro que tal interpretação deve ser relacionada ao projeto comunista mundial e não apenas ao francês. Além disso, tanto Mollier quanto Wolikow observam a originalidade que os comunistas do século XX associarão à prática editorial. Mas constitui matéria de interesse que todos os artigos franceses associem a história do livro comunista a um conceito mais geral de “Livro Político”. O marco cronológico final é o da queda do Muro de Berlim e do fim da União Soviética, o que constitui o golpe final em um movimento editorial que já vinha declinando nos anos 1980. O livro Edição e revolução. Leituras comunistas no Brasil e na França se constitui em fonte de extrema importância para os estudos da história editorial de esquerda, brasileira e francesa. Não apenas as exposições e análises, mas ainda a documentação apresentada pelos pesquisadores deve estimular o crescimento, no Brasil, do campo do qual o historiador Edgard Carone foi o pioneiro. Urge lembrar que em todos os estudos acerca das relações entre o comunismo e o livro político —recordando ainda que os estudiosos do livro são quase sempre bibliófilos apaixonados— surja sempre no fundo, às vezes conscientemente, às vezes sem mostrar sua face, aquela pergunta impertinente e incômoda: “os livros fazem revoluções? ”. A partir dos excelentes textos de Edição e Revolução podemos tentar uma saída alternativa afirmando: se os livros fazem ou não revoluções não se sabe, mas eles estiveram presentes em todas as revoluções do siècle des communismes. Felipe Castilho de Lacerda(Programa de História Econômica/USP) &nbsp

    Vera Carnovale, A propósito de Carolina Arenes y Astrid Pikielny, Hijos de los 70. Historias de la generación que heredó la tragedia argentina

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    A propósito de Carolina Arenes y Astrid Pikielny, Hijos de los 70. Historias de la generación que heredó la tragedia argentina, Buenos Aires, Sudamericana, 2016, 350 pp. Félix, hijo de militantes del PRT-ERP desaparecidos, que sabe poco del destino de su padre y nada del de su madre; que busca, que pregunta y averigua; que trabajosamente reconstruye y sistemáticamente olvida y que, quizás, encuentra en la escritura desacralizada y el humor disruptivo algo parecido a la conjura. Eva, hija de militantes montoneros desaparecidos, criada por un tío paterno, ex jefe de inteligencia de la ESMA, en quien confía y a quien quiere profundamente aunque se lo haya encontrado culpable y condenado a cadena perpetua por secuestros, torturas y homicidios; todos crímenes en los que Eva no cree —“es un error, se equivocan”, dirá— y sobre los que ha decidido no leer, no indagar, por más que entre esos crímenes figure la responsabilidad y/o el encubrimiento por el asesinato de su madre y la apropiación de su hermana Victoria, nacida en cautiverio y entregada a otro marino, también condenado a cadena perpetua. Aníbal, abogado, hijo de un ex teniente coronel que cumple condena en la cárcel de Marcos Paz; que lleva la voz cantante en la denuncia de lo que, insiste él, constituyen procesos judiciales viciados de ilegalidad (el de su padre, por ejemplo); que encabeza escraches contra Ricardo Lorenzetti pero no duda en abrirle las puertas de Marcos Paz a Félix —el que busca, reconstruye y olvida— para que, en diálogo con los allí alojados, pueda éste saber algo más del destino de su padre (aunque esa pequeña porción de verdad finalmente no llegue nunca). Mariano, que conoce como pocos de infancias tristes, de pobrezas y desamparos, porque era un bebé cuando se llevaron a culatazos a su padre —militante de base de la Juventud Peronista, pintor de brocha gorda y peón golondrina— y a su madre la echaron de la fábrica y los vecinos le dieron vuelta la cara; que tuvo su primer trabajo estable con la llegada del kirchnerismo y su primera posibilidad de justicia cuando en 2010 el Tribunal Oral en lo Criminal Federal n° 2 de Mendoza condenó al padre de Aníbal (el abogado) por la desaparición del suyo. Mario, hijo del dirigente máximo de Montoneros, de infancia excepcional si las hay, que enaltece y reivindica la figura de su padre y su historia; la entiende, la comparte, porque así siente que defiende la suya propia; porque quizás sea sólo aceptando aquella herencia que pueda contrarrestar el peso del apellido Firmenich. Malena, hija de un militar retirado en 1978, condenado a cuatro años y medio por un secuestro del cual jura y perjura que no participó; hija desesperadamente leal que lo dejó todo —una promisoria carrera periodística en España y un noviazgo al borde del altar— para estudiar Derecho y salvar a ese padre en cuya inocencia (y sólo en la de él) cree fervientemente y dice poder demostrar. Analía, que al igual que Malena tiene a su padre preso pero que, a diferencia de ella, no puede apostar por su inocencia porque se atrevió a indagar y ahora sabe; sabe que su papá, el que la consentía, el que le escribía cartitas amorosas y la llamaba “Vizcachita mía” es, también, “Doctor K”, el torturador antisemita y particularmente sádico del circuito Atlético-Banco-Olimpo; y allí va Analía, con su infierno a cuestas y la ingobernable necesidad de contar esa verdad, de pronunciarla aquí y allá, como si así pudiera domesticarla, distanciarse y dejar constancia de que aunque porte el apellido de él no la habita eso que anida en su padre y que lo ha convertido en monstruo; allí va ella, con el íntimo, imperioso y quizás suplicante deseo de que ese padre, que es también “Doctor K”, reconozca, confiese, admita; allí va, esperando encontrar en un arrepentimiento y una palabra que nunca llegan no ya la salvación del padre, sino su propia sanación; porque apuesta a que la verdad, aunque duela, cura. También Delia busca una confesión, un reconocimiento, pero uno distinto: el de esa mujer que hoy declara en los juicios de lesa humanidad como sobreviviente de La Perla, abriendo con esas declaraciones las puertas del horror vivido, y que Delia reconoce —está segura, no lo duda— como la jovencita que cuarenta años atrás participó del operativo en el que OCPO mató, delante de sus propios ojos, a su padre, un ejecutivo de IKA-Renault. Está segura, no lo duda, insiste, “las dos sabemos”, refuerza; y no busca castigos ni habla de perdón, pero quiere que “ella diga”, que reconozca, que acepte… y que sepa de ese otro dolor, “el de las víctimas de las víctimas” sobre el que nadie parece querer oír, ni hablar. Luciana, que aún crecía en el vientre de su madre cuando ésta fue torturada; que pocas semanas después nació en la maternidad clandestina de Campo de Mayo; que pasó años y años de su vida rodeada del silencio empecinado de su madre, silencio que quién sabe desde cuándo comenzó a percibir como encubridor de un dolor tan profundo como sagrado y que por eso respetaba, por miedo a dañar; que fue siendo ya una mujer adulta cuando escuchó finalmente la verdad sobre su padre, al que evoca por su nombre, a saber: que Osvaldo fue fusilado por miembros de su propia organización (Montoneros) el 8 de abril de 1977 tras un juicio sumario que él mismo solicitó por haber “cantado” bajo tortura, delación que causó la caída de su mujer embarazada. Y desde que supo esa verdad, esa de la que nadie quiere hablar, esa que no entra ni en las reparaciones ni se viva en los homenajes, esa que no se inscribe en los relatos consagrados, Luciana decidió no ser la “guardiana” de la memoria montonera, decidió contar, enunciar, decir, porque si se retira de la posibilidad de hablar, afirma, queda alienada para siempre de su propia experiencia. Luis, que contaba tan sólo con 15 años cuando su padre, de alias “Ángel”, oficial de Gendarmería especializado en inteligencia e integrante de los grupos de tarea de La Perla, lo llevó a trabajar con él al Destacamento de Inteligencia 141 de Córdoba; que bajo el mando de ese padre participó armado de varios operativos y destruyó cientos y cientos de documentos, fotografías, cartas, papeles, informes, etc.; que escuchó una y otra vez, como forma de adoctrinamiento, las grabaciones de los interrogatorios realizados bajo tortura; que desde antes, desde muy chico, sufrió en su propio cuerpo los estallidos de violencia arrasadora de “Ángel”; que sabe muy bien lo que es el odio, el odio de verdad, porque odió desde aquel entonces y aún odia a su ya fallecido padre; que sufre de insomnio y trastornos de ansiedad y que no puede parar de hablar, sencillamente no puede, necesita denunciarlo todo: desde los detalles de los crímenes presenciados hasta la complicidad entusiasta de su madre quien hoy, siniestra y descaradamente, niega, calla, miente. Estas son, en apretadísimas e injustas líneas, algunas de las historias retratadas en Hijos de los 70: un recorrido que, en conjunto, va de la reivindicación serena, militante o altiva del nombre del padre, al parricidio simbólico, íntimo, de difícil pronunciación, siempre doloroso, liberador. Encarnaciones infinitamente únicas del gran universal. Se trata de una investigación periodística en clave testimonial; de escucha sensible, de mirada aguda y escritura cuidadosamente trabajada, arisca a los golpes bajos y los sensacionalismos, y que, sin grandilocuencias, con palabras precisas, sencillas y espesas a la vez, logra decir el drama de cada cual, aun de aquellos cuyas voces incomodan, molestan, irritan, porque no se sabe qué hacer con ellas, porque no hay lugar para ellas en la aparentemente consagrada constelación de sentidos sobre el pasado setentista. Por eso se trata claramente de una intervención, de una osada intervención. Porque no sólo ilumina los conflictos por la verdad y la memoria en su expresión primaria, la de cada quien, sino sobre todo porque, al hacerlo, las autoras han dejado decantar —de la multiplicidad y singularidad de experiencias retratadas— una constante: la imperiosa necesidad de la palabra que enuncie una verdad y la obligada inscripción de esa palabra en el espacio público. Dicho de otro modo, han dejado decantar la dimensión inevitablemente política de las verdades reclamadas. Y es allí donde nos interpela. Hijos de los 70: una fotografía audaz de la polifónica herencia filial de aquella tragedia, la de los setenta, que funciona, a la vez, como su calidoscopio más hiriente. Vera Carnovale(CeDInCI/UNSAM- CONICET) &nbsp

    Adolfo Bioy Casares: Memorialista, diarista y retratista americano

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    La tentación es grande y no del todo errónea: Bioy Casares es Boswell; Borges es el doctor Johnson. Escribir y pensar sobre Bioy Casares sería hacerlo ancilarmente, a través de Borges, repitiendo así su propia estrategia; al menos, la que decidió en Borges. Este parcial acierto merece, no obstante, muchas matizaciones. Boswell fue, sobre todo, un retratista; Johnson fue, efectivamente, su objeto. En cambio, Adolfo Bioy Casares (1914-1999) no fue sólo el retratista de Borges, aunque lo retratase en Borges. Cuando el doctor Johnson habla, en la Vida de Boswell, el libro se torna de autoría incierta. En cambio, Borges no es de Borges sino de Bioy aunque hable Borges todo el tiempo. Edmund Wilson escribió, sobre las memorias de Casanova, que el libro mostraba las rítmicas recurrencias que el carácter le inflige al destino. Aquí hay dos caracteres que van modulando dos destinos a partir de las huellas de la escritura. El de Borges, por una vez, está en manos de Bioy, y Bioy se inclina sobre el destino de su personaje como lo hubiese hecho un novelista del siglo XIX. Entomólogo y psicólogo, consultor sentimental e hijo díscolo, autor y rentista, Bioy escribió sus diarios de Borges, pero únicamente los publicó cuando ya había conjurado el peligro de ser sólo Boswell. &nbsp

    El Comité de Vigilance des Intellectuels Antifascistes, la prensa periódica y “l’esprit des années trente”

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    ResumenEl artículo examina el rol del Comité de Vigilancia de Intelectuales Antifascistas (C.V.I.A.) constituido en Francia en marzo de 1934. Propone la hipótesis de que la acción del C.V.I.A. fue parte de un clima mayor de renovación de la vida intelectual y política francesa de los años ‘30, y en él, ocupó un lugar importante en los debates referidos al surgimiento del fascismo; al pacifismo; a la tradición republicana y liberal; y al papel de los intelectuales en la lucha antifascista. Apoyado en el estudio de fuentes originales, se analiza la prensa periódica del período, tanto el boletín del C.V.I.A., Vigilance, como otras del campo más amplio del antifascismo cultural (Vigilance, Monde, Commune, Europe, Esprit, La Révo- lution Prolétariènne). Por último, se propone una reflexión historiográfica que vincula el estudio de los intelectuales con la Nueva Historia Política francesa. Palabras claveintelectuales – antifascismo – Francia – historiografía – entreguerras AbstractThe article examines the role of the Vigilance Committee of Antifascist Intellectuals (C.V.I.A.) incorporated in France in March 1934. It proposes the hypothesis that the action of C.V.I.A. was a part of a larger climate of renewal of French intellectual life and politics of the ‘30s. In that framework it occupies an important place in discussions relating to the rise of fascism; pacifism; the republican and liberal tradition; and the role of intellectuals in the antifascist struggle. It also analyzes the periodical press of cultural anti–fascism (Vigilance, Monde, Commune, Europe, Esprit, La Révolution Prolétariènne), and final- ly it proposes a historiographical reflection about the relationship between the study of intellectuals and New French Political History. Key Wordsintellectuals – anti–fascism; France – historiography – interwar period &nbsp

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    Políticas de la Memoria
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