Políticas de la Memoria
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José Luis Manigieri: entrada biográfica
Diccionario Biográfico de las Izquierdas Latinoamericanas
José Luis Mangieri: entrada biográfica
Emiliano Tavernini
MANGIERI, José Luis (seudónimos: Ulrico, Cauli, Macho, Giuseppe) (Buenos Aires, Argentina 14/12/1924 – Buenos Aires, Argentina 1/11/2008)
Hijo de Ángel Rafael Mangieri, anarquista, empleado municipal y ayudante de veterinaria, y Herminia María Di Muro, ama de casa. Nació y vivió hasta los 10 años en un conventillo de Parque Patricios ubicado en la calle Salcedo entre 24 de Noviembre y Sánchez de Loria. En 1935 la familia se asentó en el barrio de Floresta, en la que sería su casa de casi toda la vida, Mercedes 936. En el mismo barrio realizó estudios secundarios en el Colegio n° 9 “Justo José de Urquiza”.
En la Universidad de Buenos Aires cursó tres años de la carrera de Odontología, entre 1944 y 1946, donde fue compañero de estudios de José Fondebrider. En esa época vivió la bohemia porteña junto con sus amigos, el pintor Domingo Onofrio y el poeta Néstor Groppa (Leandro Álvarez), quien más tarde formaría parte de la Asociación Cultural “Tarja” de San Salvador de Jujuy. En 1947 salió sorteado para realizar el servicio militar obligatorio en la Compañía de Comunicaciones de Campo de Mayo. Como se negó a obtener el grado de subteniente de reserva, debió permanecer 18 meses en la dependencia. Cuando retorna a su casa, decide abandonar la universidad y se traslada a Bariloche, donde desempeña distintos trabajos manuales, entre ellos, pintor de brocha gorda.
Regresa a Buenos Aires en 1953 y a instancias de su amigo, el dramaturgo Andrés Lizarraga, se afilia al Partido Comunista Argentino (PCA). Desde entonces y hasta 1959 se desempeñó como redactor, corrector y coordinador de la sección cultural en la segunda época de la revista Argentina-URSS, órgano del IRCAU (Instituto de Relaciones Culturales Argentina-URSS), institución en la que tuvo una activa participación en la fundación y en el sostenimiento de vínculos con las filiales del interior: Rosario, Córdoba, Tucumán, Mendoza, Bahía Blanca y Mar del Plata. En dicho espacio, dirigido por Berta Perelstein, fue compañero de trabajo del artista plástico Bartolomé Mirabelli, diseñador de Manuel Gleizer Editor en su primera etapa (1924-1945), quien le transmitió valiosos conocimientos adquiridos en el trabajo de edición. A comienzos de la década de 1950 conoce en el PC a la arquitecta y traductora Juana “Cuca” Karasik, con quien contrajo matrimonio. Fruto de esta relación tuvo dos hijos, Pablo Martín (1959) y Silvia Andrea (1960).
Entre 1958 y 1959, co dirigió su primera publicación Por…, junto con Floreal Mazía y Roberto Salama (creador en 1950 de Cuadernos de Cultura, órgano de la Comisión de Cultura del partido), que llegó a publicar sólo dos números, pero contó con la colaboración de distinguidos intelectuales como Carlos Astrada, Julio Huasi ► (Julio Ciesler), Leónidas Barletta, Ezequiel Martínez Estrada y Gregorio Weinberg, entre otras figuras relevantes de la cultura, muchas veces “compañeros de ruta” o simplemente independientes.
A fines de los Cincuenta, también comenzó a realizar trabajos como corrector para los diarios Crítica (1913-1962) y Democracia (2da época) (1958-1962), y más tarde para el semanario Extra (1965-1989), que dirigía el periodista Bernardo Neustadt, donde conoció a Francisco “Paco” Urondo, quien entonces era redactor. Esta labor la alternaba con la corrección de libros para EUDEBA (Editorial Universitaria de Buenos Aires), sello dirigido entonces por Boris Spivacow. Por intermedio de su amigo el artista gráfico Oscar Díaz formó parte desde 1960 del grupo nucleado en torno a la Serie del Siglo y Medio, dirigida por Horacio Achával.
Las redes de sociabilidad del Partido, y en especial de El Popular (1963-1964), donde también fue redactor, corrector y responsable de la sección cultural, fueron muy importantes en la trayectoria de Mangieri. Este periódico, dirigido por Ernesto Giudici, era un órgano del PC alternativo a Nuestra Palabra (1950-1973), el periódico partidario oficial que por entonces se distribuía de manera clandestina, debido a la cancelación de la personería jurídica del PCA en 1959. Varios de los integrantes de esa publicación, como Andrés Rivera, Estela Canto, David Oberlaender y Luis Sicilia compartieron militancia con Mangieri en el Sindicato de Prensa, donde fue electo secretario de prensa por la Lista Marrón, encabezada por Eduardo Jozami, entre 1964 y 1966.
En 1959 fundó la editorial Horizonte, que como buena parte de los proyectos editoriales de Mangieri, alternó la poesía con el ensayo político. Dentro de la Colección Liberación publicó traducciones de Roger Garaudy, John Lewis, Ho Chi-Minh, Mao Tse-Tung y Vo Nguyen Giap. Tres años después, en 1962, fundó con el linotipista, poeta y ensayista Carlos Alberto Brocato, una colección de poesía para Ediciones Horizonte, que enseguida se transformaría en la editorial La Rosa Blindada, un nombre que homenajea al poemario del mismo nombre de Raúl González Tuñón, que apadrina el proyecto poético editorial. Brocato y Mangieri publican una serie de plaquetas y luego pequeños libros de poesía que en principio venden por fuera del circuito comercial, mediante suscripción anticipada entre amigos, colegas y camaradas, y también de mano en mano, de forma militante, en eventos públicos. El entonces librero Abel Langer y Pedro Sirera, dueño de la librería Lorraine, se encargaban de esta tarea. La Rosa Blindada edita obras de Raúl González Tuñón, Marcos Ana y Luis Alberto Quedada, así como también a los poetas de la nueva generación argentina, como Juan Gelman y Juana Bignozzi.
Durante su primera etapa (1962-1966) el sello tuvo otras tres colecciones: Pago Chico (narrativa), El Gigante Amapolas (teatro) y Los tiempos nuevos (ensayos). El plan editorial para los primeros títulos estaba influenciado por el sistema de distribución de Eudeba, y se organizaba en series de 4 libros que se ofrecían envueltos en una faja de papel. En la primera serie, Mangieri publicó su primer y único poemario, 15 poemas y un títere (1962).
El 15 de abril de 1963 fue detenido en un allanamiento al Sindicato de Prensa y recluido durante tres meses y medio en el Pabellón 3 del Destacamento de Río Bamba. A raíz de esta experiencia, participó con poemas en el volumen Traigo una voz encarcelada, publicado por el Movimiento por la Legalidad Democrática (MOLDE) que se proponía denunciar la ilegalidad del Plan de Conmoción Interna del Estado (Conintes). El libro contó con prólogo de Giudici y la participación de Hugo Acevedo, Carlos Alberto Burgos, Juan Gelman y Norberto Vilar, entre otros.
Con posterioridad, el sello editó la revista político-cultural La Rosa Blindada (1964-1966), con Raúl González Tuñón como director honorario y una serie de EPs y LPs con el sello Ediciones Fonoeléctricas de La Rosa Blindada (1964-1966). Además de relatos y poemas, la revista publicó algunos textos emblemáticos de Ernesto “Che” Guevara, John William Cooke, Oscar Terán, Carlos Olmedo y León Rozitchner, entre muchos otros.
Cabe destacar que en 1964 la red de artistas y poetas reunidos en torno a la revista fueron expulsados o bien se alejaron del Partido Comunista, orientándose hacia otras expresiones políticas de la “nueva izquierda” cercanas a la Revolución Cubana, la Revolución Vietnamita y al maoísmo. Brocato, que era codirector, se retira de la revista tras la aparición del número 7, por disidencias con el giro guevarista.
Mangieri formaba parte entre 1966 y 1967 de la pequeña red argentina de apoyo a la experiencia al Ejército de Liberación Nacional (ELN), el movimiento guerrillero que lideraba Ernesto “Che” Guevara en Bolivia. Aunque siempre se mantuvo en secreto, Mangieri formó parte del pequeño grupo que se reunió clandestinamente con Guevara en Buenos Aires, hacia septiembre u octubre de 1966, cuando este se dirigía a Bolivia.
A partir del fracaso de la experiencia guerrillera en Bolivia, Mangieri se vinculó de manera inorgánica a Vanguardia Comunista, a través de su amigo Emilio Jáuregui, asesinado por la policía el 27 de junio de 1969 en el marco de la visita de Nelson Rockefeller al país.
En 1965 inauguró la librería La Rosa Blindada, en la Galería Apolo de la Avenida Corrientes y junto con Juan “El Tata” Cedrón y Roberto “Tito” Cossa el Bar Gotán, que funcionaba como Centro Cultural. Ambos espacios se convirtieron en punto de referencia de la red de artistas e intelectuales nucleados en torno a la editorial. Ese mismo año el editor también fundó los Talleres Gráficos Schmidel (Cosquín 1172), que no solo imprimía las publicaciones de La Rosa Blindada sino también la mayoría de los libros de Siglo XXI, de la editorial de la Editorial La Biblioteca, de la Biblioteca Popular Constancio C. Vigil, los Cuadernos de Pasado y Presente (1968-1983) y la revista Cristianismo y Revolución (1966-1971). En este taller se imprimieron en 1970 las Resoluciones del V Congreso del Partido Revolucionario de los Trabajadores y en cuyo frente cultural se integró Mangieri, sin una estricta organicidad, hasta 1976. El editor conocía a la familia Santucho de la época en la que recorría las provincias con el IRCAU, y las librerías Aymara y Dimensión, de Francisco René Santucho, eran un punto de venta importante de lo publicado en todos sus proyectos editoriales.
En 1966 recibió una invitación de la República Popular China para conocer dicho país, a modo de retribución por haber editado las obras de Mao Tsé-Tung y Vo Nguyen Giap. Viajó durante dos meses con el escritor Andrés Rivera por el país asiático, visitando fábricas, entrevistándose con intelectuales y representantes de la cultura. Al regresar, mediante una gestión del mismo gobierno, ambos realizaron una estadía de un mes en París. Allí, conoció al librero y editor Françoise Maspero, de quien tomó algunos títulos de su catálogo para publicar en Argentina.
A su regreso se separa de “Cuca” Karasik y en 1967, junto con Jorge y Alberto Gurbanov funda Ediciones Caldén, sello que editó tres colecciones: Proceso, especializada en historia y dirigida por León Pomer; El hombre y su mundo, dirigida por Oscar Del Barco, especializada en las teorías de la escritura y El narrador y su tiempo, abocada a la literatura. Hasta el golpe cívico-militar de 1976 le dio continuidad a este sello, junto con la segunda etapa de La Rosa Blindada (1967-1976) y Ediciones del Siglo (1969-1976), sello alternativo donde publicó varias obras de cultura marxista —León Trotsky, Rudi Dutschke, Wilhelm Reich, Ernest Mandel— que excedían los límites de la biblioteca comunista.
En 1970 tradujo algunos poemas de Eugueni Evtuchenko para la Antología de la poesía rusa del siglo XX, del Centro Editor de América Latina. El mismo año, sufrió un allanamiento en la casa familiar de la calle Mercedes donde todavía vivía su madre y efectivos de la Dirección de Informaciones Policiales (DIPA) incautaron su biblioteca personal y parte del depósito de La Rosa Blindada. Parte del material fue incinerado en el Corralón de Floresta. Mangieri publicó una solicitada denunciando la persecución en el n° 12 de la revista Los Libros.
Durante la última dictadura no partió al exilio, vivió en la semiclandestinidad, siempre en su antigua casa de la calle Mercedes, y continuó realizando trabajos de diseño, corrección y gestión editorial para casas reconocidas como Siglo XXI o Escrituras Milá de la A.M.I.A.; o bien tareas, junto con Rubén Naranjo, de edición, corrección y armado para sellos clandestinos de distintas imprentas: Editorial Sol de Buenos Aires y Editorial La Mandrágora, especializadas en New Age y budismo zen, Editorial Fundamentos, especializada en psicología; Ediciones del Mediodía, Barros Merino y Editora del Ángel, con catálogos enfocados en literatura universal. Esta actividad se superponía con el trabajo de edición para el sello de la librería que había instalado para su ex esposa, Finnegan 's (1979-1985), en una galería de la avenida Santa Fe, n° 2733.
En 1977 uno de los sellos creados para el mercado ilegal, Nueva Caledonia, se transforma en Ediciones Simbad, y su catálogo es destinado principalmente a la exportación a España. Estos proyectos fueron el origen de Libros de Tierra Firme (1977-2008) y de Ediciones del 80 (1980-1987), proyecto codirigido con Jorge Boreán y Enrique Butti. En 1980 también inicia una colección “El hombre y su mente” dentro del sello Homo Sapiens (1980-1983) que recuerda a los títulos de Ediciones Caldén.
La colección insignia de Libros de Tierra Firme fue “Todos Bailan” (1983-2008), especializada en poesía argentina y latinoamericana, que editó aproximadamente 350 títulos. Además, el sello contó con otras colecciones: “Crítica y Arte”; “Textos”, dirigida por Raúl Ageno y especializada en pedagogía, “Personæ” co dirigida con Jorge Fondebrider y especializada en poesía latinoamericana y europea; “Poetas de Hoy”, que consistía en antologías de poetas argentinos —menores de 50 años— en actividad, acompañadas por estudios críticos y entrevistas; la colección de narrativa “Los oficios terrestres”, dirigida por Lea Fletcher y la colección de teatro “Babilonia”, dirigida por Beatriz Mosquera.
Entre 1984 y 1985, junto con Martha Fernández, dirige la revista Democracia Sindical, órgano de articulación de los Centros de Formación Sindical que inspiraba el sindicalista Alberto Piccinini, que a su vez se ligaba al Centro de Estudios Sindicales y Sociales, fundado en 1977 por los sindicatos de la CGT autodenominados “los 25”.
En 1985 realiza un viaje con su pareja, la investigadora norteamericana Lea Fletcher, que lo lleva a París, Barcelona y Amsterdam, donde establece contacto con varios de los poetas exiliados que fueron publicados a lo largo de los primeros 40 números de la colección “Todos Bailan”. En 1988 Lea Fletcher funda la revista Feminaria y Mangieri aporta sus conocimientos gráficos para llevar adelante el proyecto, así como Feminaria editora (1992-2007). La revista se convierte en una publicación de sello, dado que promueve e indaga en el catálogo femenino de Libros de Tierra Firme.
En 1987, junto con Gerardo Foia, organizó el Encuentro Nacional de Poesía Joven en el Centro Cultural General San Martín, donde se realizó la Bienvenida del regreso a Juan Gelman.
A fines de la década de 1980 acepta una serie de invitaciones de los espacios culturales comunistas, sin reintegrarse orgánicamente al Partido. Así, es nombrado vicepresidente 1º de la Cooperativa de trabajo y Bodega Cultural Liber/arte, cuyo presidente honorario era David Viñas. Desde allí organizó la Primera Feria del Libro de Poesía en octubre de 1990. En 1992 se vincula a los grupos de trabajo político-culturales del Frente Amplio de Liberación Nacional y Social (FRAL), impulsado por el PC, desde donde promueve el relanzamiento de la revista La Rosa Blindada (que finalmente no se concretó) y la creación del VI Festival Internacional de Poesía.
A mediados de los noventa comienza a ser reconocida internacionalmente su labor en la edición de poesía y en 1995 es invitado, a instancias del poeta Henri Deluy, a participar en la Tercera Bienal de Poesía Internacional de Val de Marne en Francia, junto con Jorge Fondebrider y Daniel García Helder; mientras que en 1997, recibe una invitación de la poeta colombiana María Mercedes Carranza para participar en el VI Festival Internacional de Poesía de Bogotá.
En 1998, a instancias de un grupo de jóvenes sociólogos de la UBA, vinculados al “Programa de investigación sobre el cambio social”, de Leandro Caruso, relanza el sello La Rosa Blindada, esta vez enfocado en la “cuestión nacional” y las memorias de la militancia revolucionaria. En 2002 participa como jurado del Premio Casa de las Américas de poesía junto con el poeta peruano José Watanabe, el colombiano Elkin Restrepo, el español Jorge Riechman y el cubano Norberto Codina. El mismo año comienza a participar en la Asamblea Barrial de Floresta que se había organizado con motivo de la Masacre de Floresta de diciembre de 2001. Fue director, hasta su fallecimiento, de la revista El Corralón, que tuvo como ejes centrales la memoria popular del barrio, los Derechos Humanos y la poesía.
En 2004 la Fundación Konex lo homenajeó con una Mención especial por su trayectoria en el campo de la edición. En 2005 es distinguido por la Fundación “El Libro” con un premio a la trayectoria, a la vez que el ensayista y cineasta Miguel Mazzeo estrena el documental La luna con gatillo, en el que reconstruye la experiencia de La Rosa Blindada. En 2007 fue distinguido como Ciudadano Ilustre de la ciudad de Buenos Aires por la Legislatura porteña y se divorció de Lea Fletcher, su compañera durante 26 años.
Con su salud muy deteriorada llegó a corregir las galeras de Poemas del amor y la guerra, una selección de sus poemas éditos, realizada por Jorge Fondebrider y Javier Cófreces. José Luis Mangieri falleció el 1 de noviembre de 2008 a los 83 años. A fines del año 2009 sus hijos donaron 63 cajas de su archivo personal y buena parte de su hemeroteca y biblioteca al Centro de Documentación e Investigación de la Cultura de Izquierdas, donde actualmente se conserva.
Diccionario Biográfico de las Izquierdas Latinoamericanas
José Luis Mangieri: entrada biográfica
Emiliano Tavernini
MANGIERI, José Luis (seudónimos: Ulrico, Cauli, Macho, Giuseppe) (Buenos Aires, Argentina 14/12/1924 – Buenos Aires, Argentina 1/11/2008)
Hijo de Ángel Rafael Mangieri, anarquista, empleado municipal y ayudante de veterinaria, y Herminia María Di Muro, ama de casa. Nació y vivió hasta los 10 años en un conventillo de Parque Patricios ubicado en la calle Salcedo entre 24 de Noviembre y Sánchez de Loria. En 1935 la familia se asentó en el barrio de Floresta, en la que sería su casa de casi toda la vida, Mercedes 936. En el mismo barrio realizó estudios secundarios en el Colegio n° 9 “Justo José de Urquiza”.
En la Universidad de Buenos Aires cursó tres años de la carrera de Odontología, entre 1944 y 1946, donde fue compañero de estudios de José Fondebrider. En esa época vivió la bohemia porteña junto con sus amigos, el pintor Domingo Onofrio y el poeta Néstor Groppa (Leandro Álvarez), quien más tarde formaría parte de la Asociación Cultural “Tarja” de San Salvador de Jujuy. En 1947 salió sorteado para realizar el servicio militar obligatorio en la Compañía de Comunicaciones de Campo de Mayo. Como se negó a obtener el grado de subteniente de reserva, debió permanecer 18 meses en la dependencia. Cuando retorna a su casa, decide abandonar la universidad y se traslada a Bariloche, donde desempeña distintos trabajos manuales, entre ellos, pintor de brocha gorda.
Regresa a Buenos Aires en 1953 y a instancias de su amigo, el dramaturgo Andrés Lizarraga, se afilia al Partido Comunista Argentino (PCA). Desde entonces y hasta 1959 se desempeñó como redactor, corrector y coordinador de la sección cultural en la segunda época de la revista Argentina-URSS, órgano del IRCAU (Instituto de Relaciones Culturales Argentina-URSS), institución en la que tuvo una activa participación en la fundación y en el sostenimiento de vínculos con las filiales del interior: Rosario, Córdoba, Tucumán, Mendoza, Bahía Blanca y Mar del Plata. En dicho espacio, dirigido por Berta Perelstein, fue compañero de trabajo del artista plástico Bartolomé Mirabelli, diseñador de Manuel Gleizer Editor en su primera etapa (1924-1945), quien le transmitió valiosos conocimientos adquiridos en el trabajo de edición. A comienzos de la década de 1950 conoce en el PC a la arquitecta y traductora Juana “Cuca” Karasik, con quien contrajo matrimonio. Fruto de esta relación tuvo dos hijos, Pablo Martín (1959) y Silvia Andrea (1960).
Entre 1958 y 1959, co dirigió su primera publicación Por…, junto con Floreal Mazía y Roberto Salama (creador en 1950 de Cuadernos de Cultura, órgano de la Comisión de Cultura del partido), que llegó a publicar sólo dos números, pero contó con la colaboración de distinguidos intelectuales como Carlos Astrada, Julio Huasi ► (Julio Ciesler), Leónidas Barletta, Ezequiel Martínez Estrada y Gregorio Weinberg, entre otras figuras relevantes de la cultura, muchas veces “compañeros de ruta” o simplemente independientes.
A fines de los Cincuenta, también comenzó a realizar trabajos como corrector para los diarios Crítica (1913-1962) y Democracia (2da época) (1958-1962), y más tarde para el semanario Extra (1965-1989), que dirigía el periodista Bernardo Neustadt, donde conoció a Francisco “Paco” Urondo, quien entonces era redactor. Esta labor la alternaba con la corrección de libros para EUDEBA (Editorial Universitaria de Buenos Aires), sello dirigido entonces por Boris Spivacow. Por intermedio de su amigo el artista gráfico Oscar Díaz formó parte desde 1960 del grupo nucleado en torno a la Serie del Siglo y Medio, dirigida por Horacio Achával.
Las redes de sociabilidad del Partido, y en especial de El Popular (1963-1964), donde también fue redactor, corrector y responsable de la sección cultural, fueron muy importantes en la trayectoria de Mangieri. Este periódico, dirigido por Ernesto Giudici, era un órgano del PC alternativo a Nuestra Palabra (1950-1973), el periódico partidario oficial que por entonces se distribuía de manera clandestina, debido a la cancelación de la personería jurídica del PCA en 1959. Varios de los integrantes de esa publicación, como Andrés Rivera, Estela Canto, David Oberlaender y Luis Sicilia compartieron militancia con Mangieri en el Sindicato de Prensa, donde fue electo secretario de prensa por la Lista Marrón, encabezada por Eduardo Jozami, entre 1964 y 1966.
En 1959 fundó la editorial Horizonte, que como buena parte de los proyectos editoriales de Mangie
Presentación
Dossier | Filosofía y transición democrática
Presentación
Filosofía y transición democrática
Según sus protagonistas, el Tercer Congreso Nacional de Filosofía de 1980, que fue clausurado con un discurso de Videla, tenía objetivos profesionalizadores. Recordemos que contó con la participación de todo el arco teórico-político. Como resultado, más bien radicalizó todas las preguntas sobre los límites de la autonomización disciplinaria. Oscar Terán lo planteó en su momento de manera clara. El nuevo período de profesionalización de los estudios filosóficos tomaba como central la pregunta por la función social del intelectual-filósofo. Ya sea desde una filosofía latinoamericanista, un catolicismo conservador en retirada o desde una socialdemocracia profesionalizadora, distintos grupos, revistas e instituciones propusieron narrativas opuestas sobre este proceso de organización disciplinaria que dio lugar a la forma en la que se practica la filosofía hoy en día en el país.
Todos los frentes registraron modificaciones. La introducción de nuevos autores y corpus —vinculados al estructuralismo, la filosofía analítica, el marxismo británico y el pragmatismo— fueron realizadas en su mayoría por revistas y periódicos independientes de las universidades. A su vez, el fuerte recambio de nombres en los claustros de profesores de las carreras de filosofía del país ubicaba al año 1983 en relación a otros períodos de renovación contundente, donde política y filosofía "se imbricaban hasta inficionar los más absurdos procesos burocráticos. En esta serie, años clave tan significativos de nuestra historia, como 1943-1946, o 1955-1956, o 1966, señalan otros momentos en los cuales los concursos docentes se aceleraron junto a renuncias que condensaron designaciones en puja, denuncias y relatos encontrados.
Momentos de fuerte politización como éste proyectan además tradiciones teóricas sobre planes de gestión universitaria y visibilizan la funcionalidad de muchos argumentos en relación a apuestas políticas. Claro que para poder dimensionar la serie de disputas intelectuales resulta necesario considerar un espacio académico distinto del presente. Al menos por dos motivos. En muchos momentos determinadas tradiciones de pensamiento llegaron a hegemonizar notablemente cargos y programas universitarios mediante sus vínculos con la política nacional y universitaria. Las distintas posturas filosóficas se veían involucradas así a proyectos culturales y políticos más amplios, de modo que no se trataba sólo de una discusión académica por financiamiento y prestigio dentro de los claustros. En buena medida además para cada una de las tradiciones en juego la necesidad de una profesionalización de la filosofía requería desprenderse de la tradición opuesta…
Hoy recuperada por testimonios, la política de los pasillos también proponía sus categorías. En cada caso, los detractores brindaban a los estudiantes vocablos jocosos a partir de las rivalidades. Si en la década del sesenta y el setenta, dividían a los profesores entre los “payadores del ser” y los “sacerdotes de la ciencia”, durante la década del ochenta estas categorías deducidas trascendentalmente politizaban de manera más directa los bandos. Frente al ingreso de los “abogados chantas” que enardecían a Carpio, los “metafísicos peronistas” se encontraban ahora en desventaja para luchar por cargos. Incluso la arqueología de esta instanciación del maniqueísmo filosófico en pugna podría ser rastreada aún más atrás.
Con todo, esbozar los horizontes históricos donde interpretar la politicidad intrínseca de los artefactos culturales, sus argumentos e inscripciones requiere una aproximación capaz de medir estas intervenciones bajo un telón adecuado según cada universidad. Con este objetivo, el trabajo de Carla Galfione y Paulo Martínez Da Ros parte de analizar la temporalidad que propone el nuevo acuerdo democrático en la Universidad Nacional de Córdoba. La propuesta se centra en el discurso filosófico y los programas de estudio para preguntarse cómo esa transformación político-institucional fue transitada en los marcos de la filosofía universitaria.
En un segundo momento, este dossier se aboca a la recuperación de diagnósticos, recuerdos y testimonios de esta reorganización filosófica. Con esta preocupación, recuperamos tres intervenciones sobre la tradición análitica en el país. El trabajo de Federico Penelas atestigua la incomodidad de los dos primeros lectores y difusores locales de Richard Rorty. A partir de la desconfianza que despertaba este autor entre “analíticos” y “continentales”, el artículo destaca el interés por el neo-pragmatismo de Eduardo Rabossi, quien, además de ser uno de los filósosos análiticos más importantes del país, en la primera parte de la década del ochenta ejerció como Subsecretario de Derechos Humanos del primer gobierno postdictadura.
Además publicamos las intervenciones de Diana Maffia y Alberto Moretti en el Mesa Redonda sobre la filosofía analítica en la Argentina realizada en el XV Congreso Nacional de Filosofía organizado por la Asociación Filosófica de la República Argentina en 2010; dos diagnósticos que circulaban asistemáticamente como apuntes y proponen una tarea de historización y polémica poco habitual. Sin abandonar su rigor, se trata de dos textos que se reconocen, uno, como “levemente panfletario” y, el otro, como “necesariamente sesgado”, en tanto abordan de frente los conflictos en pugna durante el período de transición. Agradecemos el interés de su autora y su autor en publicarlos de manera conjunta quince años después. Ambos resultan acercamientos centrales al derrotero del análisis filosófico en la Argentina y contribuyen a mapear el arco de antagonismos más amplio.
Lucas Domínguez Rubio
CeDInCI/ CONICETDossier | Filosofía y transición democrática
Presentación
Filosofía y transición democrática
Según sus protagonistas, el Tercer Congreso Nacional de Filosofía de 1980, que fue clausurado con un discurso de Videla, tenía objetivos profesionalizadores. Recordemos que contó con la participación de todo el arco teórico-político. Como resultado, más bien radicalizó todas las preguntas sobre los límites de la autonomización disciplinaria. Oscar Terán lo planteó en su momento de manera clara. El nuevo período de profesionalización de los estudios filosóficos tomaba como central la pregunta por la función social del intelectual-filósofo. Ya sea desde una filosofía latinoamericanista, un catolicismo conservador en retirada o desde una socialdemocracia profesionalizadora, distintos grupos, revistas e instituciones propusieron narrativas opuestas sobre este proceso de organización disciplinaria que dio lugar a la forma en la que se practica la filosofía hoy en día en el país.
Todos los frentes registraron modificaciones. La introducción de nuevos autores y corpus —vinculados al estructuralismo, la filosofía analítica, el marxismo británico y el pragmatismo— fueron realizadas en su mayoría por revistas y periódicos independientes de las universidades. A su vez, el fuerte recambio de nombres en los claustros de profesores de las carreras de filosofía del país ubicaba al año 1983 en relación a otros períodos de renovación contundente, donde política y filosofía "se imbricaban hasta inficionar los más absurdos procesos burocráticos. En esta serie, años clave tan significativos de nuestra historia, como 1943-1946, o 1955-1956, o 1966, señalan otros momentos en los cuales los concursos docentes se aceleraron junto a renuncias que condensaron designaciones en puja, denuncias y relatos encontrados.
Momentos de fuerte politización como éste proyectan además tradiciones teóricas sobre planes de gestión universitaria y visibilizan la funcionalidad de muchos argumentos en relación a apuestas políticas. Claro que para poder dimensionar la serie de disputas intelectuales resulta necesario considerar un espacio académico distinto del presente. Al menos por dos motivos. En muchos momentos determinadas tradiciones de pensamiento llegaron a hegemonizar notablemente cargos y programas universitarios mediante sus vínculos con la política nacional y universitaria. Las distintas posturas filosóficas se veían involucradas así a proyectos culturales y políticos más amplios, de modo que no se trataba sólo de una discusión académica por financiamiento y prestigio dentro de los claustros. En buena medida además para cada una de las tradiciones en juego la necesidad de una profesionalización de la filosofía requería desprenderse de la tradición opuesta…
Hoy recuperada por testimonios, la política de los pasillos también proponía sus categorías. En cada caso, los detractores brindaban a los estudiantes vocablos jocosos a partir de las rivalidades. Si en la década del sesenta y el setenta, dividían a los profesores entre los “payadores del ser” y los “sacerdotes de la ciencia”, durante la década del ochenta estas categorías deducidas trascendentalmente politizaban de manera más directa los bandos. Frente al ingreso de los “abogados chantas” que enardecían a Carpio, los “metafísicos peronistas” se encontraban ahora en desventaja para luchar por cargos. Incluso la arqueología de esta instanciación del maniqueísmo filosófico en pugna podría ser rastreada aún más atrás.
Con todo, esbozar los horizontes históricos donde interpretar la politicidad intrínseca de los artefactos culturales, sus argumentos e inscripciones requiere una aproximación capaz de medir estas intervenciones bajo un telón adecuado según cada universidad. Con este objetivo, el trabajo de Carla Galfione y Paulo Martínez Da Ros parte de analizar la temporalidad que propone el nuevo acuerdo democrático en la Universidad Nacional de Córdoba. La propuesta se centra en el discurso filosófico y los programas de estudio para preguntarse cómo esa transformación político-institucional fue transitada en los marcos de la filosofía universitaria.
En un segundo momento, este dossier se aboca a la recuperación de diagnósticos, recuerdos y testimonios de esta reorganización filosófica. Con esta preocupación, recuperamos tres intervenciones sobre la tradición análitica en el país. El trabajo de Federico Penelas atestigua la incomodidad de los dos primeros lectores y difusores locales de Richard Rorty. A partir de la desconfianza que despertaba este autor entre “analíticos” y “continentales”, el artículo destaca el interés por el neo-pragmatismo de Eduardo Rabossi, quien, además de ser uno de los filósosos análiticos más importantes del país, en la primera parte de la década del ochenta ejerció como Subsecretario de Derechos Humanos del primer gobierno postdictadura.
Además publicamos las intervenciones de Diana Maffia y Alberto Moretti en el Mesa Redonda sobre la filosofía analítica en la Argentina realizada en el XV Congreso Nacional de Filosofía organizado por la Asociación Filosófica de la República Argentina en 2010; dos diagnósticos que circulaban asistemáticamente como apuntes y proponen una tarea de historización y polémica poco habitual. Sin abandonar su rigor, se trata de dos textos que se reconocen, uno, como “levemente panfletario” y, el otro, como “necesariamente sesgado”, en tanto abordan de frente los conflictos en pugna durante el período de transición. Agradecemos el interés de su autora y su autor en publicarlos de manera conjunta quince años después. Ambos resultan acercamientos centrales al derrotero del análisis filosófico en la Argentina y contribuyen a mapear el arco de antagonismos más amplio.
Lucas Domínguez Rubio
CeDInCI/ CONICE
Bibliotecas y archivos del movimiento anarquista en Italia
Engaged in the struggle for radical social transformation, Italian anarchists paid little attention to preserving their own past. In general, the tools they created for propaganda and the dissemination of ideas — pamphlets, booklets, newspapers, books— were used fleetingly and were not carefully stored nor protected. Only from the 1960s onward did some groups, organizations, and individual activists begin to establish various cultural institutions with the express desire to save the extensive documentation produced and to build their own historical memory. In this context, this paper will reconstruct the histories, collections, and plans of the main archives and libraries of the Italian anarchist movement. With this task, the aim is to condense and contribute to the extensive libertarian work of protecting their heritage.Inmersos en la lucha por una transformación social radical, los anarquistas italianos prestaron poca atención a la preservación de su propio pasado. En general, las herramientas que crearon para la propaganda y la difusión de ideas –volantes, folletos, periódicos, libros– tuvieron un uso efímero y no fueron cuidadosamente almacenadas ni resguardadas. Solo a partir de la década de 1960, algunos grupos, organizaciones y activistas individuales comenzaron a fundar distintas instituciones culturales con el deseo expreso de salvaguardar la extensa documentación producida y de construir una memoria histórica propia. En ese marco, en el presente escrito se reconstruirán las historias, colecciones y planes de los principales archivos y bibliotecas del movimiento anarquista italiano. Con esta tarea, se pretende condensar y contribuir a la extensa labor libertaria por proteger su patrimonio
Políticas de la Memoria n° 25
Yearbook journal of the Documentation and Research Center on Left Culture - CeDInCI. It publishes peer-reviewed articles, critical reflections, interviews, surveys, and reviews that contribute to studies on the intellectual history of social and political movements, as well as the contemporary development of critical theories and policies concerning archival and representation of collective memory. Políticas de la Memoria is an effort to meet international research standards while maintaining intellectual engagement.
ISSN 1668-4885 - ISSNe 2683-7234Anuario de investigación del Centro de Documentación e Investigación de la Cultura de Izquierda - CeDInCI. Publica artículos arbitrados, reflexiones críticas, entrevistas, encuestas y reseñas que contribuyan a los estudios sobre historia intelectual de los movimientos sociales y políticos, así como también al desarrollo contemporáneo de las teorías críticas y de las políticas de archivo y representación de la memoria colectiva. Políticas de la Memoria constituye un esfuerzo por responder a los estándares internacionales de investigación sin renunciar a la intervención intelectual.
ISSN 1668-4885 - ISSNe 2683-7234 
El análisis filosófico y la Universidad de las catacumbas
the academic field. In Philosophy, there was an exodus towards the so-called “University of the catacombs”. The Argentine Society of Philosophical Analysis was a space for critical thinking and training in disciplines that had not yet found expression in the traditional academy. It was there that the political philosophy that would later nurture the democratic practice of the transition was debated, and it was there that the deep convictions of public ethics and human rights that still persist were born.Durante la década del ’70 Argentina soportó dos dictaduras militares y un período democrático violento y persecutorio en lo académico. En Filosofía se produjo un éxodo hacia la llamada “Universidad de las catacumbas”. La Sociedad Argentina de Análisis Filosófico fue un espacio de pensamiento crítico y de formación en disciplinas que no tenían aún expresión en la academia tradicional. Allí se debatió la filosofía política que luego nutriría la práctica democrática de la transición, y allí se gestaron las convicciones profundas de ética pública y derechos humanos que aún perduran
El siglo y la eternidad: elogio badiousiano de la filosofía en la contingencia
This paper, by listing Badiou’s conceptual framework for a philosophical understanding of the Twentieth Century, aims to highlight the author’s conception of philosophy, based on the systematic and inseparable link between event, subject, truth, and neutral ontology. In this sense, the period in question is characterized by a “passion for the real,” whose dispute, necessarily of a theoretical-practical nature, passes through the sign of Two, that is, of opposition, yet providing an opportunity for the manifestation of subtractive thought, of the order of the event.El presente trabajo, al enumerar el planteamiento conceptual badiousiano para la comprensión filosófica del siglo XX, pretende destacar la concepción de la filosofía del autor, basada en el vínculo sistemático e indisociable entre acontecimiento, sujeto, verdad y ontología neutra. En este sentido, dicho período se caracteriza por una “pasión por lo real”, cuya disputa, necesariamente de orden teórico-práctico, pasa por el signo del Dos, es decir, de la oposición, dando sin embargo la oportunidad para la manifestación del pensamiento sustractivo, del orden del acontecimiento. 
La Revolución china en El Siglo de Alain Badiou
In his book The Century, Alain Badiou proposes to reflect on the subjective operations in which the Twentieth Century was constituted. The author identifies the “passion of the real” as a key concept through which we can access the meaning of the extreme experiences that animated theTwentieth Century. Badiou examines the different political, aesthetic and scientific operations that sought the constitution of the so-called “new Man” in the Twentieth Century. In this article we focus on Badiou's reflections on the Chinese Revolution, on Mao Zedong's theses regarding war and contradictions. Reflections aimed at substantiating the French philosopher's commitment to a subtractive dialectic in political thought inherited from the 21st Century.En su libro El Siglo, Alain Badiou propone pensar las operaciones subjetivas en las que se constituyó el siglo XX. El autor identifica la “pasión de lo real” como un concepto clave mediante el cual podemos acceder al sentido de las experiencias extremas que animaron el siglo XX. Badiou examina las diferentes operaciones políticas, estéticas y científicas que buscaron en el siglo XX la constitución del llamado “Hombre nuevo”. En este artículo enfocamos las reflexiones de Badiou sobre la Revolución china, sobre las tesis de Mao Zedong en torno a la guerra y a las contradicciones. Reflexiones orientadas a fundamentar la apuesta del filósofo francés por una dialéctica sustractiva en el pensamiento de la política legado al siglo XXI. 
A propósito de Macarena Marey, Diario de Galileo, Buenos Aires, Bosque Energético, 2025, 101 pp.
Diario de Galileo está al filo de nuestros sentidos. Se trata de un libro difícil de clasificar según los estancos compartimentos de los géneros literarios. El texto combina el registro de un diario íntimo, el ensayístico, el poético e incluso el novelístico, siendo irreductible a cualquiera de ellos. Con una prosa fragmentaria, cruda y sensible, Macarena Marey narra y reflexiona sobre la experiencia de maternar a Galileo, su hijo autista no-verbal. Como reconoce la autora, quizás no estemos frente a otra cosa que un testimonio.
Sin embargo, el libro se resiste a encuadrarse dentro de la literatura del yo, que atiborra actualmente las estanterías de las librerías comerciales. Este género literario resulta especialmente problemático para la teoría política crítica porque asume que la introspección proporciona un acceso inmediato de las condiciones objetivas de existencia, eludiendo las mediaciones sociales y políticas que moldean nuestra subjetividad. De esta forma, la literatura egocentrada reproduce la estereotipia más vulgar y, paradójicamente, las ideas que sostienen las formas de opresión sistémica y material que atraviesan nuestras identidades. Esta limitación deriva, en última instancia, de la ontología subjetivista que subyace a este género literario, según la cual los hechos sociales y políticos pueden ser explicados a partir de lazos interpersonales y reducidos a las determinantes psicológicas de individuos aislados.
Al contrario, en Diario de Galileo los afectos no quieren ser entendidos a partir del psicologismo subjetivista, sino, más bien, como índices históricos. El malestar, el agotamiento y el enojo que Marey describe a lo largo del libro evidencian el entrecruzamiento entre su experiencia singular y estructuras sociales opresivas. Los gritos y autolesiones de Galileo no son simples caprichos, sino expresiones de rechazo a las exigencias y expectativas que un mundo injusto posa constantemente sobre él. En esta clave, el libro adquiere una potencia crítica singular para denunciar el capacitismo como una forma de injusticia estructural.
Diario de Galileo se inscribe, así, en una tradición crítica inaugurada por la psiquiatría antirracista de Frantz Fanon en Pieles negras, máscaras blancas, y continuada por el marxismo neurodivergente de Robert Chapman y la teoría crítica de la salud mental de Emiliano Exposto, entre otros. Estos enfoques no niegan la existencia objetiva de los síntomas o del autismo, pero insisten en que estos fenómenos están mediados socialmente. Como resume Exposto, el desafío es evitar “individualizar los conflictos sociales e interiorizar las opresiones, convirtiendo los problemas colectivos en infortunios de resolución privada y tratamiento personal” para politizar el malestar y la discapacidad, en lugar de concebirlos como tragedias privadas.
En Diario de Galileo, el capacitismo aparece como un murmullo monótono, constante, que invade las calles, las plazas y los consultorios médicos. Marey analiza estos fenómenos en términos similares a los de la investigadora sobre discapacidad y capacitismo, Fiona Kumari Campbell. El núcleo del problema radica en la tendencia a naturalizar e identificar el modelo neurotípico con la idea ontológica del ser humano. Dicho ideal fija nuestras expectativas y exigencias sobre los comportamientos posibles, calificando toda desviación como sub-humana o no-humana. Ahora bien, Marey hace algo más: devela el carácter ilusorio del supremacismo de la capacidad. Este se revela como una mera apariencia, ya que depende de que interioricemos la compulsión social por anular la discapacidad: buscar su “cura” o, en última instancia, aniquilarla. Más aún, la neuro-normatividad hegemónica se funda y sostiene en la ignorancia capacitista, una forma de sesgo cognitivo que nos cierra a la escucha de otras formas de comunicarnos, de habitar el espacio y el tiempo. Es más, la racionalidad dominante conlleva un déficit ético y epistémico, en la medida en que nos vuelve incapaces de ver el daño que hacemos sobre otrxs, incluso cuando no sea el efecto deliberado de nuestras acciones. Su forma última es el escepticismo sobre la existencia misma de la neuro-divergencia, aunque esta ignorancia adquiere diferentes modalidades. En este sentido, puede calificarse al capacitismo como un tipo de violencia epistémica, simbólica y material, cuya capilaridad y temporalidad son difusas, y cuyo resultado es la negación de la agencia ética y epistémica del cuerpo discapacitado.
Con todo, Marey no conceptualiza la opresión capacitista únicamente en relación con el estatus social. Desde una perspectiva interseccional, como la de Kimberley Crenshaw o María Lugones, dicho enfoque resulta excesivamente reduccionista: asume que la constitución subjetiva se resuelve sobre un único eje de las relaciones sociales, aislado de otras formas de opresión. Al contrario, Marey expone la co-implicación entre las relaciones sociales capitalistas y la neuro-normatividad hegemónica. En primer lugar, el modelo capacitista aparece asociado a la idea del adulto funcional, definido en base a los imperativos del mercado de trabajo. En segundo lugar, Marey advierte acerca de la única forma en que la neuro-normatividad capitalista logra asimilar su desviación: mediante la mercantilización y burocratización de su tratamiento médico. Dichos procesos tienen como resultado el acceso desigual a las condiciones básicas de reproducción social: la opresión se reparte de forma diferente entre la población neurodivergente, en tanto se entrecruza con las relaciones de clase, raza y género.
De esta forma, el análisis de Marey permite entender al capacitismo capitalista como un caso de injusticia estructural. Este concepto, acuñado por Iris Marion Young, refiere a aquellos resultados injustos que, de forma sistemática, ponen a determinados grupos bajo la amenaza de dominación o privación de oportunidades. Esta tesis constituye uno de los logros conceptuales más destacados de Diario de Galileo, y podría enriquecerse aún más si se vincula con las teorías críticas de la forma del valor y con la corriente del marxismo neurodivergente. Un análisis de esta naturaleza apuntaría a mostrar cómo el nexo social del valor —al privilegiar un único aspecto de la reproducción material humana, el gasto de fuerza física— constituye una forma de validación social que impone la asociación entre salud, normalidad y productividad, produciendo la discapacidad como población sobrante. Una línea teórica de este tipo mostraría el capacitismo eugenésico como un rasgo central y estructural de las relaciones sociales capitalistas.
Malena Maia Antmann
(Instituto de Filosofía “Alejandro Korn”, Facultad de Filosofía y Letras/ UBA)Diario de Galileo está al filo de nuestros sentidos. Se trata de un libro difícil de clasificar según los estancos compartimentos de los géneros literarios. El texto combina el registro de un diario íntimo, el ensayístico, el poético e incluso el novelístico, siendo irreductible a cualquiera de ellos. Con una prosa fragmentaria, cruda y sensible, Macarena Marey narra y reflexiona sobre la experiencia de maternar a Galileo, su hijo autista no-verbal. Como reconoce la autora, quizás no estemos frente a otra cosa que un testimonio.
Sin embargo, el libro se resiste a encuadrarse dentro de la literatura del yo, que atiborra actualmente las estanterías de las librerías comerciales. Este género literario resulta especialmente problemático para la teoría política crítica porque asume que la introspección proporciona un acceso inmediato de las condiciones objetivas de existencia, eludiendo las mediaciones sociales y políticas que moldean nuestra subjetividad. De esta forma, la literatura egocentrada reproduce la estereotipia más vulgar y, paradójicamente, las ideas que sostienen las formas de opresión sistémica y material que atraviesan nuestras identidades. Esta limitación deriva, en última instancia, de la ontología subjetivista que subyace a este género literario, según la cual los hechos sociales y políticos pueden ser explicados a partir de lazos interpersonales y reducidos a las determinantes psicológicas de individuos aislados.
Al contrario, en Diario de Galileo los afectos no quieren ser entendidos a partir del psicologismo subjetivista, sino, más bien, como índices históricos. El malestar, el agotamiento y el enojo que Marey describe a lo largo del libro evidencian el entrecruzamiento entre su experiencia singular y estructuras sociales opresivas. Los gritos y autolesiones de Galileo no son simples caprichos, sino expresiones de rechazo a las exigencias y expectativas que un mundo injusto posa constantemente sobre él. En esta clave, el libro adquiere una potencia crítica singular para denunciar el capacitismo como una forma de injusticia estructural.
Diario de Galileo se inscribe, así, en una tradición crítica inaugurada por la psiquiatría antirracista de Frantz Fanon en Pieles negras, máscaras blancas, y continuada por el marxismo neurodivergente de Robert Chapman y la teoría crítica de la salud mental de Emiliano Exposto, entre otros. Estos enfoques no niegan la existencia objetiva de los síntomas o del autismo, pero insisten en que estos fenómenos están mediados socialmente. Como resume Exposto, el desafío es evitar “individualizar los conflictos sociales e interiorizar las opresiones, convirtiendo los problemas colectivos en infortunios de resolución privada y tratamiento personal” para politizar el malestar y la discapacidad, en lugar de concebirlos como tragedias privadas.
En Diario de Galileo, el capacitismo aparece como un murmullo monótono, constante, que invade las calles, las plazas y los consultorios médicos. Marey analiza estos fenómenos en términos similares a los de la investigadora sobre discapacidad y capacitismo, Fiona Kumari Campbell. El núcleo del problema radica en la tendencia a naturalizar e identificar el modelo neurotípico con la idea ontológica del ser humano. Dicho ideal fija nuestras expectativas y exigencias sobre los comportamientos posibles, calificando toda desviación como sub-humana o no-humana. Ahora bien, Marey hace algo más: devela el carácter ilusorio del supremacismo de la capacidad. Este se revela como una mera apariencia, ya que depende de que interioricemos la compulsión social por anular la discapacidad: buscar su “cura” o, en última instancia, aniquilarla. Más aún, la neuro-normatividad hegemónica se funda y sostiene en la ignorancia capacitista, una forma de sesgo cognitivo que nos cierra a la escucha de otras formas de comunicarnos, de habitar el espacio y el tiempo. Es más, la racionalidad dominante conlleva un déficit ético y epistémico, en la medida en que nos vuelve incapaces de ver el daño que hacemos sobre otrxs, incluso cuando no sea el efecto deliberado de nuestras acciones. Su forma última es el escepticismo sobre la existencia misma de la neuro-divergencia, aunque esta ignorancia adquiere diferentes modalidades. En este sentido, puede calificarse al capacitismo como un tipo de violencia epistémica, simbólica y material, cuya capilaridad y temporalidad son difusas, y cuyo resultado es la negación de la agencia ética y epistémica del cuerpo discapacitado.
Con todo, Marey no conceptualiza la opresión capacitista únicamente en relación con el estatus social. Desde una perspectiva interseccional, como la de Kimberley Crenshaw o María Lugones, dicho enfoque resulta excesivamente reduccionista: asume que la constitución subjetiva se resuelve sobre un único eje de las relaciones sociales, aislado de otras formas de opresión. Al contrario, Marey expone la co-implicación entre las relaciones sociales capitalistas y la neuro-normatividad hegemónica. En primer lugar, el modelo capacitista aparece asociado a la idea del adulto funcional, definido en base a los imperativos del mercado de trabajo. En segundo lugar, Marey advierte acerca de la única forma en que la neuro-normatividad capitalista logra asimilar su desviación: mediante la mercantilización y burocratización de su tratamiento médico. Dichos procesos tienen como resultado el acceso desigual a las condiciones básicas de reproducción social: la opresión se reparte de forma diferente entre la población neurodivergente, en tanto se entrecruza con las relaciones de clase, raza y género.
De esta forma, el análisis de Marey permite entender al capacitismo capitalista como un caso de injusticia estructural. Este concepto, acuñado por Iris Marion Young, refiere a aquellos resultados injustos que, de forma sistemática, ponen a determinados grupos bajo la amenaza de dominación o privación de oportunidades. Esta tesis constituye uno de los logros conceptuales más destacados de Diario de Galileo, y podría enriquecerse aún más si se vincula con las teorías críticas de la forma del valor y con la corriente del marxismo neurodivergente. Un análisis de esta naturaleza apuntaría a mostrar cómo el nexo social del valor —al privilegiar un único aspecto de la reproducción material humana, el gasto de fuerza física— constituye una forma de validación social que impone la asociación entre salud, normalidad y productividad, produciendo la discapacidad como población sobrante. Una línea teórica de este tipo mostraría el capacitismo eugenésico como un rasgo central y estructural de las relaciones sociales capitalistas.
Malena Maia Antmann
(Instituto de Filosofía “Alejandro Korn”, Facultad de Filosofía y Letras/ UBA
A propósito de Sandra Gayol, Una pérdida eterna. La muerte de Eva Perón y la creación de una comunidad emocional peronista, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2023, 334 pp.
A propósito de Sandra Gayol, Una pérdida eterna. La muerte de Eva Perón y la creación de una comunidad emocional peronista, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2023, 334 pp.
Si un libro de historia ofrece viejas noticias de un pasado perdido, su novedad se cifra en el rescate de un evento, coyuntura o proceso olvidados o poco atendidos. Este es, sin dudas, el caso de Una pérdida eterna. La muerte de Eva Perón y la creación de una comunidad emocional peronista, el último libro de Sandra Gayol. Aunque resulte insólito, la muerte de “Evita” —el acontecimiento extraordinario que fue— no contaba todavía con un pesquisa pormenorizada y detenida como la que encontrarán en las páginas de este nuevo libro. Su título anticipa lo que la investigación finalmente ofrece: una exploración sobre las resonancias políticas de la muerte en la cultura peronista.
Pero la novedad de un libro de historia reside, también, en el desarrollo de una perspectiva singular capaz de articular una nueva agenda de temas, hipótesis y problemas. Éste es otro rasgo distintivo de Una pérdida eterna que, para acusar la importancia que tuvo la muerte de Eva Perón, recupera una dimensión casi inexplorada: el universo emocional de la política y la cultura argentina a mediados del siglo XX.
Según la autora del libro, la enfermedad, la agonía y la muerte de Evita facilitaron la consolidación de aquello que había comenzado a formarse algunos años antes, con el advenimiento del peronismo al poder: una comunidad de hombres y mujeres vinculados entre sí por emociones que definieron como propias y que marcaron a fuego su experiencia individual y colectiva, sellando su pertenencia a cierta identidad política. Esa “comunidad emocional peronista” tuvo su propio “canon afectivo”, donde la semántica del amor, la felicidad, el sacrificio y, sobre todo, el dolor se articuló con el discurso político y con las políticas sociales de gobierno, informó la retórica de los cuadros y de la militancia peronista, y se asoció a experiencias de vida individuales y colectivas. En tal sentido, Gayol sostiene que la mayor originalidad del peronismo fue su capacidad para construir y legitimar una narrativa pública y política sobre el dolor popular que, durante la prolongada enfermedad de Evita, se tornaría central y contribuiría a consolidar un peronismo sensible, empático y atento al sufrimiento del pueblo en la inminencia de la muerte de su “jefa espiritual”.
Con estos argumentos, Una pérdida eterna pretende mostrar que la dimensión emocional fue constitutiva de la cultura y la política argentina de aquellos años. Para terminar de probar esta idea, Sandra Gayol cierra su libro con un capítulo dedicado a evaluar el impacto de la muerte de Eva en la dinámica emocional del antiperonismo, donde sostiene que la importancia de las emociones y de los afectos no fue un rasgo exclusivo del peronismo sino un dato insoslayable de la política moderna.
El tema principal de Una pérdida eterna —así como su corazón narrativo y argumental— es la muerte de Eva Perón y el largo rito fúnebre que le siguió. Sin embargo, este evento adquiere pleno sentido a la luz de una cronología más amplia, donde se observa todo aquello que lo rodeó, un poco antes y un poco después. Así, una secuencia temporal de tres años —que se abre al promediar 1950 y se extiende hasta los últimos meses de 1952—, dispone el orden de los seis capítulos del libro. El primero de ellos, titulado “La enfermedad pública de Eva”, centra su atención en el momento previo a la muerte de Eva Perón cuando el deterioro de su salud, una vez anoticiado, se convirtió en un asunto de Estado que terminó por dominar la agenda pública y la conversación social en una coyuntura marcada por enormes turbulencias políticas y dificultades económicas. El análisis del impacto social que tuvieron los Boletines Médicos difundidos por el gobierno seguido de un detallado estudio de las distintas movilizaciones ciudadanas que expresaron preocupación y congoja por la situación, permiten a la autora del libro avistar aquellos atributos y disposiciones sensibles que marcaron las emociones y la identidad peronista —como la empatía, la tristeza y el genuino interés por el sufrimiento ajeno—, en el momento inmediatamente anterior al deceso de Eva. Este “sentir inédito” puede rastrearse, también, en las prácticas discursivas que sostuvo Eva Perón más allá de su enfermedad y agonía, y en la construcción de su propio martirio. Expresado en sucesivos renunciamientos y sacrificios, el martirio de Eva funcionó como garante de la contracara del dolor popular (que el peronismo llegó para mitigar): la felicidad de los humildes. Éste es el argumento y tema de “El amor y el martirio de Eva, el dolor y la felicidad del pueblo peronista”, segundo capítulo del libro. Allí, con el propósito de observar el pasaje de la autoconstrucción a la construcción social del martirio, ofrece una detallada lectura de los discursos públicos pronunciados por Eva, así como la resonancia de la voz y las gestualidades implicadas en ellos.
Con todo, los dos primeros capítulos del libro funcionan como prólogo a su gran tema. En ellos la autora intenta recrear la atmósfera emocional previa a la muerte de Eva y observar las condiciones históricas que permitieron su consagración como acontecimiento extraordinario, mayúsculo, parteaguas para la sociedad argentina de entonces y “arrollador” para el peronismo.
Lo que se lee después, en el capítulo 3 —“Y Eva se murió”—, es una formidable reconstrucción del gran funeral de Estado y de los diversos ritos fúnebres que sobrevinieron luego de la desaparición de Eva Perón, el 26 de julio de 1952. Una pérdida eterna sostiene que, desde ese momento, la apertura de un tiempo extraordinario talló las emociones que emergieron en el marco de un complejo y dilatado rito fúnebre; ceremonia masiva y polisémica que duró quince días y en donde se produjo el pasaje de los restos de Eva como cuerpo privado a uno “enteramente público”. Haciendo foco en ese breve pero intenso lapso temporal —cuando el cauce normal de la vida histórica se detuvo en la Argentina— Gayol logra materializar las incertidumbres que inundaron la percepción de los contemporáneos a este evento colosal.
La mención a Cliffort Geertz en las primeras páginas del capítulo 3 anuncia algo que, a su término, se hace evidente: estamos frente a una etnografía histórica capaz de observar, de forma simultánea, fenómenos que, como suele suceder en la historia, acontecieron imbricados los unos a los otros —muy a pesar de las modas disciplinares que nos invitan a estudiarlos por separado. Así, a la pesquisa sobre las decisiones administrativas y gubernamentales —que ordenaron el caos inicial durante los primeros días del funeral—, le sigue otra: la del espectáculo visual, sonoro y olfativo que hizo del “rol estelar” de las coronas y de las flores, de la transmisión radial de los oficios fúnebres, del tañido de las campanas y del sonar de la marcha fúnebre de Chopin una verdadera experiencia sensible.
Sin embargo, ni las herramientas etnográficas utilizadas o la atención a la dimensión emocional de esta coyuntura son suficientes a la hora de explicar en qué reside y en dónde se cifra la sofisticadísima reconstrucción histórica que el tercer capítulo recrea —y que, muchas veces, termina por sumergir al lector en los sucesos narrados. Si, como afirmaba Walter Benjamin, el aura es “la aparición única de una lejanía”, setenta años después de la muerte de Eva Perón, Sandra Gayol es capaz de evocar un mundo de cuya percepción inmediata fuimos excluidos por razón de nacimiento. Para lograrlo, la estrategia estética que su escritura despliega resulta clave. Desde la primera página del libro —donde se promete mostrar “la importancia política de las lágrimas en la Argentina peronista”—, hasta la clausura del epílogo, hay una apuesta escritural evidente que encuentra su propio clímax en el tercer capítulo y, antes de funcionar como agregado estético y ornamento de la investigación, es constitutiva en la arquitectura de sus demostraciones. Como prueba de que la historiografía sigue estando a merced de la narrativa y de lo narrable (sin perjuicio de aquello que, naturalmente, separa la historia de la literatura), casi todas las oraciones del libro conjuran un lenguaje conceptual, categorial o descriptivo con imágenes y metáforas cuidadosamente construidas: “una misa era seguida en cascada por otras misas y en el oleaje resultante un mismo espacio sagrado oficial podía cobijar, en horarios diferentes, oficios solicitados por estructuras organizativas diversas” (p. 58); “verdaderos racimos humanos con antorchas encendidas hicieron una dramatización visual emotiva” (p. 156).
Luego del tercer capítulo, el libro centra su atención en distintas expresiones y fenómenos culturales, sociales y políticos que emergieron en la inmediatez de la muerte de Eva. Así, “Morir en el papel y en la pantalla”, cuarto capítulo de Una pérdida eterna, se detiene en la elaboración narrativa de la muerte que los medios de comunicación difundieron a través de sus diversos soportes (prensa, fotografía, cine). Para ello analiza la cobertura del funeral en publicaciones periódicas oficialistas (especialmente en el diario Democracia) y en dos cortometrajes encargados por el gobierno para difundir el registro visual del evento. En el análisis de esta “elaboración narrativa”, la autora observa el protagonismo que tuvieron en ella el lenguaje de las lágrimas, el dolor y el llanto. Señala, también, algo que posteriormente se tornaría obvio pero que, a pocos días de la muerte de Evita no parecía claro: la consolidación de Juan Perón como único heredero de las virtudes del régimen peronista que Eva, en vida, había representado.
El capítulo 5 se aproxima a otro tipo de narrativa: la de los telegramas y cartas de pésame enviadas a Juan Perón luego de la muerte de Eva. Para Gayol, estos textos ofrecen una oportunidad excepcional al momento de evaluar el modo en que algunas mujeres y hombres intentaron dar sentido, desde sus propias trayectorias y experiencias vitales, a un evento histórico y crucial para la política argentina. La democratización de la escritura ante la muerte y el rol de las mujeres en ella, la exclusividad peronista del dolor por la desaparición de Eva, el vínculo entre racionalización y afectividad durante los primeros gobiernos peronistas, son algunas de las cuestiones que aquí se analizan.
Leídos en conjunto, el cuarto y quinto capítulo se ocupan de un mismo fenómeno —la elaboración narrativa de la muerte de Eva— en distintas dimensiones y escalas, lo que permite a la autora deslizarse desde los grandes corredores de la industria cultural moderna —el cine, la fotografía y la prensa escrita—, hacia los pliegues subterráneos del fuero íntimo, singular y privado que la cultura epistolar del período es capaz de expresar, referir y resguardar.
Con el sexto capítulo, titulado “Oposición política y emociones”, el libro concluye su recorrido. Allí evalúa el impacto emocional que produjo la muerte de Eva Perón en el universo antiperonista. Para hacerlo, se detiene en las descripciones del funeral publicadas por la prensa opositora y en un conjunto muy heterogéneo de crónicas, ensayos y libros. En estos escritos ubica distintos diagnósticos y valoraciones que condenaron tanto la práctica social del luto —representado en la supuesta obligatoriedad del uso de la cinta negra dispuesta por el gobierno peronista—, como la práctica ritual del llanto —expresado en el descrédito de la emoción popular en el desborde de sus lágrimas. Al final, el último apartado del capítulo de cierre se focaliza en la emoción política y social del resentimiento que, para la oposición, fue el apelativo que mejor representaba la revancha y venganza personal de Eva por los sufrimientos y humillaciones del pasado. Fue, también, la pasión que el antiperonismo señaló para caracterizar el tipo de lazo emocional entre Eva y las multitudes peronistas. En este punto Sandra Gayol ofrece una interpretación audaz: si para el espacio opositor el resentimiento fue la cualidad distintiva de la figura de Eva, éste terminó por convertirse, cual efecto especular, en una emoción singular de su propia identidad, “catalizadora de su accionar político e inspiradora de sus formas opositoras de organización”. De este modo, en el sexto capítulo, se consagra la idea que palpita a lo largo del libro: las emociones estuvieron en el corazón del debate y la discusión política de mediados del siglo XX y, además, fueron constitutivas de la identidad y de las acciones de sus protagonistas, independientemente de su bandería política.
Cerrando el libro, Una pérdida eterna mira hacia adelante y se adentra en la Argentina posperonista. En ella, asegura la autora, el dolor seguirá siendo peronista y la recuperación de la felicidad perdida del pueblo dependerá del retorno de Juan Perón a la Argentina. La “comunidad emocional” que la muerte de Eva había consolidado sobrevivirá, pues, al estrepitoso final de los primeros mandatos peronistas.
Como es evidente, una disposición diacrónica y una línea temporal definida entre 1950 y 1952-1955, ordena la secuencia de los capítulos del libro. Esto no eclipsa la relevancia de los diversos cortes sincrónicos que permiten observar dimensiones históricas muy diferentes entre sí, cuya temporalidad desborda con creces cualquier cronología previamente definida. Entre esas diversas dimensiones se destacan: la singular agencia que tuvieron las mujeres (su rol protagónico en los funerales de Estado, en la democratización de la escritura o en los debates parlamentarios), la utopía del amor romántico en su articulación con la política de masas y el advenimiento del peronismo, la relevancia de la expansión de la radio en la difusión de ideas y debates, la territorialidad de la sociabilidad peronista cuya geografía excedió el espacio porteño-bonaerense, los procesos de secularización del martirio cristiano moderno que marcaron la iconografía sacrificial de Eva, el origen dieciochesco y revolucionario del llamado emocional a las multitudes, la importancia de la prensa y del fotoperiodismo para la cultura de la época, los usos políticos del arte cinematográfico, o los devenires del criollismo martinfierrista en la escritura popular peronista.
Una empresa como ésta demanda un abanico documental igualmente complejo y, por ello, el corpus de Una pérdida eterna combina entrevistas y testimonios con periódicos, revistas, boletines médicos y disposiciones gubernamentales; censos con telegramas, cartas, plegarias y poemas; discursos públicos e intervenciones parlamentarias con registros de voces, fotografías, largometrajes e iconos visuales.
Capítulo a capítulo, queda claro el decidido esfuerzo por asir y materializar las emociones que la autora indaga ya no como pasiones impetuosas o irracionales, sino como verdaderas valoraciones cognitivas; prácticas resultantes de interacciones del sujeto con el mundo que dan fundamento a su percepción y, también, a su accionar. Por ello, aunque la semántica de las emociones es una metodología clave para acercarse a ellas, sus rastros y sus huellas no se buscan, exclusivamente, en las palabras que las nombran. Sea como sea, al hacer explícito el bagaje conceptual que guía esa decidida “objetivación” de las emociones, termina por dibujarse, cual propósito no buscado pero logrado, un mapa bibliográfico del emotional turn. La autora, además, no esconde sus estrategias de análisis (o las dudas y falencias que inevitablemente suponen), tampoco el modo en que crea, indaga y justifica su corpus documental. Contrario a ello una buena parte de las decisiones metodológicas se revelan en el cuerpo del texto y en las notas al pie, convirtiendo el libro en una especie de manual de uso o instrucciones para lidiar con ese mapa bibliográfico y conceptual, tan prolífico y diverso como multidisciplinar.
Sin embargo, Una pérdida eterna no es, estrictamente, una “historia de las emociones”. Antes bien, se trata de una historia social y cultural que —en la redada de emociones peronistas— ensaya, cual flâneur, un desplazamiento continuo desde los censos de población a los aromas de las flores; desde la amplificación tecnológica de la voz por radio a los sentidos incontrolables de las lágrimas; desde el desarrollo del telégrafo o el correo postal a la estética del dolor peronista que se diseminó en el “espacio epistolar” argentino; desde los proyectos parlamentarios al tejido social de los rumores políticos; etc.
Hay otro rasgo de Una pérdida eterna que, hacia el final de esta reseña, quisiera destacar. En ausencia de cualquier pretensión teorizante o pedagógica, el libro desarrolla procedimientos específicos para la resolución de los grandes temas y problemas del oficio del historiador. En este sentido, se destaca el modo en que la autora descompone la dinámica del cambio histórico, lo que permite recuperar la percepción y las incertidumbres que tuvieron los contemporáneos a los eventos narrados.
Hay, también, una elaborada reflexión sobre la espesura temporal del gran acontecimiento que el libro indaga, la muerte de Eva Perón. Su apariencia cronológica breve, nerviosa y episódica esconde, en profundidad, procesos históricos de larga y mediana duración que Gayol logra, finalmente, situar. A propósito de ello, Una pérdida eterna ensaya su propia definición de “acontecimiento”, que permite indagar el modo en que ciertos hechos se gestan y consolidan como suceso parte-agua capaz de interrumpir el cauce normal de la vida histórica y de inaugurar breves y extraordinarias coyunturas.
Por su parte, en la encrucijada historiográfica que supone la posibilidad de “juzgar”, “explicar” o “comprender” —y a sabiendas de los debates y malos entendidos que, tanto en el mundo político como disciplinar argentino, provoca cualquier tentativa sobre peronismo—, Sandra Gayol opta por una rigurosa indulgencia que obtura todo registro condenatorio y se niega a cualquier tipo de dicotomía o impostura maniquea. Así, una observación como esta: “En el decurso del tiempo la figura de Eva mártir parece haberse ajustado al deseo de su propia portadora. Como afirmó en 1948, su misión era ‘acercar el amor y el gozo del pan al mayor número [y] que sea la risa, la amplia sonrisa de la paz y de la justicia, la contraseña del argentino dentro del mundo’” (p. 110); convive sin contradicción alguna con otra como esta: “En la práctica un Gobierno que legítimamente se exhibía popular apeló a un decorado con reminiscencias monárquicas y a un desfile marcial con resonancias fascistas con el pueblo a distancia” (p. 161).
Finalmente, la atención a la dimensión emocional como constitutiva de la cultura y política argentina de mediados de siglo XX, auspicia (una vez más) la recuperación de la agencia de hombres y mujeres anónimos que, en la determinación de sus propias condiciones de existencia, también hicieron historia. Al final, lo que este libro ofrece no es más que una respuesta singular a esa gran pregunta que, pese a su dificultad, los historiadores se niegan a abandonar: ¿por qué los hombres y mujeres actúan como actúan?
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En pocas palabras, podría afirmarse que, con este libro, Sandra Gayol rescata un acontecimiento poco atendido —la enfermedad, agonía y muerte de Eva Perón—, a partir de una perspectiva subdisciplinar específica —la historia socio-cultural de las emociones– capaz de revelar dimensiones del pasado —el vínculo indisoluble entre emociones e identidades políticas— que, hasta ahora, apenas habían sido escrutadas. Pero, además, este trabajo nos brinda novedosas maneras de responder a algunas de las grandes preguntas que los y las historiadoras se han hecho a lo largo del tiempo sobre su propio métier. Por ello, la publicación de Una pérdida eterna es, también, un verdadero evento historiográfico.
Ana Trucco Dalmas
CeDInCI/ UNSAMA propósito de Sandra Gayol, Una pérdida eterna. La muerte de Eva Perón y la creación de una comunidad emocional peronista, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2023, 334 pp.
Si un libro de historia ofrece viejas noticias de un pasado perdido, su novedad se cifra en el rescate de un evento, coyuntura o proceso olvidados o poco atendidos. Este es, sin dudas, el caso de Una pérdida eterna. La muerte de Eva Perón y la creación de una comunidad emocional peronista, el último libro de Sandra Gayol. Aunque resulte insólito, la muerte de “Evita” —el acontecimiento extraordinario que fue— no contaba todavía con un pesquisa pormenorizada y detenida como la que encontrarán en las páginas de este nuevo libro. Su título anticipa lo que la investigación finalmente ofrece: una exploración sobre las resonancias políticas de la muerte en la cultura peronista.
Pero la novedad de un libro de historia reside, también, en el desarrollo de una perspectiva singular capaz de articular una nueva agenda de temas, hipótesis y problemas. Éste es otro rasgo distintivo de Una pérdida eterna que, para acusar la importancia que tuvo la muerte de Eva Perón, recupera una dimensión casi inexplorada: el universo emocional de la política y la cultura argentina a mediados del siglo XX.
Según la autora del libro, la enfermedad, la agonía y la muerte de Evita facilitaron la consolidación de aquello que había comenzado a formarse algunos años antes, con el advenimiento del peronismo al poder: una comunidad de hombres y mujeres vinculados entre sí por emociones que definieron como propias y que marcaron a fuego su experiencia individual y colectiva, sellando su pertenencia a cierta identidad política. Esa “comunidad emocional peronista” tuvo su propio “canon afectivo”, donde la s
Lo que cae entre manos: Itinerarios y prácticas de lectura en la clase trabajadora (Córdoba, 1940-1970)
This article focuses on reading as a specific cultural practice shaped by the working classes in Córdoba during the mid-20th century (1940–1970). Drawing on both classical contributions and recent developments in social and cultural history, it seeks to trace the contours and modalities of engagement with the written word –from fiction materials to local newspapers– constructed by working-class sectors during a particular moment in their history. Based on a heterogeneous set of sources –oral interviews, autobiographies and personal documents, periodical publications, and a contemporary survey– and following individual trajectories, the article aims to explore a zone of cultural experience that, almost by definition, left few direct traces. The focus, therefore, is not on analyzing specific printed materials, but rather on that interstitial space where the “mediations” of working-class and popular culture operate: childhood; everyday life, work, and the home; as well as a certain universe of ideas, experiences, and expectations that may have conferred a class-based meaning to reading practices.Este artículo se interesa por la lectura, en tanto práctica cultural específica protagonizada por las clases trabajadoras de Córdoba a mediados del siglo XX (1940-1970). Recuperando aportes clásicos y desarrollos recientes de la historia social y cultural, busca establecer los contornos, contenidos y modalidades de vinculación con el mundo escrito –desde materiales de ficción hasta periódicos locales– que sectores obreros desplegaron en un período determinado de su historia. A partir de un conjunto heterogéneo de fuentes –entrevistas orales, autobiografías, documentos personales, publicaciones periódicas, una encuesta de la época– y siguiendo algunos itinerarios individuales, procura adentrarse lo más posible en esa zona de la experiencia cultural que, casi por definición, transcurrió (y transcurre) sin dejar huellas directas. La atención, por tanto, no está puesta en un análisis textual de materiales impresos específicos, sino en ese espacio intersticial en el que operan las “mediaciones” de la cultura obrera y popular: la infancia; la vida cotidiana, el trabajo y el hogar; como así también cierto universo de ideas y expectativas que pudieron haber impreso a la práctica lectora cierto sentido de clase.