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Inteligencia que se agradece
Libro reseñado:Botellas de náufrago. Alberto Salcedo Ramos. Luna Libros, Bogotá, 2015, 376 pp. A pesar de que a Alberto Salcedo, por una cierta modestia genuina, le parezca que sus mensajes son de náufrago y quedarán a la deriva, estas crónicas son más petroglifos grabados en las rocas de alguna de las islas del archipiélago Colombia, que extraviadas botellas sin destino. Si en dos generaciones los colombianos aún saben leer, este testimonio de una época álgida (¿alguna en el país no lo habrá sido?) será de gran valor. Y ya lo es para los que inspeccionen esta colección de textos de un costumbrismo cosmopolita carente de arrogancia o de provincianismo. Es evidente que el autor, además de haber recorrido los vericuetos del país, ha explorado el universo a lomo de libro.Botellas de náufrago compila cerca de cien artículos, cien temas a los cuales Salcedo ha dirigido su mirada de ser humano, periodista, filósofo, historiador, estudioso de las costumbres de nuestro cuerpo y alma. Estas observaciones están hechas bajo la luz del espectro caribeño, esa luz expansiva y generosa que alumbra los rincones y escudriña más con curiosidad que con censura. Un talante de costas y llanuras le permite sobrellevar la realidad que se descubre, sin que su perspectiva y su esperanza se estrellen irremediablemente contra nuestras montañas de problemas. “La actitud —cuenta que le decía su madre caribeña— endulza el café cuando escasea el azúcar” (p. 15). Así, sus crónicas, sus relatos, sus ensayos, aunque a veces los haga con dolor del alma, son más bailados que llorados, como es de rigor en esa cultura desenfadada y jovial que tanto necesitamos los cachacos. El goce es la vacuna contra el miedo a la muerte
La picardía inocente
Libro reseñado:¡Mira lo que trajo el mar! Marcela Velásquez Guiral (autoría) y Gustavo Rosemffet, “Gusti” (ilustración). Panamericana, Bogotá, 2016, 112 pp. Entre los recursos literarios más complejos de lograr, y que mejor manejo demuestran del lenguaje y de la capacidad de proyectar universos aparentemente reales solo a partir de palabras, se cuentan el humor y los diálogos. Ambos son componentes clave de ¡Mira lo que trajo el mar!, de Marcela Velásquez, una novela dividida en catorce relatos cortos o viñetas con unidad, pero también con valor literario independiente, que se suman generando una obra de alto nivel para el disfrute de niños y jóvenes lectores.El libro fue el primero de los dos que ha publicado Velásquez, en ambos casos producto del premio en un concurso literario, y en esta ocasión de la Beca de Creación en Literatura Infantil (2012), en el género cuento, de la Alcaldía de Medellín, libro publicado originalmente por Frailejón Editores y reeditado por Panamericana. Su segundo libro es la novela juvenil Se resfriaron los sapos, que en 2015 se hizo acreedora al VIII Premio de Literatura Infantil El Barco de Vapor, de la Biblioteca Luis Ángel Arango. En este último caso, el jurado dijo seleccionado su obra porque “supo evocar el humor en medio de la tragedia, la fuerza de los personajes, la maestría en la evocación de las atmósferas, el preciso rescate de la oralidad y su delicado tratamiento de la vida en una pequeña comunidad minera”
Escribir para no olvidar
Libro reseñado:La señora Estrellas y Letras. Luis Bernardo Yepes Osorio (autoría) y Maryanne Vaughan (ilustración). Panamericana, Bogotá, 2016, 32 pp. “Sueño con un mundo en el cual los libros y las estrellas sean de todos”, escribe Luis Bernardo Yepes en el epígrafe de La señora Estrellas y Letras, un libro apto para diversos públicos, pero cuya edición —a cargo de Panamericana— nos hace pensar que está destinado a niños: una tapa dura que garantiza un poco más de durabilidad, llamativas y dinámicas ilustraciones en color, repujado en la cubierta y guardas decoradas que enmarcan una historia de amor en dos direcciones: el amor de pareja y el amor por la escritura.La señora Estrellas y Letras es, ante todo, una mujer olvidadiza, al punto que debe dibujar en su cuerpo una estrella, una inicial, algo que le ayude a recordar los encargos que le hacen, las tareas pendientes o, incluso, la ubicación de las cosas en su casa. Cuando su cuerpo queda completamente saturado de estrellas y letras, decide buscar un papel que, un día, adopta la forma de un hombre.
Un memorable Carrasquilla en novela gráfica
Libro reseñado:Simón el Mago. Tomás Carrasquilla (autoría) y Carlos Díez Aranzazu (ilustración). Fondo Editorial Eafit, Medellín, 2016, 74 pp., il. He aquí un libro extraordinario, que demuestra por qué Medellín continúa siendo, si no el principal, uno de los ejes de la vanguardia editorial e intelectual en Colombia. Por un lado, recupera un texto canónico de la literatura colombiana del siglo XIX, vindica el poder verbal y simbólico del mundo del autor, Tomás Carrasquilla; y por otro, instaura una nueva perspectiva hermenéutica que demuestra las múltiples posibilidades abiertas por los textos literarios, si son bien aprovechados por gestores culturales para construir identidad regional y nacional.Simón el Mago es el primer relato que escribió Tomás Carrasquilla. Fue publicado en 1890, en una antología que hizo Carlos E. Restrepo, quien dirigía en Medellín la tertulia El Casino Literario. Restrepo, previamente, había sido informado por varios amigos de que en el distante pueblo de Santo Domingo vivía un escritor inédito al que valía la pena impulsar. Entonces le puso a este la tarea —penosa si se mira desde hoy— de convertir en materia novelable la región: Antioquia. Carrasquilla, ya de treinta años, envió el relato, sin sospechar del todo que abría una caja de Pandora
Sobre un redescubrimiento fascinante
Libro reseñado:
Gustavo Sorzano: pionero del arte conceptual en Colombia. María Mercedes Herrera B. Idartes/La Silueta, Bogotá, 2013, 293 pp.
Este libro es una buena muestra de que la labor de la crítica no solo tiene una utilidad inmediata, sino que también tiene un efecto sobre la posteridad. Es decir, cuando un crítico pone los ojos sobre un autor y su obra (plástica, literaria o de cualquier índole), positiva o negativamente, no está arrastrando únicamente los ojos de sus contemporáneos (lectores, estudiantes, compradores, etc.), sino los de la historia del arte: está aportando al estado del canon, cuyos tiempos son otros. Cuando Marta Traba elogió a un grupo de artistas en los años cincuenta y sesenta, los impuso para siempre, y cuando decidió olvidar ciertos nombres, consiguió que la historia, aun muchos años después de que ella muriera, los terminara olvidando (y que solo ahora se empezara a despertar un interés verdadero por aquellos artistas).
Con Gustavo Sorzano (Bucaramanga, 1944) sucedió algo semejante. Los críticos que fueron contemporáneos de su trabajo, o le dieron durísimo o, en su inmensa mayoría (una de las únicas excepciones fue ese gran profesional que es Germán Rubiano), lo ignoraron por completo. De ahí que ahora casi nadie tenga la menor idea de quién carajos es Sorzano, el pionero de nuestro arte conceptual, el primero en entender que en el sonido habita una función plástica y participativa que va más allá de la música o que, al menos, puede ser paralela a esta
Tarabitas precolombinas
Libro reseñado:
La cabuya de Chicamocha: su trascendencia en nuestra historia. Pablo Fernando Pérez Riaño. Academia Colombiana de Historia, Bogotá, 2012, 148 pp., il.
Es una grata novedad que un intelectual se interese por las tarabitas, garruchas o cabuyas, puentes colgantes rudimentarios hechos con cables de cuerdas trenzadas que permiten a personas y cargas cruzar ríos crecidos durante el invierno. A Pablo Fernando Pérez Riaño, antropólogo, historiador y miembro de la Academia Colombiana de Historia, le interesó en particular la cabuya del río Chicamocha, por ser paso obligado, o casi, que comunicaba a Santafé de Bogotá y Tunja con las provincias de Santander, Pamplona, Socorro y Ocaña, y con la costa Caribe. Hoy día, en ciertas zonas apartadas del país, son todavía de uso común estos puentes, ingeniosos artefactos precolombinos hechos con pocos materiales locales, sujetos a la erosión del uso y del tiempo.
En una sencilla edición rústica de pequeño formato, la Academia Colombiana de Historia publicó este libro en 2012, el número LXI de la colección Bolsilibros, ilustrado con mapas y fotos que muestran puentes y paisajes concernidos. Las cinco ilustraciones en color que reproducen un mapa antiguo o un territorio lucen bien, en particular la primera, una bella acuarela de un pintor de la Comisión Corográfica cuyo nombre no se menciona en el libro, Carmelo Fernández, y que lleva por pie: “Puente colgante de bejucos sobre el río Zulia” (p. 17). Las fotografías en blanco y negro, muy pequeñas, en tonos desvaídos, resultan mustias, apagadas y como vistas con telescopio a una distancia tal del objetivo que se pierden todos los detalles del paisaje
Libros soporíferos
Libro reseñado:
Drama. Daniel Winograd. Taller de Edición Rocca, Bogotá, 2013, 144 pp.
Publicar libros es fácil o difícil, no por su calidad intrínseca (eso no influye), sino por la representatividad social del autor. Muchos libros dignos de admiración —doy fe— que enriquecerían la literatura colombiana se pierden porque el autor procede de provincias, o a veces de la nada. Lo que falta no son escritores, sino modificar los criterios de selección. El autor de esta nota trabajó por algún tiempo en una importante editorial, y allí aprendió que no se imprimen los libros por sus méritos literarios, sino por las relaciones personales y las posibilidades de aceptación social y venta, las cuales dependen de eso: de una posición social. La publicidad, costosa, anula los criterios de calidad intelectual. Por ello, los nuevos escritores trasladan sus trastos a Bogotá. Una vez trasplantados, les llueven mariposas amarillas.
Fácil resulta hacer libros de 150 páginas poniendo en cada una tres o cuatro líneas que son variaciones unas de otras. Para eso solo se necesita tener agallas, crear publicitariamente un nombre, contar con los entronques necesarios y confiar en la supuesta ingenuidad del lector. Se inventa alguna sutil teoría, las apariencias amansan cierto público, y se representa el “drama”. Shakespeare y Cervantes esbozarían una sonrisa ante esa clase de autores
Una biografía poco convencional
Libro reseñado: Todo ya está aquí aunque no se vea. Enrique Vargas y el Teatro de los Sentidos. María Pagliaro & Carolina Núñez Cock (ilustración). Editorial Corre la Voz, Barcelona, 2016, 128 pp., il. Un día cualquiera, el niño Enrique Vargas (1950) descubre bajo la cama de una amiga un laberinto, espacio que vuelve a recrear reiteradamente durante su infancia en los cafetales de Manizales, en un eterno juego de perderse y encontrarse. “Todo ya está aquí aunque no se vea”, afirmación de un Enrique Vargas mayor que le da título a su biografía, compendia el pensamiento de este dramaturgo colombiano y nos habla de su recorrido vital: en los sencillos pasatiempos y actividades lúdicas del pequeño Enrique ya estaban presentes muchos de los elementos que marcarían la estética y la ideología de este artista sinónimo de ruptura y experimentación: el juego, la pregunta, el laberinto
De moradas y miradas interiores
Libro reseñado: Moradas interiores. Amalia Moreno Restrepo & María Paz Guerrero & Tania Ganitsky & María Gómez Lara. Pontificia Universidad Javeriana, Bogotá, 2016, 128 pp
Cinco libros de la colección de poesía "Un libro por centavos"
Libros reseñados: Universidad Externado de Colombia, Bogotá.- …Y el arroyuelo azul en la cabeza. Eduardo Carranza. 2016, 72 pp.- Para llegar a este silencio. Santiago Espinosa. 2017, 75 pp.- El gran amor. Cicerón Flórez Moya. 2016, 76 pp.- Partículas. Mauricio Guzmán. 2014, 72 pp.- Animal de oscuros apetitos. Nelson Romero Guzmán. 2016, 76 pp