Políticas de la Memoria
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    La revista cubana Pensamiento Crítico : Circulación global de los marxismos en los años sesenta

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    This article aims to study one of the leading Latin American political and cultural magazines of the 20th Century: the Cuban Pensamiento Crítico. First, it seeks to analyze its origins and social, cultural, and political background, its links to the University environment and its specific role in the national magazine's publishing world. Next, we will focus on the presence of Marxism in its pages, of significant interest and influence to its members, analysing authors and theoretical references in order to establish the specific characteristics that allow us to understand not only the type of Marxism that its issues fostered, but also the editorial policy of translation, promotion, and dissemination of this tradition that Pensamiento Crítico carried out during revolutionary Cuba. El objetivo de este artículo es estudiar una de las principales revistas político-culturales latinoamericanas del siglo XX: la cubana Pensamiento Crítico. En un primer momento, interesa analizar su nacimiento y entramado social, cultural y político, el entorno universitario y su especificidad en el espacio revisteril nacional. Acto seguido, abordamos la presencia del marxismo en sus páginas, de importante interés y proyección para sus miembros, atendiendo a sus autores y referencias teóricas, con el fin de establecer las marcas específicas que permitan comprender no sólo el tipo de marxismo que habilitaban sus números sino también la política editorial de traducción, promoción y divulgación de esta tradición, que Pensamiento Crítico llevó adelante durante la Cuba revolucionaria

    Presentación

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      Este dossier del Programa de Memorias Políticas Feministas y Sexo-Genéricas (“Sexo y Revolución”) se propone, una vez más, provocar conjunciones entre el pasado y el presente de los activismos sexogenéricos. Las tres publicaciones presentan tres registros diferentes: un documento inédito atribuible a Néstor Perlongher hallado en los archivos del CeDInCI, un sentido ensayo escrito para ser leído en una retrospectiva sobre Marcelo Manuel Benítez y un erudito artículo de investigación sobre una temática crucial pero incipiente en las investigaciones históricas: el VIH/sida. Distintas facetas de las políticas de la memoria cuir, en donde se evidencia la potencia de un programa archivístico y editorial del CeDInCI en su plasticidad y ensanchamiento. Un diálogo intergeneracional implícito: investigadores-activistas dialogando no sólo con los documentos y aquellas personas señeras en la organización y la reflexión política, sino también con las formas en las que se construyen políticas de archivos sensibles, críticas y rigurosas. Podríamos tomar al activista, escritor y artista plástico Marcelo Manuel Benítez (1951-2022) —cuyo fondo se encuentra albergado en el CeDInCI— como hilo conductor subrepticio de este dossier. Amigo y compañero de militancia de Néstor Perlongher (1949-1992), la proximidad geográfica —ambos habitaron en Avellaneda— también lo fue en el pasaje de la militancia en la izquierda trotskista hacia el Frente de Liberación Homosexual (FLH). El texto de Perlongher en este dossier es, precisamente, un documento que testimonia los debates de los activismos por la liberación sexual y el Partido Socialista de los Trabajadores (PST), espacio de militancia de muchos gays, lesbianas y feministas antes de incorporarse a los diversos grupos fundados en los setenta. El ensayo de Pabli Yasser Balcazar Abu-Abbarah, inicialmente leído en el cierre de la primera muestra (póstuma) dedicada a la prolífica obra artística de Benítez —que hasta el momento había circulado en revistas y publicaciones activistas— refiere al estrecho vínculo entre él y Juan Queiroz, mentor del proyecto Archivos Desviados, cofundador de Moléculas Malucas y de tantas inciativas, incluso del propio Programa Sexo y Revolución. Es un diálogo de tres generaciones: un investigador y activista que va a la búsqueda de su referente de la juventud y a la vez un joven activista que reflexiona sobre esa otra (y propia) amistad.  La tenacidad amorosa y respetuosa de Juan Queiroz le ha otorgado a Benítez la trascendencia necesaria a una figura clave de los activismos LGTBIQ+ que se encontraba fuera del foco en las memorias del propio movimiento. El artículo de Memi Martínez, joven historiador y activista, también está atravesado por la estela de un Marcelo Benítez quien, en los ochenta, era un referente “histórico” para la Comunidad Homosexual Argentina (CHA). Un intelectual que supo polemizar ante el impacto biopolítico del VIH y acompañar, de todos modos, los avatares de la Campaña STOP SIDA, llevada adelante por la CHA, que es el eje principal del artículo. Benítez y Perlongher supieron ser grandes polemistas, incluso entre ellos. Pero también supieron intervenir desde sus facetas expresivas como muches activistas. En ese sentido, el artículo de Memi Martínez también pone el foco en aquellos otros documentos que componen la variopinta cultura material de la intervención militante, como los volantes y las historietas. Y también es un diálogo con otros dos activistas que también llevan adelante tenaces políticas de archivo: Marcelo E. Ferreyra y Marcelo Reiseman. En suma, el dossier aquí presentado pretende agitar, una vez más, una revuelta de los tiempos ante un contexto hostil, trayendo las voces de quienes estuvieron y están, a pesar de todo, sosteniendo redes políticas, imaginarios y formas de intervención diversas, críticas, tenaces e incisivas. Un inédito de “La Rosa” o los senderos de los archivos   El presente documento fue hallado dentro del fondo personal de la escritora y activista feminista y lesbiana Hilda Rais (1951-2016). Se trata de un texto mecanografiado, de cuatro carillas a simple faz. El escrito contiene en la primera página la anotación manuscrita “Néstor Perlongher”. Otro indicio de que se trata de un texto redactado por el autor de Austria-Hungría es por la máquina de escribir Olivetti utilizada para su redacción, reconocida por Juan Queiroz quien se encuentra trabajando en una compilación de escritos inéditos de Néstor Perlongher con Cecilia Palmeiro. La caja en la que fue hallado el escrito tenía el rótulo “feminismo” en el archivo personal de Hilda. Como en muchos casos, caracterizar a un archivo como personal dista mucho de leerlo como individual. Este archivo, hoy disponible en el CeDInCI, también se encuentra atravesado por la documentación reunida y/ u organizada por Graciela Delachaux, la última pareja de la autora de Belvedere, quien legó con la intermediación de Laura Klein el archivo al CeDInCI, donde hoy se encuentra albergado y accesible a la consulta.  Como práctica archivística consciente, hemos mantenido el orden original de dicha carpeta para poder vislumbrar una trama, un diálogo, más allá de la singularidad de cada uno de los documentos. En esta carpeta, este texto atribuido con bastante certeza a Néstor Perlongher, era el primero de una conjunción de textos: una traducción mecanografiada de “Cuestión de diferencia”, de Colette Guilaumin; “Que tema más embrujado el del control natalicio”, de Beatriz Edelstein (una monografía mecanografiada con dedicatoria a la propia Hilda Rais); “La Mujer y la Locura”, de Phyllis Chesler; “La ‘pequeña diferencia’ y sus grandes consecuencias”, de Alice Schwarzer, fotocopia de la traducción publicada en los Cuadernos Feministas de la Asociación de Trabajo y Estudio sobre la Mujer (ATEM);  “No sólo para lesbianas”, de Charlotte Bunch; el capítulo II de Política sexual de Kate Millet editado en 1974 por el Grupo de Política Sexual (GPS) y tipeado por Néstor Latrónico; una cronología mecanografiada —con algunas anotaciones manuscritas— del surgimiento de movimientos feministas radicales en distintas partes del mundo en la década de 1970; una copia de un trabajo de Alicia Marambio para presentar en un congreso de Psicología de 1984, vinculado a los efectos psicosociales de la represión en la población (especialmente en las presas políticas), y una copia de una entrevista mecanografiada anónima, del mismo año, titulada “La mujer como víctima de la represión política”. Fotocopias, textos mecanografiados que circulaban de mano en mano, ediciones precarias de traducciones y elaboraciones propias: las formas materiales de circulación de la formación política de los grupos activistas que, en un contexto de radicalización de las izquierdas, indagaban en las peculiaridades de la opresión sexual. Este hallazgo resulta ciertamente inquietante en términos archivísticos. En el Programa de Memorias Políticas Feministas y Sexo Genéricas (“Sexo y Revolución”) del CeDInCI también dispone el archivo personal de dos activistas feministas de mayor cercanía con Perlongher que la que suponemos tuvo Hilda Rais: Sara Torres, amiga incondicional de “La Rosa” y el de María Elena Oddone, interlocutora predilecta de Perlongher en torno a los debates político e intelectuales. Este documento, sin embargo, no fue encontrado en ninguno de esos acervos. Quizás, por las peculiaridades de los mismos.  El archivo de Sara Torres es un voluminoso fondo que atraviesa más de cuatro décadas de militancia feminista, además de conservar documentos vinculados a distintas facetas de su vida personal. Como es sabido, Sara Torres fue una militante con mucha presencia en distintos espacios desde la década de 1970 y su archivo es un testimonio fundamental de las prácticas, experiencias, acciones, lecturas disponibles e inquietudes de los feminismos. El archivo de Sara, con sus intentos escuetos de clasificación y una gran historia de generosidad para quienes quisieran consultarlo en su departamento de San Telmo, es también notorio por su volumen. Ella ha expresado su forma singular y potente de transmisión de la memoria con la siguiente frase: “como no me gusta escribir, lo guardé todo”. Dentro de ese archivo, la presencia de Perlongher es notoria: una gran cantidad de cartas y escritos, recortes periodísticos y otros documentos que dan cuenta de la estrecha relación que tuvieron durante años. Tanto en el departamento de Sara en San Telmo como en la casa de Mónica Giraldez, otra de sus grandes amigas, Perlongher fue dejando sus papeles de una forma poco deliberada, con la soltura que brinda la confianza y quizás una cierta distancia tácita con la idea de legado. En el área de Archivos y Colecciones Particulares del CeDInCI, pegado físicamente al de Sara, se encuentra el archivo de María Elena Oddone. La proximidad de estos acervos y sus diferencias intrínsecas quizás funcionen como espejo de las propias trayectorias de las dos militantes feministas y sus prácticas de archivo. El fondo de Oddone fue mucho más organizado e intervenido por su productora. Una porción significativa de los documentos de este acervo son de autoría de o refieren a la propia Oddone, quien se empeñó tenazmente en utilizar todos sus recursos (incluso los performáticos) por corporizar la lucha feminista. Su pluma y sus acciones en diferentes esferas —desde la calle a los medios de comunicación— singularizaron mucho más su posición militante. En el tramo del archivo que se encuentra en el CeDInCI, no hay prácticamente rastros de Perlongher, aunque hay muchas investigaciones y testimonios de la relación cercana y de la interlocución frecuente entre estas dos figuras claves en la organización de los activismos políticos sexuales.  Desde ya, no hay ninguna extrañeza en que este documento haya sido hallado en el archivo de Hilda Rais. Ella también formó parte de distintos grupos que se fueron organizando en los setenta: la Unión Feminista Argentina (UFA) y el Grupo de Política Sexual, interconectados, asimismo, con el Frente de Liberación Homosexual (FLH) y el Movimiento de Liberación Femenina (MLF). Este documento probablemente fue insumo de una discusión dentro de alguno de esos grupos. Dentro de este archivo, como en el de Sara Torres, abundan publicaciones de esos años, además de los arriba mencionados. Como recuerda Osvaldo Baigorria y varias investigaciones del período, las lecturas del Grupo de Política Sexual (GPS) se nutrían de corrientes como el marxismo, el psicoanálisis, el feminismo, la sexología. Marx, Freud, Marcuse, Reich, Millet, Firestone, fueron algunas referencias para este grupo, tal como se puede vislumbrar en la carpeta del archivo de Hilda Rais descrita arriba. Los viajes de algunos militantes a Estados Unidos, como el caso de Néstor Latrónico, permitieron nutrir de lecturas las renovadas inquietudes abiertas en la década de 1960. Podríamos establecer una datación aproximada que acerque al documento al año 1972, por su interpelación explícita al Partido Socialista de los Trabajadores (PST) que, como indica la mayoría de las investigaciones acerca del período, fue uno de los pocos espacios de izquierda partidaria que tendió lazos con los grupos que abogaban por la liberación sexual. Ese año está indicado también como el del ingreso de Perlongher al FLH. El texto de Perlongher aquí presentado puede inscribirse en una clave de interpretación marcadamente marxista. El autor expone su análisis sobre la lucha de clases y las formas sexuales en las que se reproduce el sistema capitalista. La interpelación directa a los partidos de izquierda (en este caso, al PST) reside, sobre todo, en la disputa por la caracterización del proletariado, argumentando que la conciencia para sí implica el traspaso al “hombre” concreto, como entidad sensual, al sujeto como valor de uso en contraposición al sujeto como valor de cambio, cuyo valor reside en tanto mercancía. El valor de uso, según esta perspectiva, se asocia al goce, alejándose del valor que reproduce el sistema capitalista. Es por eso que, según Perlongher, la perspectiva anticapitalista emerge en los movimientos cuya corporalidad es negada: las personas racializadas, las mujeres y las disidencias sexo-genéricas. Desde ya, este texto está ampliamente atravesado por una interpretación biologicista del sexo y de la reproducción humana que hoy en día ha sido ampliamente discutida y rebatida. Pero es una pieza que permite reponer el devenir intelectual de un activista como Perlongher quien luego se viera nutrido vastamente de las lecturas de Gilles Deleuze y Félix Guattari y otros autores en los años 80, sobre todo, a partir de su exilio sexual en Brasil.  Nestor Perlongher elaboró una historización del Frente de Liberación Homosexual varios años después de esa experiencia con un tono despersonalizado y crítico donde, al mismo tiempo, da cuenta de la convergencia de corrientes políticas y del paulatino acercamiento del FLH al peronismo. Actualmente, una gran cantidad de investigaciones han repuesto la centralidad de Perlongher en las diversas estrategias de organización e intervención en el grupo. En ese sentido, este texto nos permite aventurar, un poco más, cuánto de la impronta de Perlongher hay en el emblemático manifiesto Sexo y Revolución, escrito inicialmente por el Grupo Eros en noviembre de 1973 y distribuido entre integrantes del FLH y agrupaciones estudiantiles de izquierda de la Universidad de Buenos Aires (UBA), luego como boletín del FLH con la tapa ilustrada por Dante Bertini (Maxo) y, finalmente, como suplemento al número 5 de la revista Somos, del FLH, publicada en diciembre de 1974. También mantiene un diálogo con otras intervenciones de Perlongher en la revista, como el artículo “Por qué la organización”, publicado en el número 6 de la revista del FLH, donde retoma el carácter improductivo del amor homosexual y, por tanto, lesivo para la reproducción del sistema capitalista. Con la publicación de este texto, pretendemos sumar una pieza más al nutrido entramado de publicaciones y memorias que revisitan la experiencia de los activismos feministas y sexodisidentes en la Argentina de los años setenta y sus peculiares relaciones con las izquierdas orgánicas locales e internacionales a través de la circulación de lecturas y espacios de discusión. Quizás porque aún resulta imprescindible imbricar analíticamente las opresiones sistémicas para (re)construir un horizonte de auténtica liberación.   Este dossier del Programa de Memorias Políticas Feministas y Sexo-Genéricas (“Sexo y Revolución”) se propone, una vez más, provocar conjunciones entre el pasado y el presente de los activismos sexogenéricos. Las tres publicaciones presentan tres registros diferentes: un documento inédito atribuible a Néstor Perlongher hallado en los archivos del CeDInCI, un sentido ensayo escrito para ser leído en una retrospectiva sobre Marcelo Manuel Benítez y un erudito artículo de investigación sobre una temática crucial pero incipiente en las investigaciones históricas: el VIH/sida. Distintas facetas de las políticas de la memoria cuir, en donde se evidencia la potencia de un programa archivístico y editorial del CeDInCI en su plasticidad y ensanchamiento. Un diálogo intergeneracional implícito: investigadores-activistas dialogando no sólo con los documentos y aquellas personas señeras en la organización y la reflexión política, sino también con las formas en las que se construyen políticas de archivos sensibles, críticas y rigurosas. Podríamos tomar al activista, escritor y artista plástico Marcelo Manuel Benítez (1951-2022) —cuyo fondo se encuentra albergado en el CeDInCI— como hilo conductor subrepticio de este dossier. Amigo y compañero de militancia de Néstor Perlongher (1949-1992), la proximidad geográfica —ambos habitaron en Avellaneda— también lo fue en el pasaje de la militancia en la izquierda trotskista hacia el Frente de Liberación Homosexual (FLH). El texto de Perlongher en este dossier es, precisamente, un documento que testimonia los debates de los activismos por la liberación sexual y el Partido Socialista de los Trabajadores (PST), espacio de militancia de muchos gays, lesbianas y feministas antes de incorporarse a los diversos grupos fundados en los setenta. El ensayo de Pabli Yasser Balcazar Abu-Abbarah, inicialmente leído en el cierre de la primera muestra (póstuma) dedicada a la prolífica obra artística de Benítez —que hasta el momento había circulado en revistas y publicaciones activistas— refiere al estrecho vínculo entre él y Juan Queiroz, mentor del proyecto Archivos Desviados, cofundador de Moléculas Malucas y de tantas inciativas, incluso del propio Programa Sexo y Revolución. Es un diálogo de tres generaciones: un investigador y activista que va a la búsqueda de su referente de la juventud y a la vez un joven activista que reflexiona sobre esa otra (y propia) amistad.  La tenacidad amorosa y respetuosa de Juan Queiroz le ha otorgado a Benítez la trascendencia necesaria a una figura clave de los activismos LGTBIQ+ que se encontraba fuera del foco en las memorias del propio movimiento. El artículo de Memi Martínez, joven historiador y activista, también está atravesado por la estela de un Marcelo Benítez quien, en los ochenta, era un referente “histórico” para la Comunidad Homosexual Argentina (CHA). Un intelectual que supo polemizar ante el impacto biopolítico del VIH y acompañar, de todos modos, los avatares de la Campaña STOP SIDA, llevada adelante por la CHA, que es el eje principal del artículo. Benítez y Perlongher supieron ser grandes polemistas, incluso entre ellos. Pero también supieron intervenir desde sus facetas expresivas como muches activistas. En ese sentido, el artículo de Memi Martínez también pone el foco en aquellos otros documentos que componen la variopinta cultura material de la intervención militante, como los volantes y las historietas. Y también es un diálogo con otros dos activistas que también llevan adelante tenaces políticas de archivo: Marcelo E. Ferreyra y Marcelo Reiseman. En suma, el dossier aquí presentado pretende agitar, una vez más, una revuelta de los tiempos ante un contexto hostil, trayendo las voces de quienes estuvieron y están, a pesar de todo, sosteniendo redes políticas, imaginarios y formas de intervención diversas, críticas, tenaces e incisivas. Un inédito de “La Rosa” o los senderos de los archivos   El presente documento fue hallado dentro del fondo personal de la escritora y activista feminista y lesbiana Hilda Rais (1951-2016). Se trata de un texto mecanografiado, de cuatro carillas a simple faz. El escrito contiene en la primera página la anotación manuscrita “Néstor Perlongher”. Otro indicio de que se trata de un texto redactado por el autor de Austria-Hungría es por la máquina de escribir Olivetti utilizada para su redacción, reconocida por Juan Queiroz quien se encuentra trabajando en una compilación de escritos inéditos de Néstor Perlongher con Cecilia Palmeiro. La caja en la que fue hallado el escrito tenía el rótulo “feminismo” en el archivo personal de Hilda. Como en muchos casos, caracterizar a un archivo como personal dista mucho de leerlo como individual. Este archivo, hoy disponible en el CeDInCI, también se encuentra atravesado por la documentación reunida y/ u organizada por Graciela Delachaux, la última pareja de la autora de Belvedere, quien legó con la intermediación de Laura Klein el archivo al CeDInCI, donde hoy se encuentra albergado y accesible a la consulta.  Como práctica archivística consciente, hemos mantenido el orden original de dicha carpeta para poder vislumbrar una trama, un diálogo, más allá de la singularidad de cada uno de los documentos. En esta carpeta, este texto atribuido con bastante certeza a Néstor Perlongher, era el primero de una conjunción de textos: una traducción mecanografiada de “Cuestión de diferencia”, de Colette Guilaumin; “Que tema más embrujado el del control natalicio”, de Beatriz Edelstein (una monografía mecanografiada con dedicatoria a la propia Hilda Rais); “La Mujer y la Locura”, de Phyllis Chesler; “La ‘pequeña diferencia’ y sus grandes consecuencias”, de Alice Schwarzer, fotocopia de la traducción publicada en los Cuadernos Feministas de la Asociación de Trabajo y Estudio sobre la Mujer (ATEM);  “No sólo para lesbianas”, de Charlotte Bunch; el capítulo II de Política sexual de Kate Millet editado en 1974 por el Grupo de Política Sexual (GPS) y tipeado por Néstor Latrónico; una cronología mecanografiada —con algunas anotaciones manuscritas— del surgimiento de movimientos feministas radicales en distintas partes del mundo en la década de 1970; una copia de un trabajo de Alicia Marambio para presentar en un congreso de Psicología de 1984, vinculado a los efectos psicosociales de la represión en la población (especialmente en las presas políticas), y una copia de una entrevista mecanografiada anónima, del mismo año, titulada “La mujer como víctima de la represión política”. Fotocopias, textos mecanografiados que circulaban de mano en mano, ediciones precarias de traducciones y elaboraciones propias: las formas materiales de circulación de la formación política de los grupos activistas que, en un contexto de radicalización de las izquierdas, indagaban en las peculiaridades de la opresión sexual. Este hallazgo resulta ciertamente inquietante en términos archivísticos. En el Programa de Memorias Políticas Feministas y Sexo Genéricas (“Sexo y Revolución”) del CeDInCI también dispone el archivo personal de dos activistas feministas de mayor cercanía con Perlongher que la que suponemos tuvo Hilda Rais: Sara Torres, amiga incondicional de “La Rosa” y el de María Elena Oddone, interlocutora predilecta de Perlongher en torno a los de

    Helena Solberg: ¿cineasta del Cinema Novo?

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    This article analyzes the initial trajectory of the Brazilian filmmaker Helena Solberg, which begins in the 1960s, after the Military Coup of 1964, a period in which she works with filmmakers from Cinema Novo, and, from the following decade onwards, charts her own path as a filmmaker in which she will address US foreign policy in support of Latin American totalitarian regimes in several documentaries made with the support of the North American Public Television Network (PBS).Este artículo analiza la trayectoria inicial de la cineasta brasileña Helena Solberg, que se inicia en la década de 1960, a partir del Golpe Militar de 1964, período en el que vive y trabaja con cineastas del Cinema Novo para, a partir de la década siguiente, trazar su propio camino como cineasta en el que abordará la política exterior de Estados Unidos en apoyo a los regímenes totalitarios latinoamericanos, en una serie de documentales realizados con el apoyo de la Red Pública de Televisión Norteamericana (PBS). &nbsp

    A propósito de Ana Amélia M. C. de Melo, Fernando Marcelo De la Cuadra y João Ernani Furtado Filho (orgs.), E. P. Thompson en Chile. Solidaridad, historia y poesía de un intelectual militante, Santiago de Chile, Ariadna Ediciones, 2024, 269 pp.

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    A propósito de Ana Amélia M. C. de Melo, Fernando Marcelo De la Cuadra y João  Ernani Furtado Filho (orgs.), E. P. Thompson en Chile. Solidaridad, historia y poesía de un intelectual militante, Santiago de Chile, Ariadna Ediciones, 2024, 269 pp.   En 2023 se cumplieron sesenta años de la primera edición de The Making of the England Working Class y en 2024 se celebró el centenario del nacimiento del autor de dicha obra: Edward Palmer Thompson. Producto de estas conmemoraciones, varias universidades sudamericanas, al igual que en Europa, homenajearon al historiador marxista británico y temprano impulsor de la nueva izquierda. Desde 2022 un grupo de académicos e investigadores brasileños de la Universidade Federal do Ceará, encabezado por la historiadora y archivista Adelaide Gonçalves, organizaron un conjunto de eventos e impulsaron junto al sello Ariadna la publicación E. P. Thompson en Chile. Solidaridad, historia y poesía de un intelectual militante. Este título alude al poema de Thompson “Homage to Comrade Salvador Allende” incluido en el folleto de la Bertrand Russell Peace Foundation que convocaba a un mitin de solidaridad con Chile en Londres el 20 de septiembre de 1973. El facsímil, fotografiado por Antonio Lizalde, aparece en las páginas interiores del libro junto a la traducción de Fernando Marcelo De la Cuadra, uno de los tres coordinadores del volúmen. También en 2024, Políticas de la Memoria, revista de investigación del CeDInCI, analiza la recepción del marxista británico en Argentina mediante la publicación de un dossier preparado por Horacio Tarcus y Ricardo Salvatore. El libro E. P. Thompson en Chile se divide en dos partes. La primera de ellas se inicia con un capítulo a cargo de M. C. de Melo y De la Cuadra, quienes relevan las variadas políticas culturales del gobierno de Allende y el exilio en Inglaterra de intelectuales y cientistas sociales del país trasandino. Estos crearon en la capital británica la Asociación de Historiadores Chilenos junto a la publicación denominada Nueva Historia. Revista de Historia de Chile (1981-1989). En su trabajo, los autores profundizan en la “ruptura historiográfica” producida en Chile a mediados de la década de 1980 con la adopción de las categorías “experiencia”, “sujeto social”, “bajo pueblo” y “agencia”; propuestas centrales del marxista británico. Estas categorías circularon en el ámbito universitario y en publicaciones de organizaciones no gubernamentales tales como Educación y Comunicación (ECO) y SUR Profesionales. La revista Proposiciones (1981-), vocera de esta última, introdujo categorías thompsonianas en el artículo “Historiografía chilena: balances y perspectivas” (1986) y en la compilación “Chile, Historia y ‘Bajo Pueblo’” (1990), dos contribuciones claves para la emergencia de la “nueva historia social”. El segundo capítulo, a cargo de Furtado Filho, estudia las relaciones familiares de E. P. Thompson. Tanto el vínculo con su padre Edward John Thompson —pastor metodista, misionero, escritor y traductor de la obra de Rabindranath Tagore— y su hermano mayor William Frank Thompson —poeta, militante comunista, conocedor de nueve idiomas, asesinado a los 24 años—. Luego, aborda las intervenciones de Thompson en la revista literaria Our Time dirigida por los intelectuales Edgell Rickword, Randall Swingler y Montagu Slater. Furtado Filho destaca en las intervenciones de Thompson su específica concepción ética de la obra poética: los poetas deben asumir un compromiso solidario promotor de valores éticos que inciten a la transformación de la realidad. Valores que Thompson, en el poema dedicado al derrocado presidente chileno, asoció a las figuras latinoamericanas de Bolívar, el Che Guevara y Allende. La segunda parte del libro consta de entrevistas y artículos relevantes que precisan la riqueza de la recepción de Thompson en el quehacer historiográfico chileno. El primer entrevistado es el historiador Gabriel Salazar, uno de los intelectuales de referencia de la “nueva historia social”, cuyo Labradores, peones y proletarios. Formación y crisis de la sociedad popular chilena en el siglo XIX (1985) constituye una “historia desde abajo y desde dentro del pueblo” cercana a la desarrollada, según Salazar, por Thompson. Sin embargo, no deja de ser llamativa la afirmación del entrevistado: “Yo no conocí a Thompson en profundidad. Sólo lo conocía de nombre, pero nunca lo estudié o leí aquí en Chile antes de ir para Inglaterra” (p. 59). Pese al desconocimiento inicial, el intelectual reconoce que a finales de la década de 1980: “la mayor influencia fue encontrar en Thompson la definición de clase no en un sentido mecánico… [sino] como movimiento” (p. 62). Para el historiador chileno la clase trabajadora no es presentada por Thompson “en función a un partido o la huelga, sino que describe la clase en función de la gente viva, hombres, mujeres, con todas sus características” (pp. 62-63), o sea, actores que piensan, sienten y actúan. Un posicionamiento afín al concepto thompsoniano de “agencia” a partir del cual Salazar, militante juvenil del Movimiento de Izquierda Revolucionaria, expone el motivo de su ruptura con las pretensiones representativas que se arrogaban los partidos de izquierda chilenos. A continuación, brinda su testimonio Julio Pinto, otro de los referentes de la “nueva historia social”, quien durante la dictadura pinochetista cursó estudios de postgrado en la Universidad de Yale, Estados Unidos, y allí descubrió la obra de Thompson. Sin embargo, al igual que Gabriel Salazar, el estudio de The Making of the England Working Class lo impresionó porque ofrecía una visión marxista liberada de las ataduras del determinismo y el reduccionismo economicista del marxismo vulgar. Considera que gracias a la obra de Thompson la historiografía chilena avanzó más allá del estudio del modo de producción capitalista y de las relaciones sociales que no encuadran en este. Pinto enfatiza la incidencia de las categorías thompsonianas en sus obras: Trabajos y rebeldías en la pampa salitrera (1998) y ¿Revolución proletaria o “chusma querida”? Socialismo y alessandrismo en la pugna por la politización pampina (1911-1932) (2001), libro publicado en coautoría con Verónica Valdivia que también fue difusora de las tesis thompsonianas en Chile. Sin embargo, el investigador sugiere que en la actualidad la “nueva historia social” ha retrocedido ante el auge de los estudios de género, la historia cultural y la nueva historia política. El tercer capítulo es un texto de Cristina Moyano, quien revisa su experiencia como estudiante de Historia en la Universidad de Santiago de Chile (USACH) en los años iniciales de la transición a la democracia. Moyano historiza la recepción de la obra de Thompson mediante una cartografía que recorre la emergencia de la “nueva historia social” prolongada por los debates en torno a La violencia política popular en las “Grandes Alamedas”. La violencia en Chile, 1947-1987 (Una perspectiva histórica popular) de Salazar (1990). Las producciones de Salazar, Pinto, María Angélica Illanes, Sergio Grez y Mario Garcés, junto con la visita de Eric Hobsbawm a Santiago en 1998, marcaron en las décadas de 1990 y 2000 la hegemonía de esta corriente. Continuando el análisis del periodo, la historiadora revisita sus propias investigaciones sobre el “sujeto popular”, desde su tesis de grado sobre los vendedores ambulantes de fines del siglo XIX hasta MAPU o la seducción del poder y la juventud. Los años fundamentales del partido mito de nuestra transición (1969-1973) (2009), en las que apeló a las categorías thompsonianas de “clase” y “experiencia” debatidas en las revistas New Left Review (1960-) y Past and Present (1952-). El último capítulo del libro fue preparado por Rolando Álvarez. El investigador comparte con Moyano el recuerdo de la visita de Hobsbawm, pero desde su perspectiva en ese momento el marxismo había perdido popularidad. Por entonces, algunos historiadores tradicionales como Eduardo Devés clasificaron a la “nueva historia social” como un “marxismo mínimo”. Álvarez reconoce que su lectura de Thompson fue tardía y emerge en su tesis doctoral sobre los comunistas chilenos. Hasta entonces se consideraba al Partido Comunista de Chile como un objeto antropomorfizado, como un ser viviente de cuerpo monolítico. El historiador chileno historiza la experiencia del aparato partidario y lo presenta más diverso de los modelos prescritos por la estructura orgánica que pretendía una militancia homogénea en todos los ámbitos. El autor en Hijos e hijas de la Rebelión. Historia política y social del Partido Comunista de Chile (1990-2000) (2019) y Del viraje al gobierno de nuevo tipo. El Partido Comunista de Chile en la primera década del siglo XXI (2022) adoptó las categorías de “agencia” y “experiencia” para identificar las diferencias entre la militancia universitaria, territorial y sindical de las y los jóvenes comunistas. Ambas contribuciones le permitieron explicar la persistencia del comunismo chileno a pesar del colapso de los llamados socialismos reales. P. Thompson en Chile fue presentado por sus editores y colaboradores el 17 de octubre de 2024 ante un auditorio de la USACH colmado por investigadores y estudiantes. La presentación ocurrió en vísperas del 5° aniversario de la revuelta popular conocida como “estallido social” de 2019 en el cual emergió el “sujeto de abajo”, como señalaron los editores. En ese marco, Ariadna Ediciones liberó los derechos del libro y también entregó copias al público como homenaje al compromiso intelectual de Thompson y a la memoria de Allende, ambos necesarios ejemplos para las resistencias y las poéticas en estos tiempos. Al finalizar la lectura del libro queda por revisar la incidencia en la historiografía chilena de la crítica a Miseria de la teoría (1978) por parte de Perry Anderson en su obra Teoría, política e historia. Un debate con E. P. Thompson (1985).    Patricio Francisco Lagos Faúndez (Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación/ UNLP)A propósito de Ana Amélia M. C. de Melo, Fernando Marcelo De la Cuadra y João  Ernani Furtado Filho (orgs.), E. P. Thompson en Chile. Solidaridad, historia y poesía de un intelectual militante, Santiago de Chile, Ariadna Ediciones, 2024, 269 pp.   En 2023 se cumplieron sesenta años de la primera edición de The Making of the England Working Class y en 2024 se celebró el centenario del nacimiento del autor de dicha obra: Edward Palmer Thompson. Producto de estas conmemoraciones, varias universidades sudamericanas, al igual que en Europa, homenajearon al historiador marxista británico y temprano impulsor de la nueva izquierda. Desde 2022 un grupo de académicos e investigadores brasileños de la Universidade Federal do Ceará, encabezado por la historiadora y archivista Adelaide Gonçalves, organizaron un conjunto de eventos e impulsaron junto al sello Ariadna la publicación E. P. Thompson en Chile. Solidaridad, historia y poesía de un intelectual militante. Este título alude al poema de Thompson “Homage to Comrade Salvador Allende” incluido en el folleto de la Bertrand Russell Peace Foundation que convocaba a un mitin de solidaridad con Chile en Londres el 20 de septiembre de 1973. El facsímil, fotografiado por Antonio Lizalde, aparece en las páginas interiores del libro junto a la traducción de Fernando Marcelo De la Cuadra, uno de los tres coordinadores del volúmen. También en 2024, Políticas de la Memoria, revista de investigación del CeDInCI, analiza la recepción del marxista británico en Argentina mediante la publicación de un dossier preparado por Horacio Tarcus y Ricardo Salvatore. El libro E. P. Thompson en Chile se divide en dos partes. La primera de ellas se inicia con un capítulo a cargo de M. C. de Melo y De la Cuadra, quienes relevan las variadas políticas culturales del gobierno de Allende y el exilio en Inglaterra de intelectuales y cientistas sociales del país trasandino. Estos crearon en la capital británica la Asociación de Historiadores Chilenos junto a la publicación denominada Nueva Historia. Revista de Historia de Chile (1981-1989). En su trabajo, los autores profundizan en la “ruptura historiográfica” producida en Chile a mediados de la década de 1980 con la adopción de las categorías “experiencia”, “sujeto social”, “bajo pueblo” y “agencia”; propuestas centrales del marxista británico. Estas categorías circularon en el ámbito universitario y en publicaciones de organizaciones no gubernamentales tales como Educación y Comunicación (ECO) y SUR Profesionales. La revista Proposiciones (1981-), vocera de esta última, introdujo categorías thompsonianas en el artículo “Historiografía chilena: balances y perspectivas” (1986) y en la compilación “Chile, Historia y ‘Bajo Pueblo’” (1990), dos contribuciones claves para la emergencia de la “nueva historia social”. El segundo capítulo, a cargo de Furtado Filho, estudia las relaciones familiares de E. P. Thompson. Tanto el vínculo con su padre Edward John Thompson —pastor metodista, misionero, escritor y traductor de la obra de Rabindranath Tagore— y su hermano mayor William Frank Thompson —poeta, militante comunista, conocedor de nueve idiomas, asesinado a los 24 años—. Luego, aborda las intervenciones de Thompson en la revista literaria Our Time dirigida por los intelectuales Edgell Rickword, Randall Swingler y Montagu Slater. Furtado Filho destaca en las intervenciones de Thompson su específica concepción ética de la obra poética: los poetas deben asumir un compromiso solidario promotor de valores éticos que inciten a la transformación de la realidad. Valores que Thompson, en el poema dedicado al derrocado presidente chileno, asoció a las figuras latinoamericanas de Bolívar, el Che Guevara y Allende. La segunda parte del libro consta de entrevistas y artículos relevantes que precisan la riqueza de la recepción de Thompson en el quehacer historiográfico chileno. El primer entrevistado es el historiador Gabriel Salazar, uno de los intelectuales de referencia de la “nueva historia social”, cuyo Labradores, peones y proletarios. Formación y crisis de la sociedad popular chilena en el siglo XIX (1985) constituye una “historia desde abajo y desde dentro del pueblo” cercana a la desarrollada, según Salazar, por Thompson. Sin embargo, no deja de ser llamativa la afirmación del entrevistado: “Yo no conocí a Thompson en profundidad. Sólo lo conocía de nombre, pero nunca lo estudié o leí aquí en Chile antes de ir para Inglaterra” (p. 59). Pese al desconocimiento inicial, el intelectual reconoce que a finales de la década de 1980: “la mayor influencia fue encontrar en Thompson la definición de clase no en un sentido mecánico… [sino] como movimiento” (p. 62). Para el historiador chileno la clase trabajadora no es presentada por Thompson “en función a un partido o la huelga, sino que describe la clase en función de la gente viva, hombres, mujeres, con todas sus características” (pp. 62-63), o sea, actores que piensan, sienten y actúan. Un posicionamiento afín al concepto thompsoniano de “agencia” a partir del cual Salazar, militante juvenil del Movimiento de Izquierda Revolucionaria, expone el motivo de su ruptura con las pretensiones representativas que se arrogaban los partidos de izquierda chilenos. A continuación, brinda su testimonio Julio Pinto, otro de los referentes de la “nueva historia social”, quien durante la dictadura pinochetista cursó estudios de postgrado en la Universidad de Yale, Estados Unidos, y allí descubrió la obra de Thompson. Sin embargo, al igual que Gabriel Salazar, el estudio de The Making of the England Working Class lo impresionó porque ofrecía una visión marxista liberada de las ataduras del determinismo y el reduccionismo economicista del marxismo vulgar. Considera que gracias a la obra de Thompson la historiografía chilena avanzó más allá del estudio del modo de producción capitalista y de las relaciones sociales que no encuadran en este. Pinto enfatiza la incidencia de las categorías thompsonianas en sus obras: Trabajos y rebeldías en la pampa salitrera (1998) y ¿Revolución proletaria o “chusma querida”? Socialismo y alessandrismo en la pugna por la politización pampina (1911-1932) (2001), libro publicado en coautoría con Verónica Valdivia que también fue difusora de las tesis thompsonianas en Chile. Sin embargo, el investigador sugiere que en la actualidad la “nueva historia social” ha retrocedido ante el auge de los estudios de género, la historia cultural y la nueva historia política. El tercer capítulo es un texto de Cristina Moyano, quien revisa su experiencia como estudiante de Historia en la Universidad de Santiago de Chile (USACH) en los años iniciales de la transición a la democracia. Moyano historiza la recepción de la obra de Thompson mediante una cartografía que recorre la emergencia de la “nueva historia social” prolongada por los debates en torno a La violencia política popular en las “Grandes Alamedas”. La violencia en Chile, 1947-1987 (Una perspectiva histórica popular) de Salazar (1990). Las producciones de Salazar, Pinto, María Angélica Illanes, Sergio Grez y Mario Garcés, junto con la visita de Eric Hobsbawm a Santiago en 1998, marcaron en las décadas de 1990 y 2000 la hegemonía de esta corriente. Continuando el análisis del periodo, la historiadora revisita sus propias investigaciones sobre el “sujeto popular”, desde su tesis de grado sobre los vendedores ambulantes de fines del siglo XIX hasta MAPU o la seducción del poder y la juventud. Los años fundamentales del partido mito de nuestra transición (1969-1973) (2009), en las que apeló a las categorías thompsonianas de “clase” y “experiencia” debatidas en las revistas New Left Review (1960-) y Past and Present (1952-). El último capítulo del libro fue preparado por Rolando Álvarez. El investigador comparte con Moyano el recuerdo de la visita de Hobsbawm, pero desde su perspectiva en ese momento el marxismo había perdido popularidad. Por entonces, algunos historiadores tradicionales como Eduardo Devés clasificaron a la “nueva historia social” como un “marxismo mínimo”. Álvarez reconoce que su lectura de Thompson fue tardía y emerge en su tesis doctoral sobre los comunistas chilenos. Hasta entonces se consideraba al Partido Comunista de Chile como un objeto antropomorfizado, como un ser viviente de cuerpo monolítico. El historiador chileno historiza la experiencia del aparato partidario y lo presenta más diverso de los modelos prescritos por la estructura orgánica que pretendía una militancia homogénea en todos los ámbitos. El autor en Hijos e hijas de la Rebelión. Historia política y social del Partido Comunista de Chile (1990-2000) (2019) y Del viraje al gobierno de nuevo tipo. El Partido Comunista de Chile en la primera década del siglo XXI (2022) adoptó las categorías de “agencia” y “experiencia” para identificar las diferencias entre la militancia universitaria, territorial y sindical de las y los jóvenes comunistas. Ambas contribuciones le permitieron explicar la persistencia del comunismo chileno a pesar del colapso de los llamados socialismos reales. P. Thompson en Chile fue presentado por sus editores y colaboradores el 17 de octubre de 2024 ante un auditorio de la USACH colmado por investigadores y estudiantes. La presentación ocurrió en vísperas del 5° aniversario de la revuelta popular conocida como “estallido social” de 2019 en el cual emergió el “sujeto de abajo”, como señalaron los editores. En ese marco, Ariadna Ediciones liberó los derechos del libro y también entregó copias al público como homenaje al compromiso intelectual de Thompson y a la memoria de Allende, ambos necesarios ejemplos para las resistencias y las poéticas en estos tiempos. Al finalizar la lectura del libro queda por revisar la incidencia en la historiografía chilena de la crítica a Miseria de la teoría (1978) por parte de Perry Anderson en su obra Teoría, política e historia. Un debate con E. P. Thompson (1985).    Patricio Francisco Lagos Faúndez (Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación/ UNLP

    Historia de un libro: Historia de la Revolución Rusa, de Lev Trotski

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    In this work, the itinerary of a highly significant historical work is analyzed: The History of the Russian Revolution by Lev Trotsky. The context of its production and its first translations into English and French are briefly reviewed. Then, it focuses on three moments of its reception: Spain in the 1930s, with the emergence of a new generation of editors and translators, especially the figures of Rafael Giménez Siles and Andreu Nin; Argentina in the fifties and sixties, around the nascent Trotskyist movements and the unifying figure of Jorge Abelardo Ramos; Chile in the early seventies, during the dizzying publishing action of Quimantú, the label created by Unidad Popular.En el presente trabajo se analiza el itinerario de una obra histórica altamente significativa: la Historia de la Revolución Rusa de Lev Trotski. Se reseña brevemente el contexto de su producción y de sus primeras traducciones al inglés y al francés. Luego, se focaliza en tres momentos de su recepción: España en los años treinta, con la emergencia de una nueva generación de editores y traductores, en especial, las figuras de Rafael Giménez Siles y Andreu Nin; Argentina en los cincuenta y sesenta, alrededor de los nacientes movimientos trotskistas y la figura aglutinante de Jorge Abelardo Ramos; Chile en los primeros setenta, durante la vertiginosa acción editorial de Quimantú, el sello creado por la Unidad Popular. &nbsp

    Utopías compartidas : Cartas de José Luis Mangieri, Juan Gelman y Leónidas Lamborghini

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    ¿Cómo suenan las cartas de un poeta (y amigo de poetas)? ¿Y cómo son las de un editor? De los casi cinco mil documentos conservados que constituyen el archivo personal de José Luis Mangieri, quizá lo más sobresaliente sean sus cartas, tarjetas y esquelas manuscritas y mecanografiadas, sus invitaciones, faxes y correos electrónicos impresos, en un arco temporal que va de 1947 a 2008. De manera subsidiaria, esta amplitud temporal (en la línea de Armando Petrucci en Escribir cartas: una historia milenaria), permitiría leer dichas piezas de correspondencia desde su crasa materialidad. En otras palabras: desde las variadas tecnologías -artesanías- que sus firmantes despliegan a lo largo de las décadas, y que hoy, lamentablemente, se han desvanecido en el aire. Las voces asentadas en estas 1321 misivas —enviadas, recibidas y de terceras personas a tercerxs— permiten intuir las luces y sombras de la vida profesional de José Luis Mangieri, que fue, entre muchas cosas, un gran editor de los autores de la llamada “nueva izquierda” y con un rol señero en el ámbito de la poesía argentina entre las décadas de 1960 y 2000. Para Mangieri, la política editorial no sólo fue un posicionamiento político-militante, sino también una inflexión de la amistad. Por lo mismo, la selección de 29 piezas de correspondencia que presentamos en este número de Políticas de la Memoria desde el área de Archivos y Colecciones Particulares del CeDInCI tiene como figuras privilegiadas a Juan Gelman y Leónidas Lamborghini, dos poetas y amigos de Mangieri de larga data. En ellas gravitan las utopías compartidas y el exilio, el dilema irresoluble que significaron los indultos menemistas para la cúpulas de las organizaciones político-militares, la crisis económica de fines del alfonsinismo, la creciente importancia de un pequeño (pero entonces aún existente) sistema de premios literarios en nuestro país frente al resquebrajamiento del mercado editorial.  Las cartas dan noticia privilegiada de proyectos de edición concretados y futuros, pero también constituyen la única prueba empírica de la existencia de determinados textos desaparecidos (como es el caso de la enumeración de los trabajos que ocupaban a Rodolfo Walsh al momento de su secuestro que hace Gelman). Las cartas son también el espacio per se de entonaciones muy tiernas, pero también atroces. Su compañera, Lea Fletcher, le deja invariablemente brevísimas esquelas manuscritas, en las cuales reitera su amor. Pero otras cartas tienen como material adjunto misivas de terceros que aparecen reprografiadas, para que Mangieri se constituya en juez entre dos o tres de sus amigos que se han enemistado a muerte entre sí. Las tres cartas de su autoría que reproducimos dan cuenta de un tono muy particular al momento de corresponder: afectuoso, auto irónico, crítico (pero nunca beligerante).    Virginia Castro  (CeDInCI/ UNSAM)¿Cómo suenan las cartas de un poeta (y amigo de poetas)? ¿Y cómo son las de un editor? De los casi cinco mil documentos conservados que constituyen el archivo personal de José Luis Mangieri, quizá lo más sobresaliente sean sus cartas, tarjetas y esquelas manuscritas y mecanografiadas, sus invitaciones, faxes y correos electrónicos impresos, en un arco temporal que va de 1947 a 2008. De manera subsidiaria, esta amplitud temporal (en la línea de Armando Petrucci en Escribir cartas: una historia milenaria), permitiría leer dichas piezas de correspondencia desde su crasa materialidad. En otras palabras: desde las variadas tecnologías -artesanías- que sus firmantes despliegan a lo largo de las décadas, y que hoy, lamentablemente, se han desvanecido en el aire. Las voces asentadas en estas 1321 misivas —enviadas, recibidas y de terceras personas a tercerxs— permiten intuir las luces y sombras de la vida profesional de José Luis Mangieri, que fue, entre muchas cosas, un gran editor de los autores de la llamada “nueva izquierda” y con un rol señero en el ámbito de la poesía argentina entre las décadas de 1960 y 2000. Para Mangieri, la política editorial no sólo fue un posicionamiento político-militante, sino también una inflexión de la amistad. Por lo mismo, la selección de 29 piezas de correspondencia que presentamos en este número de Políticas de la Memoria desde el área de Archivos y Colecciones Particulares del CeDInCI tiene como figuras privilegiadas a Juan Gelman y Leónidas Lamborghini, dos poetas y amigos de Mangieri de larga data. En ellas gravitan las utopías compartidas y el exilio, el dilema irresoluble que significaron los indultos menemistas para la cúpulas de las organizaciones político-militares, la crisis económica de fines del alfonsinismo, la creciente importancia de un pequeño (pero entonces aún existente) sistema de premios literarios en nuestro país frente al resquebrajamiento del mercado editorial.  Las cartas dan noticia privilegiada de proyectos de edición concretados y futuros, pero también constituyen la única prueba empírica de la existencia de determinados textos desaparecidos (como es el caso de la enumeración de los trabajos que ocupaban a Rodolfo Walsh al momento de su secuestro que hace Gelman). Las cartas son también el espacio per se de entonaciones muy tiernas, pero también atroces. Su compañera, Lea Fletcher, le deja invariablemente brevísimas esquelas manuscritas, en las cuales reitera su amor. Pero otras cartas tienen como material adjunto misivas de terceros que aparecen reprografiadas, para que Mangieri se constituya en juez entre dos o tres de sus amigos que se han enemistado a muerte entre sí. Las tres cartas de su autoría que reproducimos dan cuenta de un tono muy particular al momento de corresponder: afectuoso, auto irónico, crítico (pero nunca beligerante).    Virginia Castro  (CeDInCI/ UNSAM

    A propósito de Mariano Plotkin, José Ingenieros: el hombre que lo quería todo, Buenos Aires, Edhasa, 2021, 344 pp.

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    Una biografía es algo fantástico. O más fantástico de lo que solemos pensar. Una vida, sus proyectos e intensidades condensados con hipótesis que los hilan. Apenas podemos tomar dimensión de lo que proponen este tipo de trabajos: sumergirnos donde se cruzan tantas polémicas y escalas. Más aún en este caso particular. No sólo por la figura biografiada. No sólo porque involucró una investigación de años. Sino además porque propone un primer acercamiento sistemático al archivo personal de José Ingenieros. A una colección de miles de documentos —incluídas más de tres mil cartas— disponibles a la consulta en el CeDInCI desde el año 2013. Gracias a la intimidad que abre este acervo documental, la investigación de Plotkin alcanza una densidad peculiar.  De todos modos, esto no es una reseña del libro en cuestión, sino más bien una problematización de dos de sus hipótesis de lectura que considero productivo discutir. Primero. ¿Por qué la figura de Ingenieros amerita una biografía a 100 años de su muerte? El libro de Plotkin no termina de explicarlo y, por eso, el esfuerzo de más de cuatrocientas páginas para dar cuenta de esa vida se vuelve paradójico. ¿Cómo fue que Ingenieros se convirtió en una figura regional tan gravitante? ¿Fue su incansable e ingeniosa voluntad de figurar —de simular, de buscar reconocimiento, de vincularse— lo que finalmente le habría posibilitado ser partícipe de las discusiones más importantes de su época?  Más o menos matizada, esta explicación subyace a la exposición de las polémicas en la que Ingenieros tuvo voz. Al menos ésta parece ser la hipótesis (¿psicológica? ¿sociológica?) del libro, y una de las maneras de restarle importancia intrínseca a las discusiones políticas e intelectuales.  Es cierto. Quizás una biografía intelectual esté obligada a priorizar sobre todo hipótesis que permitan vincular recorrido y obra. No lo sé. Puede ser. En todo caso, ésta parece haber sido la decisión, en detrimento de otro análisis posible: el de los aportes de Ingenieros en relación a los debates entonces vigentes.  La insistencia en que el autor de El hombre mediocre era un advenedizo repite algo que ya decían sus coetáneos más jóvenes. En aquel caso era una forma de determinación del campo cultural en oposición a su figura. Un dilettante que escribía sobre filosofía, historia, psicología, psiquiatría, amor… El problema radica en que, cien años después, se siga enfatizando el hecho de que Ingenieros no se basaba en “lecturas primarias” sino en “ideas de segunda mano”, transmitidas por divulgadores o “comentaristas”. O se siga subrayando su ausencia de ideas originales. En síntesis, persisten perspectivas de análisis que los trabajos contemporáneos de recepción buscan evitar a toda costa. Si el único motus del biografiado al momento de intervenir en los debates de su época radicaba en la búsqueda de reconocimiento, no hay discusión teórica que valga la pena reponer. Al fin y al cabo, el protagonista sólo buscaba herramientas para posicionarse cultural y socialmente. A esto vamos ahora. Segundo. José Ingenieros: el hombre que lo quería todo insiste también con una discusión de larga data que siempre resulta sugerente. Varios de los intelectuales allí retratados tuvieron inscripciones políticas directas y entablaron grandes debates, que implicaban alineamientos, fracturas y reposicionamientos. No obstante, gran parte de la historiografía ha sostenido la existencia de una suerte de consenso liberal, implícito pero envolvente. Este consenso estaría dado porque, más allá de la agresividad que pueda alcanzar el tono del debate, sus participantes —todos ellos varones—, a fin de cuentas, habrían compartido los mismos valores y principios del orden liberal que instituyeron la Argentina moderna. Esto se evidenciaría en que unos y otros —liberales y conservadores, laicistas y católicos, radicales y socialistas—, compartían sin mayores hesitaciones los mismos espacios de sociabilidad: las redacciones de los diarios y revistas, los cafés, los teatros, las academias… Desde ya, una afirmación como ésta sólo puede sostenerse con una fuerte generalización de lo que significaría este consenso y el ser liberal. A su vez, el hecho de que en efecto distintos intelectuales hayan interactuado de manera presencial no conlleva necesariamente que todas las consecuencias de la discusión política sean irrelevantes. Este consenso se debería a que se trataba de un campo intelectual todavía pequeño sin mayores diferenciaciones internas o autonomía. O al hecho de que la búsqueda de reconocimiento recíproco entre intelectuales primaba sobre la voluntad de diferenciarse políticamente. O ―llevando la tesis a sus últimas consecuencias― a que, en realidad, no habría discrepancias políticas de fondo y todos querrían, en definitiva, y aunque esgrimieran retóricamente lo contrario, preservar un mismo orden político. Reconocer al otro como letrado a cambio de ser reconocido como tal constituía un único objetivo supremo. Desde esta perspectiva, las posiciones políticas disidentes serían un mero posicionamiento intelectual, casi estético, para delimitar lugares dentro de un campo común que sólo se buscaba reproducir. “Todos se conocían [...] todos fraternizaban: cuando la política no había venido todavía a producir desuniones ni separaciones; cuando la literatura y el arte sólo estaban comprometidos consigo mismos”; repite la cita que Mariano Plotkin trae de Lysandro Galtier, a su vez referido por Héctor P. Agosti. Pero: si “la política” todavía no había producido “desuniones ni separaciones”, ¿a partir de qué momento la  política comenzaría a generar un quiebre intelectual evidente? ¿Con el ascenso del radicalismo al poder? ¿Con el impacto social de la Revolución Rusa? ¿Con la  aparición de una oposición antidemocrática a Yrigoyen, a partir de 1928? ¿Con el golpe de Estado de 1930? ¿Con la inflexión que adopta el nacionalismo político en la década de 1930? ¿Con la Guerra Civil Española? Según la versión de Tulio Halperín Donghi, los discursos que abandonaron el consenso ideológico comenzaron a registrarse hacia 1928: diversos testimonios señalan que, durante la década del treinta, escritores e intelectuales de distinta orientación política se negaron a compartir espacios, proyectos y revistas. También otros lo veían así. Por ejemplo, David Viñas: “conviene tener en cuenta que en la Argentina de los años 20 y muy especialmente en el campo literario, ni el Martínez Estrada de esa coyuntura los tiene aún definidos Recién después de 1930 la ambigüedad o la convivencia de esa década se irá disolviendo y polarizando. ‘Artísticamente, en 1926, se vivía aún en la comunión de los santos’. Basta repasar las fotos del homenaje al Segundo Sombra para comprobar que allí están todos: viejos y cachorros, académicos y fumistas, anarcos, liberales y liguistas. El espacio literario aún no se había politizado”. Plotkin abona esta tesis. No obstante, ¿fue esto así? ¿En los veinte existía tal consenso liberal o, con las palabras de David Viñas, tal “comunión de los santos”? Sin dudas, es posible identificar quiebres radicales del campo cultural desde mucho antes, de hecho de cuando éste no estaba separado de la esfera política. En 1911, fue el mismo presidente de la Nación quien en sus prerrogativas interfirió en la terna del concurso universitario en perjuicio de José Ingenieros. Las disputas por espacios entre clericales y anticlericales durante la década del diez provocaron sin ir más lejos el inicio de la Reforma universitaria en Córdoba. La lucha por puestos universitarios debería por lo mismo no sólo ser considerada parte central de la vida intelectual sino también política, con la renuncia de Ingenieros a su puesto de vicedecano a causa de su enfrentamiento con Korn y Alberini. Tal como leemos en El hombre que lo quería todo, el biografiado no fue invitado al evento de recepción a Eugenio D’Ors organizado por la revista Nosotros junto a la comunidad de jóvenes antipositivistas por esta causa. Todo esto sin entrar en casos más resonantes, como el desafuero del senador socialista Enrique del Valle Ibarlucea por su exaltación de la Revolución rusa. Asimismo, mirar tanto las revistas de las que participaba Ingenieros como con las que discutía parece más bien llevar a la lectura contraria. Al seguir el entramado de firmas en estas publicaciones culturales, vanguardistas, literarias y reformistas, vemos que lo que causaron sus asociaciones, rupturas y divisiones fueron más bien diferenciaciones políticas y no posiciones teóricas. Las revistas Clarín, Inicial, Valoraciones y Sagitario constituyen algunos buenos ejemplos de lo señalado. Las adhesiones o impugnaciones militantes respecto al sovietismo, el nacionalismo, el socialismo parlamentarista y el antiimperialismo fueron de hecho lo que desencadenaron sus quiebres, al tiempo que en sus páginas resultan elementos mucho más decisivos que las inscripciones teóricas laxas, al antipositivismo, el neokantismo o el espiritualismo, cual sea el caso.   Así éstas y otras revistas culturales de la década del veinte no constituyen meros “laboratorios de ideas” o “mosaicos” dentro de un consenso liberal. Por el contrario: muestran la existencia de lineamientos políticos determinantes. Quizás, más bien, lo que estaba en discusión para Ingenieros y sus coetáneos era un consenso que no sólo percibían como positivista, sino además como positivista-liberal.  Una biografía es algo fantástico. O más fantástico de lo que solemos pensar. Una vida, sus proyectos e intensidades condensados con hipótesis que los hilan. Apenas podemos tomar dimensión de lo que proponen este tipo de trabajos: sumergirnos donde se cruzan tantas polémicas y escalas. Más aún en este caso particular. No sólo por la figura biografiada. No sólo porque involucró una investigación de años. Sino además porque propone un primer acercamiento sistemático al archivo personal de José Ingenieros. A una colección de miles de documentos —incluídas más de tres mil cartas— disponibles a la consulta en el CeDInCI desde el año 2013. Gracias a la intimidad que abre este acervo documental, la investigación de Plotkin alcanza una densidad peculiar.  De todos modos, esto no es una reseña del libro en cuestión, sino más bien una problematización de dos de sus hipótesis de lectura que considero productivo discutir. Primero. ¿Por qué la figura de Ingenieros amerita una biografía a 100 años de su muerte? El libro de Plotkin no termina de explicarlo y, por eso, el esfuerzo de más de cuatrocientas páginas para dar cuenta de esa vida se vuelve paradójico. ¿Cómo fue que Ingenieros se convirtió en una figura regional tan gravitante? ¿Fue su incansable e ingeniosa voluntad de figurar —de simular, de buscar reconocimiento, de vincularse— lo que finalmente le habría posibilitado ser partícipe de las discusiones más importantes de su época?  Más o menos matizada, esta explicación subyace a la exposición de las polémicas en la que Ingenieros tuvo voz. Al menos ésta parece ser la hipótesis (¿psicológica? ¿sociológica?) del libro, y una de las maneras de restarle importancia intrínseca a las discusiones políticas e intelectuales.  Es cierto. Quizás una biografía intelectual esté obligada a priorizar sobre todo hipótesis que permitan vincular recorrido y obra. No lo sé. Puede ser. En todo caso, ésta parece haber sido la decisión, en detrimento de otro análisis posible: el de los aportes de Ingenieros en relación a los debates entonces vigentes.  La insistencia en que el autor de El hombre mediocre era un advenedizo repite algo que ya decían sus coetáneos más jóvenes. En aquel caso era una forma de determinación del campo cultural en oposición a su figura. Un dilettante que escribía sobre filosofía, historia, psicología, psiquiatría, amor… El problema radica en que, cien años después, se siga enfatizando el hecho de que Ingenieros no se basaba en “lecturas primarias” sino en “ideas de segunda mano”, transmitidas por divulgadores o “comentaristas”. O se siga subrayando su ausencia de ideas originales. En síntesis, persisten perspectivas de análisis que los trabajos contemporáneos de recepción buscan evitar a toda costa. Si el único motus del biografiado al momento de intervenir en los debates de su época radicaba en la búsqueda de reconocimiento, no hay discusión teórica que valga la pena reponer. Al fin y al cabo, el protagonista sólo buscaba herramientas para posicionarse cultural y socialmente. A esto vamos ahora. Segundo. José Ingenieros: el hombre que lo quería todo insiste también con una discusión de larga data que siempre resulta sugerente. Varios de los intelectuales allí retratados tuvieron inscripciones políticas directas y entablaron grandes debates, que implicaban alineamientos, fracturas y reposicionamientos. No obstante, gran parte de la historiografía ha sostenido la existencia de una suerte de consenso liberal, implícito pero envolvente. Este consenso estaría dado porque, más allá de la agresividad que pueda alcanzar el tono del debate, sus participantes —todos ellos varones—, a fin de cuentas, habrían compartido los mismos valores y principios del orden liberal que instituyeron la Argentina moderna. Esto se evidenciaría en que unos y otros —liberales y conservadores, laicistas y católicos, radicales y socialistas—, compartían sin mayores hesitaciones los mismos espacios de sociabilidad: las redacciones de los diarios y revistas, los cafés, los teatros, las academias… Desde ya, una afirmación como ésta sólo puede sostenerse con una fuerte generalización de lo que significaría este consenso y el ser liberal. A su vez, el hecho de que en efecto distintos intelectuales hayan interactuado de manera presencial no conlleva necesariamente que todas las consecuencias de la discusión política sean irrelevantes. Este consenso se debería a que se trataba de un campo intelectual todavía pequeño sin mayores diferenciaciones internas o autonomía. O al hecho de que la búsqueda de reconocimiento recíproco entre intelectuales primaba sobre la voluntad de diferenciarse políticamente. O ―llevando la tesis a sus últimas consecuencias― a que, en realidad, no habría discrepancias políticas de fondo y todos querrían, en definitiva, y aunque esgrimieran retóricamente lo contrario, preservar un mismo orden político. Reconocer al otro como letrado a cambio de ser reconocido como tal constituía un único objetivo supremo. Desde esta perspectiva, las posiciones políticas disidentes serían un mero posicionamiento intelectual, casi estético, para delimitar lugares dentro de un campo común que sólo se buscaba reproducir. “Todos se conocían [...] todos fraternizaban: cuando la política no había venido todavía a producir desuniones ni separaciones; cuando la literatura y el arte sólo estaban comprometidos consigo mismos”; repite la cita que Mariano Plotkin trae de Lysandro Galtier, a su vez referido por Héctor P. Agosti. Pero: si “la política” todavía no había producido “desuniones ni separaciones”, ¿a partir de qué momento la  política comenzaría a generar un quiebre intelectual evidente? ¿Con el ascenso del radicalismo al poder? ¿Con el impacto social de la Revolución Rusa? ¿Con la  aparición de una oposición antidemocrática a Yrigoyen, a partir de 1928? ¿Con el golpe de Estado de 1930? ¿Con la inflexión que adopta el nacionalismo político en la década de 1930? ¿Con la Guerra Civil Española? Según la versión de Tulio Halperín Donghi, los discursos que abandonaron el consenso ideológico comenzaron a registrarse hacia 1928: diversos testimonios señalan que, durante la década del treinta, escritores e intelectuales de distinta orientación política se negaron a compartir espacios, proyectos y revistas. También otros lo veían así. Por ejemplo, David Viñas: “conviene tener en cuenta que en la Argentina de los años 20 y muy especialmente en el campo literario, ni el Martínez Estrada de esa coyuntura los tiene aún definidos Recién después de 1930 la ambigüedad o la convivencia de esa década se irá disolviendo y polarizando. ‘Artísticamente, en 1926, se vivía aún en la comunión de los santos’. Basta repasar las fotos del homenaje al Segundo Sombra para comprobar que allí están todos: viejos y cachorros, académicos y fumistas, anarcos, liberales y liguistas. El espacio literario aún no se había politizado”. Plotkin abona esta tesis. No obstante, ¿fue esto así? ¿En los veinte existía tal consenso liberal o, con las palabras de David Viñas, tal “comunión de los santos”? Sin dudas, es posible identificar quiebres radicales del campo cultural desde mucho antes, de hecho de cuando éste no estaba separado de la esfera política. En 1911, fue el mismo presidente de la Nación quien en sus prerrogativas interfirió en la terna del concurso universitario en perjuicio de José Ingenieros. Las disputas por espacios entre clericales y anticlericales durante la década del diez provocaron sin ir más lejos el inicio de la Reforma universitaria en Córdoba. La lucha por puestos universitarios debería por lo mismo no sólo ser considerada parte central de la vida intelectual sino también política, con la renuncia de Ingenieros a su puesto de vicedecano a causa de su enfrentamiento con Korn y Alberini. Tal como leemos en El hombre que lo quería todo, el biografiado no fue invitado al evento de recepción a Eugenio D’Ors organizado por la revista Nosotros junto a la comunidad de jóvenes antipositivistas por esta causa. Todo esto sin entrar en casos más resonantes, como el desafuero del senador socialista Enrique del Valle Ibarlucea por su exaltación de la Revolución rusa. Asimismo, mirar tanto las revistas de las que participaba Ingenieros como con las que discutía parece más bien llevar a la lectura contraria. Al seguir el entramado de firmas en estas publicaciones culturales, vanguardistas, literarias y reformistas, vemos que lo que causaron sus asociaciones, rupturas y divisiones fueron más bien diferenciaciones políticas y no posiciones teóricas. Las revistas Clarín, Inicial, Valoraciones y Sagitario constituyen algunos buenos ejemplos de lo señalado. Las adhesiones o impugnaciones militantes respecto al sovietismo, el nacionalismo, el socialismo parlamentarista y el antiimperialismo fueron de hecho lo que desencadenaron sus quiebres, al tiempo que en sus páginas resultan elementos mucho más decisivos que las inscripciones teóricas laxas, al antipositivismo, el neokantismo o el espiritualismo, cual sea el caso.   Así éstas y otras revistas culturales de la década del veinte no constituyen meros “laboratorios de ideas” o “mosaicos” dentro de un consenso liberal. Por el contrario: muestran la existencia de lineamientos políticos determinantes. Quizás, más bien, lo que estaba en discusión para Ingenieros y sus coetáneos era un consenso que no sólo percibían como positivista, sino además como positivista-liberal. &nbsp

    El Siglo, Alain Badiou y el tiempo histórico

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    Badiou’s The century analyses the twentieth century against the grain of the contemporary conservative balance that only sees in it an overflow of enthusiasm and totalitarianism. Badiou analyses: (a) the coupling between politics and barbarism characteristic for twentieth century; and (b)ow the 20th century assumed this conjunction (politics and barbarism) that the 19th century believed it had resolved by surrendering to a progressive historical becoming. The twentieth century will discover the lack of sense of the real under passive (suffering the real) and active (being passionate about the real, about the act) forms. Its central concept is then “passion du réel”. “Passion for the real” unfolds in two ways: “logic of identity”, leading to total destruction, and “logic of minimal difference”, which, without avoiding destruction, opens up an infinite productive unfolding.  Badiou proposes to rescue the conjunction "politics and barbarism" from his contemporary moralization as a condition for proposing other policies, whose generic name is “communism”, which understand in depth its causes and deactivate them.  El siglo de Badiou analiza el siglo XX a contrapelo del balance conservador contemporáneo que sólo ve allí desborde de entusiasmo y totalitarismo. Badiou analiza: (a) el acoplamiento entre política y barbarie propio del siglo XXI; y (b) cómo el siglo XX asumió esta conjunción (política y barbarie) que el siglo XIX creía haber resuelto al entregarse a un devenir histórico progresivo. El siglo XX descubrirá el sinsentido de lo real bajo las formas pasivas (padecer lo real) y activas (apasionarse por lo real, por el acto). Su concepto central será la “passion du réel”. Esta “pasión de lo real”se despliega según dos lógicas: “lógica identitaria”, que desemboca en la destrucción total, y “lógica de la diferencia mínima”, que, sin eludir la destrucción, abre un despliegue productivo infinito. Badiou propone rescatar la conjunción “política y barbarie” de su moralización contemporánea como condición para proponer otras políticas, cuyo nombre genérico es “comunismo”, que comprendan sus causas en profundidad y las desactiven

    A propósito de Valeria Di Croce, El arca de Milei ¿Cómo y con quién construyó su poder?, Buenos Aires, Ediciones Futurock, 2025 [2024], 349 pp.

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    A lo largo del año y medio de presidencia de Javier Milei, hemos asistido a un modesto “boom editorial” alrededor de su figura, cuyos títulos más resonantes serían El loco: la vida desconocida de Javier Milei y su irrupción en la política argentina (Buenos Aires, Planeta, 2023), de Juan Luis González; Milei: una historia del presente (Buenos Aires, Planeta, 2024), de Ernesto Tenembaum, y Milei: la revolución que no vieron venir (Buenos Aires, Hojas del Sur, 2024), de Nicolás Márquez y Marcelo Duclós. A estas indagaciones, que se sustentan en el género biográfico para intentar explicar “el fenómeno Milei”, cabría agregar un título más, que toma a su hermana como eje para armar una suerte de retrato (biografía) doble: Karina. La hermana. El jefe. La soberana (Buenos Aires, Sudamericana, 2024), de Victoria de Masi. Todos textos que no operan en el vacío, sino que son contemporáneos de otros que se encuadran dentro del ensayo político propiamente dicho, tales como ¿La rebeldía  se  volvió  de  derecha? (Buenos Aires, Siglo XXI Editores, 2021), de Pablo Stefanoni y El ascenso de Milei. Claves para entender la derecha libertaria en Argentina (Madrid, Siglo XXI Editores, 2024), coordinado por Pablo Semán. A comienzos de este 2025, tuvo su segunda edición un libro que, creemos, ostenta un punto de partida distinto: El arca de Milei ¿Cómo y con quién construyó su poder?, de Valeria Di Croce, cuya primera edición aterrizó  en las mesas de novedades de las librerías porteñas en agosto del año pasado, agotándose en menos de cinco meses. A diferencia de los que ocurre en los libros firmados por González, Tenembaum y Márquez/ Duclós, El arca de Milei pone el nombre propio en segundo plano, como genitivo. Si, como señala Arthur C. Danto, todo título encierra una clave de lectura, habría que prestar especial atención a la idea que aparece subrayada en el título elegido por Di Croce: no importa tanto Milei, sino su “arca”. Ernesto Pico —editor y prologuista del libro— enumera así el poblado staff de esta bíblica embarcación: “nerds, intelectuales de derecha, indignados varios, gorilas, jóvenes, streamers, podcasters, influencers, periodistas mainstream, viejos políticos tradicionales, agentes internacionales que construyeron las redes entre la alt-right del norte y los neofascismos del siglo XXI, tecno ricos que están cambiando la balanza de poder global, empresarios del círculo rojo y personas que lo votaron en el balotaje de 2023” (Cfr. Di Croce 2024, 10).  En El arca de Milei, el actual presidente de los argentinos es uno más entre una enorme cantidad de personajes secundarios. Su (por otros autores reiteradamente traído a la discusión) “carácter excepcional” y los llamativos pormenores de su vida previa a la jefatura de la Nación no parecen interesar a la argumentación, que se organiza alrededor de tres grandes nodos —que Di Croce nombra“shocks”—, cuyos efectos, sumados, explicarían el ascenso y triunfo de Milei. El “shock económico” ocurrido bajo la presidencia de Mauricio Macri (10 de diciembre de 2015 al 9 de diciembre de 2019). El “shock pandémico” ocasionado por el virus SARS-CoV-2. El “shock político”, que tuvo como punto cúlmine el intento de magnicidio perpetrado el 1° de septiembre de 2022 contra la entonces vicepresidenta de la Nación. Que la argumentación asuma el concepto de “shock” como central nos remite inmediatamente al best seller publicado originalmente en inglés en 2007 La doctrina del shock: el auge del capitalismo del desastre, de Naomi Klein, que se publicó traducido al castellano dos años después. Gracias a la aceptación de la jerga “psi” por parte del llamado periodismo de análisis político vernáculo, “shock” es una categoría analítica que parece explicarse sola. Pero: ¿resultaría en verdad la más pertinente para abordar procesos socio-económicos complejos, cuyo sujeto es, en verdad, siempre colectivo?  En su libro, Klein no se detiene en esta cuestión, que, en verdad, sería crucial, ya que: ¿no deberíamos, acaso, interrogarnos sobre la pertinencia de aplicar conceptos que fueron pensados inicialmente para analizar la psiquis de un único individuo tales como “estrés”, “trabajo de duelo”, “pulsión de muerte”, “compulsión de repetición” o “trauma” (que, según la RAE, es un sinónimo posible de “shock”) a todo el conjunto social?  No obstante, en tanto lectores, “compramos” inmediatamente la categoría analítica de “shock”, porque tanto en el caso del libro de Klein como en el de Di Croce, la argumentación avanza sin necesidad de problematizar teorías, impulsada por el mismo motor hipnótico que anima géneros narrativos tales como la crónica de viaje (en el caso de Klein) o la “novela de voces” —la expresión es del ensayista y escritor Carlos Gamerro— patentada por Manuel Puig (en el caso de Di Croce). Hemos usado ya tres veces “argumentación” refiriéndonos a El arca de Milei, cuando en verdad deberíamos decir “exposición”. En efecto: esto no es un ensayo, sino una crónica aluvional de voces ajenas y acciones de otrxs, tachonada por innumerables curiosidades y datos sorprendentes (verbigracia: el hecho de que la primera aparición televisiva de Milei ocurrió nada menos que en el último programa televisivo de Mariano Grondona) que se exponen narrativamente; esto es, por medio de breves escenas. Especial interés revisten los hechos que refiere de Di Croce sobre los pormenores del funcionamiento del “ecosistema mediático-digital”, en cuyos meandros los habitantes de esta peculiar “arca” parecen navegar a sus anchas. El arca de Milei no pretende adoptar el tono asertivo de un ensayo político, ni asumir la indagación de la vida de único individuo (ejemplar o representativo del conjunto social, a la manera de la biografía; recordemos que Márquez fue designado por el mismo presidente como su biógrafo oficial). Los párrafos, deliberadamente breves, van iluminando una a una las numerosas personas que han venido rodeando a Javier Milei desde sus primeros pasos en la escena pública, con sus respectivas voces desgrabadas (por momentos hilarantes, por momentos aterradoras). El laborioso expediente es entregado al lector, prácticamente sin más comentario. Pero: ¿a qué tradición se adscribiría exactamente El arca de Milei? Una respuesta posible es: a aquella tradición inaugurada por Rodolfo Walsh con Operación Masacre (cuatro ediciones con modificaciones en vida del autor: 1957; 1964; 1969 y 1972). Como es sabido, Walsh inventó la “novela de no ficción” ocho años antes que Truman Capote, quien con su novela A sangre fría de 1965 quedaría no obstante en los manuales de literatura como el fundador de dicho género, junto a Norman Mailer y Tom Wolfe.  El relato de no ficción se define por aplicar las técnicas de la ficción para dar cuenta de sucesos reales. Como señala Ana María Amar Sánchez en El relato de los hechos (1992), se trata de un género intersticial, que mantiene la tensión entre lo ficcional y lo real sin resolverla. No resulta de una mera combinación de ambos planos, sino de una construcción radicalmente nueva, que se distancia tanto del realismo ingenuo como de la pretendida objetividad periodística, si bien bajo una premisa básica: el respeto por los distintos registros de lo real (grabaciones, testimonios y documentos escritos) utilizados, que no pueden ser adulterados por exigencias de la trama.  El género, sostiene Amar Sánchez, se jugaría por lo mismo en el cruce de dos imposibilidades. La de mostrarse como una mera invención frente a los ojos de los lectores, que están alertados de que los hechos que despliega la trama efectivamente ocurrieron. La de mostrarse como un espejo fiel de estos mismos hechos, habida cuenta de que el lenguaje es otra realidad que impone sus leyes: recorta, organiza, jerarquiza, construye mundo. Es precisamente sobre este terreno, donde se fusionan y destruyen al mismo tiempo los límites entre verdad y verosímil, entre objetividad y subjetividad, donde florece la novela de no ficción. Hay algo muy poderoso en el ritmo de la ficción narrativa, que permite precisamente “hacer avanzar” el relato, suspender el tiempo, convencer sin necesidad de argumentar (sin explicar exactamente, pongamos el caso, la pertinencia —o no— del concepto de “shock”). “Si alguien quiere leer este libro como una simple novela policial, es cosa suya”, afirmaba provocadoramente Rodolfo Walsh en la “Noticia preliminar” a ¿Quién mató a Rosendo?, publicado por primera vez en 1969, de manera coincidente con títulos como El fiord, de Osvaldo Lamborghini;  Cicatrices, de Juan José Saer; Boquitas pintadas, de Manuel Puig; Fuego en Casabindo, de Héctor Tizón; Diario de la guerra del cerdo, de Adolfo Bioy Casares; Cosas concretas, de David Viñas; Último round, de Julio Cortázar, y Los suicidas, de Antonio Di Benedetto. Pero Walsh clausura toda posible lectura en serie literaria con una afirmación tajante: “Los hechos ocurrieron así”. Porque, tal como se había ocupado de señalar dos párrafos antes en su “Noticia preliminar”: “no hay una línea en esta investigación que no esté fundada en testimonios directos o en constancias del expediente judicial”.  Como lo hiciera con Operación masacre, Walsh vuelve a elegir como primer ámbito de publicación la prensa escrita y como destinatarios naturales de su texto a “los trabajadores de mi país”. Contra la experimentación como motor posible de la literatura, tan en boga en su época, Walsh esgrime la idea de “eficacia”. Pero: ¿qué estaría ocurriendo hoy en día con la “eficacia de la literatura”, que ocupa un lugar francamente accesorio frente a la máquina ficcional de las grandes plataformas? Mucho se ha dicho sobre el impacto de J. L. Borges sobre los y las escritoras de nuestro país, ese Viejo temible que —como Perón: la homología entre ambos es, nuevamente, de autoría de Carlos Gamerro— resulta tan imposible de superar como fácilmente falsificable. Tanto menos se dijo sobre la gravitación de Walsh en el campo literario argentino. Algunos escritores que claramente se postularon como “herederos de Walsh” en lo relativo a la consolidación de una novela de no ficción argentina serían Tomás Eloy Martínez (con Santa Evita); Horacio Verbitsky (con El vuelo); Miguel Bonasso (con Recuerdo de la muerte), y Martín Caparrós en coautoría con Eduardo Anguita (con la monumental La Voluntad). Precisamente, en el tomo dos de la edición definitiva de esta última gran apuesta por emular a Walsh, sus autores reproducen la entrada correspondiente al 14 de marzo de 1972 del diario personal del autor de Operación masacre, en la cual éste reflexiona sobre su (im)posibilidad de escribir una “novela-inventario de época”, que funcione como una “herencia” para las futuras generaciones. De pretensiones literarias tanto más modestas que los títulos anteriormente mencionados, El arca de Milei se sirve de la tradición de la novela de no ficción walshiana para armar una construcción donde la voz autoral (que irrumpe en tres únicas instancias, entre las que se cuenta la última frase que clausura todo el libro) aparece subsumida entre muchas otras voces. Como la figura de autor en la “novela de voces” de Puig,  Di Croce elige permanecer en las sombras, como una mera montajista. Pero logra un montaje verdaderamente atrapante: no lograremos soltar el libro hasta terminarlo. En su meticuloso conteo del enorme elenco de especímenes que pueblan el “arca”, Milei prácticamente se pierde. Es posible que esta construcción sea precisamente la que le permita a Di Croce transmitirnos una única verdad, fundamental para los tiempos que vivimos y que vendrán: “No es Milei, estúpido”. Virginia Castro (CeDInCI/ UNSAM)A lo largo del año y medio de presidencia de Javier Milei, hemos asistido a un modesto “boom editorial” alrededor de su figura, cuyos títulos más resonantes serían El loco: la vida desconocida de Javier Milei y su irrupción en la política argentina (Buenos Aires, Planeta, 2023), de Juan Luis González; Milei: una historia del presente (Buenos Aires, Planeta, 2024), de Ernesto Tenembaum, y Milei: la revolución que no vieron venir (Buenos Aires, Hojas del Sur, 2024), de Nicolás Márquez y Marcelo Duclós. A estas indagaciones, que se sustentan en el género biográfico para intentar explicar “el fenómeno Milei”, cabría agregar un título más, que toma a su hermana como eje para armar una suerte de retrato (biografía) doble: Karina. La hermana. El jefe. La soberana (Buenos Aires, Sudamericana, 2024), de Victoria de Masi. Todos textos que no operan en el vacío, sino que son contemporáneos de otros que se encuadran dentro del ensayo político propiamente dicho, tales como ¿La rebeldía  se  volvió  de  derecha? (Buenos Aires, Siglo XXI Editores, 2021), de Pablo Stefanoni y El ascenso de Milei. Claves para entender la derecha libertaria en Argentina (Madrid, Siglo XXI Editores, 2024), coordinado por Pablo Semán. A comienzos de este 2025, tuvo su segunda edición un libro que, creemos, ostenta un punto de partida distinto: El arca de Milei ¿Cómo y con quién construyó su poder?, de Valeria Di Croce, cuya primera edición aterrizó  en las mesas de novedades de las librerías porteñas en agosto del año pasado, agotándose en menos de cinco meses. A diferencia de los que ocurre en los libros firmados por González, Tenembaum y Márquez/ Duclós, El arca de Milei pone el nombre propio en segundo plano, como genitivo. Si, como señala Arthur C. Danto, todo título encierra una clave de lectura, habría que prestar especial atención a la idea que aparece subrayada en el título elegido por Di Croce: no importa tanto Milei, sino su “arca”. Ernesto Pico —editor y prologuista del libro— enumera así el poblado staff de esta bíblica embarcación: “nerds, intelectuales de derecha, indignados varios, gorilas, jóvenes, streamers, podcasters, influencers, periodistas mainstream, viejos políticos tradicionales, agentes internacionales que construyeron las redes entre la alt-right del norte y los neofascismos del siglo XXI, tecno ricos que están cambiando la balanza de poder global, empresarios del círculo rojo y personas que lo votaron en el balotaje de 2023” (Cfr. Di Croce 2024, 10).  En El arca de Milei, el actual presidente de los argentinos es uno más entre una enorme cantidad de personajes secundarios. Su (por otros autores reiteradamente traído a la discusión) “carácter excepcional” y los llamativos pormenores de su vida previa a la jefatura de la Nación no parecen interesar a la argumentación, que se organiza alrededor de tres grandes nodos —que Di Croce nombra“shocks”—, cuyos efectos, sumados, explicarían el ascenso y triunfo de Milei. El “shock económico” ocurrido bajo la presidencia de Mauricio Macri (10 de diciembre de 2015 al 9 de diciembre de 2019). El “shock pandémico” ocasionado por el virus SARS-CoV-2. El “shock político”, que tuvo como punto cúlmine el intento de magnicidio perpetrado el 1° de septiembre de 2022 contra la entonces vicepresidenta de la Nación. Que la argumentación asuma el concepto de “shock” como central nos remite inmediatamente al best seller publicado originalmente en inglés en 2007 La doctrina del shock: el auge del capitalismo del desastre, de Naomi Klein, que se publicó traducido al castellano dos años después. Gracias a la aceptación de la jerga “psi” por parte del llamado periodismo de análisis político vernáculo, “shock” es una categoría analítica que parece explicarse sola. Pero: ¿resultaría en verdad la más pertinente para abordar procesos socio-económicos complejos, cuyo sujeto es, en verdad, siempre colectivo?  En su libro, Klein no se detiene en esta cuestión, que, en verdad, sería crucial, ya que: ¿no deberíamos, acaso, interrogarnos sobre la pertinencia de aplicar conceptos que fueron pensados inicialmente para analizar la psiquis de un único individuo tales como “estrés”, “trabajo de duelo”, “pulsión de muerte”, “compulsión de repetición” o “trauma” (que, según la RAE, es un sinónimo posible de “shock”) a todo el conjunto social?  No obstante, en tanto lectores, “compramos” inmediatamente la categoría analítica de “shock”, porque tanto en el caso del libro de Klein como en el de Di Croce, la argumentación avanza sin necesidad de problematizar teorías, impulsada por el mismo motor hipnótico que anima géneros narrativos tales como la crónica de viaje (en el caso de Klein) o la “novela de voces” —la expresión es del ensayista y escritor Carlos Gamerro— patentada por Manuel Puig (en el caso de Di Croce). Hemos usado ya tres veces “argumentación” refiriéndonos a El arca de Milei, cuando en verdad deberíamos decir “exposición”. En efecto: esto no es un ensayo, sino una crónica aluvional de voces ajenas y acciones de otrxs, tachonada por innumerables curiosidades y datos sorprendentes (verbigracia: el hecho de que la primera aparición televisiva de Milei ocurrió nada menos que en el último programa televisivo de Mariano Grondona) que se exponen narrativamente; esto es, por medio de breves escenas. Especial interés revisten los hechos que refiere de Di Croce sobre los pormenores del funcionamiento del “ecosistema mediático-digital”, en cuyos meandros los habitantes de esta peculiar “arca” parecen navegar a sus anchas. El arca de Milei no pretende adoptar el tono asertivo de un ensayo político, ni asumir la indagación de la vida de único individuo (ejemplar o representativo del conjunto social, a la manera de la biografía; recordemos que Márquez fue designado por el mismo presidente como su biógrafo oficial). Los párrafos, deliberadamente breves, van iluminando una a una las numerosas personas que han venido rodeando a Javier Milei desde sus primeros pasos en la escena pública, con sus respectivas voces desgrabadas (por momentos hilarantes, por momentos aterradoras). El laborioso expediente es entregado al lector, prácticamente sin más comentario. Pero: ¿a qué tradición se adscribiría exactamente El arca de Milei? Una respuesta posible es: a aquella tradición inaugurada por Rodolfo Walsh con Operación Masacre (cuatro ediciones con modificaciones en vida del autor: 1957; 1964; 1969 y 1972). Como es sabido, Walsh inventó la “novela de no ficción” ocho años antes que Truman Capote, quien con su novela A sangre fría de 1965 quedaría no obstante en los manuales de literatura como el fundador de dicho género, junto a Norman Mailer y Tom Wolfe.  El relato de no ficción se define por aplicar las técnicas de la ficción para dar cuenta de sucesos reales. Como señala Ana María Amar Sánchez en El relato de los hechos (1992), se trata de un género intersticial, que mantiene la tensión entre lo ficcional y lo real sin resolverla. No resulta de una mera combinación de ambos planos, sino de una construcción radicalmente nueva, que se distancia tanto del realismo ingenuo como de la pretendida objetividad periodística, si bien bajo una premisa básica: el respeto por los distintos registros de lo real (grabaciones, testimonios y documentos escritos) utilizados, que no pueden ser adulterados por exigencias de la trama.  El género, sostiene Amar Sánchez, se jugaría por lo mismo en el cruce de dos imposibilidades. La de mostrarse como una mera invención frente a los ojos de los lectores, que están alertados de que los hechos que despliega la trama efectivamente ocurrieron. La de mostrarse como un espejo fiel de estos mismos hechos, habida cuenta de que el lenguaje es otra realidad que impone sus leyes: recorta, organiza, jerarquiza, construye mundo. Es precisamente sobre este terreno, donde se fusionan y destruyen al mismo tiempo los límites entre verdad y verosímil, entre objetividad y subjetividad, donde florece la novela de no ficción. Hay algo muy poderoso en el ritmo de la ficción narrativa, que permite precisamente “hacer avanzar” el relato, suspender el tiempo, convencer sin necesidad de argumentar (sin explicar exactamente, pongamos el caso, la pertinencia —o no— del concepto de “shock”). “Si alguien quiere leer este libro como una simple novela policial, es cosa suya”, afirmaba provocadoramente Rodolfo Walsh en la “Noticia preliminar” a ¿Quién mató a Rosendo?, publicado por primera vez en 1969, de manera coincidente con títulos como El fiord, de Osvaldo Lamborghini;  Cicatrices, de Juan José Saer; Boquitas pintadas, de Manuel Puig; Fuego en Casabindo, de Héctor Tizón; Diario de la guerra del cerdo, de Adolfo Bioy Casares; Cosas concretas, de David Viñas; Último round, de Julio Cortázar, y Los suicidas, de Antonio Di Benedetto. Pero Walsh clausura toda posible lectura en serie literaria con una afirmación tajante: “Los hechos ocurrieron así”. Porque, tal como se había ocupado de señalar dos párrafos antes en su “Noticia preliminar”: “no hay una línea en esta investigación que no esté fundada en testimonios directos o en constancias del expediente judicial”.  Como lo hiciera con Operación masacre, Walsh vuelve a elegir como primer ámbito de publicación la prensa escrita y como destinatarios naturales de su texto a “los trabajadores de mi país”. Contra la experimentación como motor posible de la literatura, tan en boga en su época, Walsh esgrime la idea de “eficacia”. Pero: ¿qué estaría ocurriendo hoy en día con la “eficacia de la literatura”, que ocupa un lugar francamente accesorio frente a la máquina ficcional de las grandes plataformas? Mucho se ha dicho sobre el impacto de J. L. Borges sobre los y las escritoras de nuestro país, ese Viejo temible que —como Perón: la homología entre ambos es, nuevamente, de autoría de Carlos Gamerro— resulta tan imposible de superar como fácilmente falsificable. Tanto menos se dijo sobre la gravitación de Walsh en el campo literario argentino. Algunos escritores que claramente se postularon como “herederos de Walsh” en lo relativo a la consolidación de una novela de no ficción arge

    A propósito de Alejandro E. Parada, Bajo el signo de la Bibliotecología. Ensayos bibliotecarios desde la posmodernidad tardía, Córdoba, Eduvim, 2023, 154 pp.

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    A propósito de Alejandro E. Parada, Bajo el signo de la Bibliotecología. Ensayos bibliotecarios desde la posmodernidad tardía, Córdoba, Eduvim, 2023, 154 pp. Después del sugestivo ensayo previo sobre la historia de la lectura —Lectura y contra lectura en la Historia de la lectura, también por la editorial cordobesa Eduvim—, esta nueva producción de Alejandro E. Parada se sumerge de lleno en su propio campo: la Bibliotecología y las Ciencias de la Información  (ByCI). Con el honor de haber sido el primer doctorado de la carrera en la Universidad de Buenos Aires, el autor no sólo estimuló la investigación de esta disciplina, sino que se esforzó en tender puentes de diálogo hacia otras con las que se siente próximo, como la sociología, la historia intelectual, la historia social y/ o la cultural, que atraviesan a la ByCI como complemento inherente y necesario. Interpela desde sus textos y da la batalla en un nudo fundamental: la investigación de la Bibliotecología en Argentina debe sumergirse en su propia historia para afirmarse disciplinariamente. El libro se presenta a sí mismo como un conjunto de ocho ensayos y un epílogo. En la introducción, Parada expone con claridad los objetivos del trabajo: por un lado, dar cuenta sobre la multidisciplinariedad que abriga la Bibliotecología y los cruces interdisciplinarios posibles. Por otro, reflexionar sobre las mutaciones a las que está sujeta la disciplina y sus profesionales, en relación intrínseca con las sociedades latinoamericanas en las que se encuentran inmersos y los acelerados cambios a los que están sometidas. Por último (y quizás el más importante): “empoderar el ensayo bibliotecario como una herramienta de crítica… como un instrumento de pensamiento para elaborar nuestra ‘narrativa profesional’”, esto es, fortalecer el discurso de la Bibliotecología para instalarla de pleno derecho en la intersección entre las ciencias sociales (a las que pertenece) y las Humanidades (que le aportan densidad). Toda la obra, además, se encuentra atravesada por la preocupación urgente que impone el avance tecnológico. El primer ensayo coloca a la biblioteca como un “dispositivo cultural” y reflexiona sobre los desencuentros entre las estructuras de una ciencia creada en la modernidad y los desafíos que significó la revolución comunicacional a partir del advenimiento de internet y la nueva sociedad de la información. Una de las conclusiones de este primer texto repara sobre la “metamorfosis de la espacialidad” que esta nueva era, calificada por nuestro autor como posmoderna, impone al quehacer bibliotecario, que surfea entre un mundo material (el de los acervos físicos) y uno virtual (el que propone la digitalización). Ambos tópicos son objeto del segundo ensayo, donde analiza el problema y profundiza los argumentos. El tercer y cuarto ensayos son el corazón del libro, no sólo por su extensión (sobradamente más amplios que el resto), sino por los temas abordados, inquietud sustancial en Parada, que los entrelaza de tal modo que podrían leerse como una continuidad.  El primero de ellos se propone repensar la competencia de las bibliotecas públicas en función de las mutaciones sociales que trajo aparejadas el nuevo milenio. Lo que preocupa al autor es cómo sacar a las bibliotecas de su imagen cristalizada, de un quehacer, anacrónico por momentos, aferrado a las viejas tradiciones y prácticas del siglo XX, y empujarlas a abrazar a un potencial universo de lectores que, en los hechos, ya no las visitan para leer, sino que les demandan nuevas competencias. Es aquí cuando se plantea si las bibliotecas, dada una de sus misiones de origen, que las imbrican con lo social, no deberían transformarse para asegurar los derechos civiles, formar ciudadanos y sostener a la comunidad, de ser necesario, en tareas educativas y sociales como la alfabetización informacional, la inclusión para el empleo, etc.  Podría señalarse que, hasta este punto, se trata de lo que las bibliotecas públicas, sobre todo las populares y/o las de las colectividades, han hecho desde siempre, esto es, involucrarse con los problemas de la comunidad y atender demandas que exceden la gestión de sus acervos, mediante la extensión cultural. Pero se trata, según el autor, de definir nuevos márgenes de actuación, con requerimientos que implican reaprender la tarea profesional y revisar las misiones de las diferentes bibliotecas. Resulta acuciante imaginar cuál sería el límite, puesto que se corre el riesgo de convertir la gestión de los acervos en el apéndice de una tarea más inmediata (la de responder a las necesidades de los usuarios/as). Las sociedades modernas diseñaron diferentes instituciones con distintos fines, cabe preguntarse si el único camino que le queda a las bibliotecas es diluirse al modificar sus propósitos en pos de responder a los cambios sociales, es decir, pasar de ser dispositivos culturales a centros de atención social, o resistir con respuestas más creativas que revaloricen su misión.  Asimismo, ante el caos uniformante y a la vez fragmentario que ofrece el mundo digital, Parada plantea —y en línea con las transformaciones posibles— que resulta imperioso conectar las bibliotecas con su entorno y su comunidad de usuarios en términos identitarios, acercándose a la historia local a través de la guarda de toda producción cultural de la comunidad, lo que podría augurar relaciones más estrechas con los usuarios, que verían reflejada su idiosincrasia en un espacio propio. Por último, amparándose en los conceptos de “herencia cultural” y “herencia patrimonial” —frente a la tendencia de digitalización del patrimonio, que colocaría a la producción digital como una “escenificación de la cultura impresa”, y, por lo tanto, devendría patrimonio museístico— se pregunta si no es necesario abandonar la denominación “Bibliotecología” por una más genérica como “Ciencias de la Información” para estimular el “vigoroso vínculo que une a los archivos, las bibliotecas y los museos” y “ver como un todo o un continuum a los bienes patrimoniales, la historia local, el presente bibliotecario y las tendencias de la biblioteca pública en los años que vendrán”. Esta última cuestión supone la utópica biblioteca digital universal como un proyecto no tan lejano; sin embargo, la realidad sobre los recursos concretos que se requieren para su realización y los que habitualmente se disponen en los espacios públicos permite imprimir un signo de interrogación sobre los pro y los contra de la propuesta. En principio, los acervos documentales tienen mucho para perder en el cambio de una denominación específica por otra genérica que no sólo incluiría a las bibliotecas, hemerotecas, archivos y museos, sino también, por ejemplo, al periodismo y/ o a todo aquello que implique el trabajo con información, particularmente desarrollos vinculados a la tecnología de datos, unificando en un mismo paraguas cosas muy diferentes como lo son el patrimonio cultural, por un lado, y la comunicación activa de la comunidad y las TIC, por otro. El cuarto capítulo inicia con un recorrido histórico de las bibliotecas y una de sus características constitutivas: su carácter inherentemente político. Parada interpreta, tal como señala  Terry Eagleton (2000; 2017), que las bibliotecas, en tanto dispositivos culturales, adquieren significación cuando se reconocen como una fuerza necesaria desde lo político. El texto se explaya desde los orígenes de las bibliotecas hasta lo particular en la Biblioteca de Mayo (razón de la tesis doctoral del autor) y la creación de las bibliotecas populares argentinas en 1870 para ilustrar “la amplia concepción política de las bibliotecas y de las prácticas lectoras” y desde allí preguntarse en qué momento la profesión bibliotecaria dejó de considerar político su desempeño. Se interna así en los debates que, según señala, fueron despolitizando sus prácticas. Reconstruye además la influencia de los Estados Unidos en la configuración moderna de la bibliotecología en América Latina a través de la American Library Association, aunque advirtiendo que, por lo menos en Argentina, a partir de los años 1960 hubo un giro hacia la escuela francesa promovido, entre otros, por Roberto Juarroz (extraña aquí que el autor no mencione como parte de su argumentación las tensiones a las que estuvo sujeta la Escuela de Bibliotecarios primero, y luego la carrera de grado, particularmente en los efervescentes años sesenta y setenta, como bien reconstruye en su tesis recientemente defendida Leonardo Silber, período sumamente politizado tanto en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires como en la carrera, en ese momento gestionada por el “Departamento de Ciencia de la Información”).  La introducción histórica le da pie a Parada para continuar con una propuesta todavía más audaz que la del capítulo anterior sobre el rol político y social a que están llamados los profesionales en su responsabilidad de bregar por la inclusión y los derechos de los individuos. Para él, resulta indispensable “tener una voz en la biblioteca pública” que se libere de “retóricas ortodoxas”, que poco favorecen a la hora de pensar la función social de las bibliotecas y el mandato de pluralidad con que nacieron, y asistir a la “elaboración de un plan medular de acción política para lograr una mayor democratización de sus servicios” (cursivas en el original).  Este tópico es el que anuda en el capítulo siguiente, donde avanza sobre los requisitos mínimos inclusivos que deberían tener en cuenta tanto las bibliotecas como los profesionales que las administran, quienes podrían cumplir un rol de “mediadores sociales activos”, en “aras de una universal inclusión”.  El capítulo seis hace un giro hacia la construcción de una historia latinoamericana de las bibliotecas. Aquí Parada revisita y actualiza un tema ya trabajado en un artículo de 2012. Se trata de un campo que se ha fortalecido en la última década y el autor lo retoma para reflexionar sobre las nuevas perspectivas y giros de los trabajos más recientes —interdisciplinarios, muchas veces producidos desde otras disciplinas, con un aporte mayoritario del norte global— y señalar algunas deudas con cuestiones todavía no encaradas, como la realización de una nueva taxonomía de las bibliotecas latinoamericanas y sus particularidades, que pueda considerar los diferentes recorridos desde sus orígenes en el siglo XIX.  El libro cierra con dos breves ensayos críticos sobre las limitaciones que por el momentos se hacen visibles en la producción científica de la bibliotecología argentina, reescritura de dos textos publicados entre 2016 y 2017 en Información, cultura y sociedad, la revista del Instituto de Investigaciones bibliotecológicas de la FFyL/UBA. El reclamo de Parada sigue vigente: es necesaria una mayor interacción con otras disciplinas como la historia, la sociología, la antropología o la filosofía, que podrían ser un estímulo y contribuir a una mayor consolidación de la investigación del campo.  Un epílogo recorre el hilo que atraviesa los ocho ensayos y medita sobre las mutaciones producidas por la pandemia en las sociedades, así como los retos que acechan a las bibliotecas y sus profesionales, que tuvieron que reinventarse ante el apresurado avance de la virtualidad. Aquí nuestro autor ofrece una vasta e imprescindible reflexión —desde su amplia experiencia profesional y académica— sobre las problemáticas que acechan a las sociedades en tiempos distópicos en los que la brecha digital es reflejo de una mayor segregación y una competencia despiadada por el acceso a derechos como la educación y la cultura. Transforma así a las bibliotecas en un “gabinete mágico” con capacidad de rediseñarse frente a los desafíos de un mundo que parece cada día volverse más complejo y nos promete una utopía redentora y humanista, que podría convertirse realidad de la mano de los bibliotecarios y las bibliotecarias de las promisorias generaciones presentes y futuras que tienen oportunidad de barajar y dar de nuevo.  Karina Jannello (CeDInCI/ UNSAM)  A propósito de Alejandro E. Parada, Bajo el signo de la Bibliotecología. Ensayos bibliotecarios desde la posmodernidad tardía, Córdoba, Eduvim, 2023, 154 pp. Después del sugestivo ensayo previo sobre la historia de la lectura —Lectura y contra lectura en la Historia de la lectura, también por la editorial cordobesa Eduvim—, esta nueva producción de Alejandro E. Parada se sumerge de lleno en su propio campo: la Bibliotecología y las Ciencias de la Información  (ByCI). Con el honor de haber sido el primer doctorado de la carrera en la Universidad de Buenos Aires, el autor no sólo estimuló la investigación de esta disciplina, sino que se esforzó en tender puentes de diálogo hacia otras con las que se siente próximo, como la sociología, la historia intelectual, la historia social y/ o la cultural, que atraviesan a la ByCI como complemento inherente y necesario. Interpela desde sus textos y da la batalla en un nudo fundamental: la investigación de la Bibliotecología en Argentina debe sumergirse en su propia historia para afirmarse disciplinariamente. El libro se presenta a sí mismo como un conjunto de ocho ensayos y un epílogo. En la introducción, Parada expone con claridad los objetivos del trabajo: por un lado, dar cuenta sobre la multidisciplinariedad que abriga la Bibliotecología y los cruces interdisciplinarios posibles. Por otro, reflexionar sobre las mutaciones a las que está sujeta la disciplina y sus profesionales, en relación intrínseca con las sociedades latinoamericanas en las que se encuentran inmersos y los acelerados cambios a los que están sometidas. Por último (y quizás el más importante): “empoderar el ensayo bibliotecario como una herramienta de crítica… como un instrumento de pensamiento para elaborar nuestra ‘narrativa profesional’”, esto es, fortalecer el discurso de la Bibliotecología para instalarla de pleno derecho en la intersección entre las ciencias sociales (a las que pertenece) y las Humanidades (que le aportan densidad). Toda la obra, además, se encuentra atravesada por la preocupación urgente que impone el avance tecnológico. El primer ensayo coloca a la biblioteca como un “dispositivo cultural” y reflexiona sobre los desencuentros entre las estructuras de una ciencia creada en la modernidad y los desafíos que significó la revolución comunicacional a partir del advenimiento de internet y la nueva sociedad de la información. Una de las conclusiones de este primer texto repara sobre la “metamorfosis de la espacialidad” que esta nueva era, calificada por nuestro autor como posmoderna, impone al quehacer bibliotecario, que surfea entre un mundo material (el de los acervos físicos) y uno virtual (el que propone la digitalización). Ambos tópicos son objeto del segundo ensayo, donde analiza el problema y profundiza los argumentos. El tercer y cuarto ensayos son el corazón del libro, no sólo por su extensión (sobradamente más amplios que el resto), sino por los temas abordados, inquietud sustancial en Parada, que los entrelaza de tal modo que podrían leerse como una continuidad.  El primero de ellos se propone repensar la competencia de las bibliotecas públicas en función de las mutaciones sociales que trajo aparejadas el nuevo milenio. Lo que preocupa al autor es cómo sacar a las bibliotecas de su imagen cristalizada, de un quehacer, anacrónico por momentos, aferrado a las viejas tradiciones y prácticas del siglo XX, y empujarlas a abrazar a un potencial universo de lectores que, en los hechos, ya no las visitan para leer, sino que les demandan nuevas competencias. Es aquí cuando se plantea si las bibliotecas, dada una de sus misiones de origen, que las imbrican con lo social, no deberían transformarse para asegurar los derechos civiles, formar ciudadanos y sostener a la comunidad, de ser necesario, en tareas educativas y sociales como la alfabetización informacional, la inclusión para el empleo, etc.  Podría señalarse que, hasta este punto, se trata de lo que las bibliotecas públicas, sobre todo las populares y/o las de las colectividades, han hecho desde siempre, esto es, involucrarse con los problemas de la comunidad y atender demandas que exceden la gestión de sus acervos, mediante la extensión cultural. Pero se trata, según el autor, de definir nuevos márgenes de actuación, con requerimientos que implican reaprender la tarea profesional y revisar las misiones de las diferentes bibliotecas. Resulta acuciante imaginar cuál sería el límite, puesto que se corre el riesgo de convertir la gestión de los acervos en el apéndice de una tarea más inmediata (la de responder a las necesidades de los usuarios/as). Las sociedades modernas diseñaron diferentes instituciones con distintos fines, cabe preguntarse si el único camino que le queda a las bibliotecas es diluirse al modificar sus propósitos en pos de responder a los cambios sociales, es decir, pasar de ser dispositivos culturales a centros de atención social, o resistir con respuestas más creativas que revaloricen su misión.  Asimismo, ante el caos uniformante y a la vez fragmentario que ofrece el mundo digital, Parada plantea —y en línea con las transformaciones posibles— que resulta imperioso conectar las bibliotecas con su entorno y su comunidad de usuarios en términos identitarios, acercándose a la historia local a través de la guarda de toda producción cultural de la comunidad, lo que podría augurar relaciones más estrechas con los usuarios, que verían reflejada su idiosincrasia en un espacio propio. Por último, amparándose en los conceptos de “herencia cultural” y “herencia patrimonial” —frente a la tendencia de digitalización del patrimonio, que colocaría a la producción digital como una “escenificación de la cultura impresa”, y, por lo tanto, devendría patrimonio museístico— se pregunta si no es necesario abandonar la denominación “Bibliotecología” por una más genérica como “Ciencias de la Información” para estimular el “vigoroso vínculo que une a los archivos, las bibliotecas y los museos” y “ver como un todo o un continuum a los bienes patrimoniales, la historia local, el presente bibliotecario y las tendencias de la biblioteca pública en los años que vendrán”. Esta última cuestión supone la utópica biblioteca digital universal como un proyecto no tan lejano; sin embargo, la realidad sobre los recursos concretos que se requieren para su realización y los que habitualmente se disponen en los espacios públicos permite imprimir un signo de interrogación sobre los pro y los contra de la propuesta. En principio, los acervos documentales tienen mucho para perder en el cambio de una denominación específica por otra genérica que no sólo incluiría a las bibliotecas, hemerotecas, archivos y museos, sino también, por ejemplo, al periodismo y/ o a todo aquello que implique el trabajo con información, particularmente desarrollos vinculados a la tecnología de datos, unificando en un mismo paraguas cosas muy diferentes como lo son el patrimonio cultural, por un lado, y la comunicación activa de la comunidad y las TIC, por otro. El cuarto capítulo inicia con un recorrido histórico de las bibliotecas y una de sus características constitutivas: su carácter inherentemente político. Parada interpreta, tal como señala  Terry Eagleton (2000; 2017), que las bibliotecas, en tanto dispositivos culturales, adquieren significación cuando se reconocen como una fuerza necesaria desde lo político. El texto se explaya desde los orígenes de las bibliotecas hasta lo particular en la Biblioteca de Mayo (razón de la tesis doctoral del autor) y la creación de las bibliotecas populares argentinas en 1870 para ilustrar “la amplia concepción política de las bibliotecas y de las prácticas lectoras” y desde allí preguntarse en qué momento la profesión bibliotecaria dejó de considerar político su desempeño. Se interna así en los debates que, según señala, fueron despolitizando sus prácticas. Reconstruye además la influencia de los Estados Unidos en la configuración moderna de la bibliotecología en América Latina a través de la American Library Association, aunque advirtiendo que, por lo menos en Argentina, a partir de los años 1960 hubo un giro hacia la escuela francesa promovido, entre otros, por Roberto Juarroz (extraña aquí que el autor no mencione como parte de su argumentación las tensiones a las que estuvo sujeta la Escuela de Bibliotecarios primero, y luego la carrera de grado, particularmente en los efervescentes años sesenta y setenta, como bien reconstruye en su tesis recientemente defendida Leonardo Silber, período sumamente politizado tanto en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires como en la carrera, en ese momento gestionada por el “Departamento de Ciencia de la Información”).  La introducción histórica le da pie a Parada para continuar con una propuesta todavía más audaz que la del capítulo anterior sobre el rol político y social a que están llamados los profesionales en su responsabilidad de bregar por la inclusión y los derechos de los individuos. Para él, resulta indispensable “tener una voz en la biblioteca pública” que se libere de “retóricas ortodoxas”, que poco favorecen a la hora de pensar la función social de las bibliotecas y el mandato de pluralidad con que nacieron, y asistir a la “elaboración de un plan medular de acción política para lograr una mayor democratización de sus servicios” (cursivas en el original).  Este tópico es el que anuda en el capítulo siguiente, donde avanza sobre los requisitos mínimos inclusivos que deberían tener en cuenta tanto las bibliotecas como los profesionales que las administran, quienes podrían cumplir un rol de “mediadores sociales activos”, en “aras de una universal inclusión”

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