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ENTRE EL PACÍFICO Y EL ATLÁNTICO
Todo comenzó a tener visos de noticia insólita. El presidente nicaragüense Daniel Ortega invitó a su contraparte estadounidense Barack Obama, con quién no tiene una buena relación, a que incite a los inversores norteamericanos para que se adhieran al proyecto de construir un nuevo canal que uniría las dos costas y competiría con el Canal de Panamá, inmerso en una multimillonaria ampliación. A pesar del cuestionamiento de la oposición nicaragüense, Ortega firmó un pre-contrato de concesión de una duración de medio siglo con China. La historia parecía repetirse, aunque todo parecía un trueque entre los territorios de Nicaragua y Panamá, donde precisamente se está procediendo a la ampliación del canal interoceánico.En este contexto, a un lado y al otro de Centroamérica, cuatro países con costas en el Pacífico (Chile, Colombia, Perú y México) han decidido reforzar su Alianza, que ya atrae la atención de Costa Rica y Uruguay como observadores, con el interés insólito de España, y otros países ajenos al continente. El asunto tiene los síntomas de epidemia. Amenaza con dejar de ser una moda pasajera. Se está instalando tenazmente. El Océano Pacífico se ha apoderado de los medios de comunicación y aparece en persistentes declaraciones de políticos y comentaristas. Todo se enmarca también en la imparable fiebre de construcción de esquemas regionales de lo que con candorosa alegría se llama “integración”.Paradójicamente, al tiempo que se tienen serias dudas de la supervivencia del euro y de la propia Unión Europea y de la misma Europa, se alardean experimentos a los que como carta de presentación se le agrega el pedigrí de inspirarse en el modelo de la Unión Europea. Así, por ejemplo, se celebra este año el medio siglo de existencia de la Unión Africana, admirable idea que desaparece en cuanto una crisis seria se asienta en un dúo o trío de sus componentes. El último problema relevante ha sido el de Mali, apuntalada por la Legión Extranjera de Francia.Al otro lado de Europa todavía no se ha descifrado qué es la Unión de Euroasia, más allá de una mascarada de la Rusia nostálgica de su pasado soviético para dominar a sus vecinos descarriados. Si a éstos les dieran a eligir libremente entre Moscú o Bruselas, la decisión sería una emigración masiva a la Grande Place. Lo vergonzoso es que el gobierno ruso vende esa idea de “integración”, siguiendo el modelo de la Unión Europea.Entretanto, con cierta resignación y aplicación los países del istmo centroamericano se han puesto mínimamente de acuerdo para firmar un Acuerdo de Asociación con la Unión Europea. En esta peculiar carrera han superado a los gigantes de la Comunidad Andina y el MERCOSUR. Mientras, en el verdadero Atlántico Norte (como reza el nombrecito de la OTAN) se alza el proyecto de un ambicioso acuerdo de libre comercio (y de inversiones) entre la Unión Europea y Estados Unidos, que se hará sentir como un gigante imán en Canadá y México.Por lo tanto, si todas las predicciones se cumplen, por las leyes darwinianas de la integración solamente quedará la ampliación de NAFTA hacia Europa y la Alianza del Pacifico. Desaparecerán los restos de MERCOSUR, carcomido por las rencillas internas y el virus del populismo interior y procedente del ALBA chavista en declive, y la Comunidad Andina. Pero también quedará Brasil que, si no tiene garantizado el liderazgo, no se casará con nadie. Pero, ¿es todo esto “integración” siguiendo la inspiración de la Unión Europea?Antes de indagar sobre una posible respuesta a esta pregunta que se evita frecuentemente, conviene aclarar qué (a pesar de todas las dificultades, retos y amenazas) se debe entender como “integración” en la senda de la Unión Europea, y qué simplemente debe ser considerado como cooperación económica e incluso política de diverso grado. En primer lugar, se debiera asumir la consideración de la tradicional escala que comienza con una zona de libre comercio, sigue con una unión aduanera, se refuerza con un mercado común, y ya en un golpe de decidida audacia se respalda con una unión económica/monetaria, para finalmente en el paroxismo del entusiasmo se sublima en una unión política. Ninguno de los esquemas mencionados supera, ni siquiera en un plano teórico, el rigor del “mercado común”. El Mercosur está zapado de “perforaciones” tarifarias, la Comunidad Andina de Naciones ha sido incapaz de presentar un simple frente común al exterior más allá del admirable edificio jurídico, y el ALBA no ha superado la estrategia del trueque y las dádivas (interesadas) de Venezuela. Ninguno responde al mandato de las cuatro “libertades de movimiento”: bienes, capitales, servicios, y personas. La libre circulación de la fuerza laboral es una quimera, excepcionalmente respetada en contados escenarios.Ahora el misterio reside en la actuación de la Alianza del Pacífico, apoyada por la necesidad de responder a los retos asiáticos. Obsérvese que es precisamente Estados Unidos el que mayor atención presta al nuevo escenario, como si se tratara de concentrar su flota de guerra en un Pearl Harbour seguro. Pero con el renovado vínculo con Europa, en espera del programado Acuerdo de Libre Comercio e Inversiones, guarda celosamente la ropa mientras nada en las inciertas aguas engañosamente “pacíficas”.Entonces, de estos esquemas el que sigue teniendo la base más sólidamente anclada por la historia, el comercio, las lenguas, el derecho, las migraciones, y el deseo de futuro, es el triángulo formado por Europa, Estados Unidos/Canadá y América Latina. Es el único bloque que cimentado por su pasado puede enfrentar el incierto futuro de los retos presentados por otras regiones y coaliciones de BRICS, emergentes y continentes sin amalgama. De ahí que el entusiasmo canalero de Nicaragua sea simbólico de un deseo centroamericano de servir de vínculo entre los dos océanos, sin perder de vista la senda hacia el Caribe que apunta hacia Europa. Joaquín Roy es Catedrático ‘Jean Monnet’ y Director del Centro de la Unión Europea de la Universidad de Miami [email protected] www.as.miami.edu/eucente
EVOLUCIÓN DE LA ECONOMÍA COLOMBIANA EN EL PERÍODO 1990-2010 - Parte II
Frente a la bonanza de comienzos de los 90’, se generó una ceguera generalizada que hizo inevitable el desmoronamiento por el que pasó la economía colombiana en los últimos años de la década. Tal debacle fue la consecuencia de la combinación de distintas circunstancias.Como primera razón, es importante destacar que no todos los efectos positivos que se dieron a principios de los años noventa fueron consecuencia de las reformas para la apertura económica. En este sentido, el crecimiento del 4,5% anual en los años 1990-1995 del sector de bienes de consumo estuvo sustentado por el mercado nacional. Lo mismo puede decirse del sector industrial, para quien los consumidores nacionales representaron un 5.7% de la demanda necesaria para su crecimiento del 3.6% anual, mientras que las exportaciones representaron sólo un 1.3%. Además, durante el período de mayor crecimiento de la economía se vio un mejor desempeño relativo de sectores no transables (como el de servicios).Otro factor que a largo plazo devino en causa de la crisis económica fue el alto grado de endeudamiento del sector privado luego de los primeros años de bonanza, resultado de la masiva expansión de préstamos bancarios a baja tasa de interés. Los inversores nacionales, al tener mayor capital para invertir y menos trabas para importar, contribuyeron a que el aumento en las importaciones fuera tal que provocó una revaluación de la moneda y estancamiento de las exportaciones. El crecimiento de las importaciones fue tal que entre 1990 y 1996 vio un salto del 33%, llegando a picos de hasta 1100% entre 1992 y 1993(Federal Research Division, 2007). Incluso sumado a las importaciones, los inversores colombianos se endeudaron a través de la compra de inmuebles y acciones locales (públicas y privadas). Como consecuencia, el valor de los primeros aumentó en un 10% y el precio real de las segundas se multiplicó ocho veces en el lapso de 1990 a 1994(Echavarría, 2001).Como respuesta a estas nuevas tensiones y respondiendo a sus obligaciones constitucionales, el Estado también se vio involucrado en los procesos previos a la recesión. El objetivo de la Reforma constitucional de 1991, en lo que refería a la función del Estado, era garantizar una transición controlada hacia un sistema de economía de mercado y proveer de apoyo a los sectores sociales más vulnerables tras el período anterior de guerrilla, donde la ausencia de la presencia estatal había impedido un buen desempeño económico (Echavarría, 2001). Sin embargo, las consecuencias de esta expansión de la presencia pública en los municipios no logró esos resultados.La delegación de funciones a sectores menores de la administración central exigía ir de la transferencia de un 36.5% del presupuesto estatal en 1993 a un 46.5% en 2002. Para ello, y en oposición con la filosofía económica liberal, se llegó a una mayor presencia estatal en la economía. Para recaudar lo necesario para la ejecución de los nuevos programas sociales de educación y salud, se comenzó con el aumento del volumen de empleados públicos y tributación (un aumento de alrededor del 20%). Sin embargo, como no alcanzaba para cubrir todos los gastos se fue dando un aumento en el déficit que se incrementó hasta llegar a ser el mayor de la región con un 5% del PBI en 1998. Para intentar mejorar su situación, el Estado se convirtió en un actor relevante en la economía, en términos de consumidor como de inversor. Así, paso de representar el 11.3% al 20% del total del consumo del mercado en 1997, y un 34.1% de la inversión. Vale destacar como comparación que el promedio en América Latina para el consumo público era del 15% y de inversión de 28,6%(Echavarría, 2001).Para esta época, ya pasada la mitad de la década, el sector privado había perdido su fuerza y relevancia en la economía colombiana tanto por el endeudamiento como por el desplazamiento al que el sector público lo había forzado. El sostenido crecimiento económico se desaceleró, y frente a la necesidad de ingresos para llevar adelante sus programas el Estado se vio obligado a recurrir a financiación por parte de fuentes menos confiables, nacionales y extranjeras, que cobraban altas tasas de interés.(Echavarría, 2001). Esto, a su vez, lo volvió más involucrado y dependiente de las tendencias internacionales, que lo terminaron llevando a una profunda crisis.Pero antes de referirnos a este impacto, es necesario destacar el papel del petróleo en la economía colombiana y su participación en los procesos de la época. El hallazgo de nuevas reservas de petróleo en 1993 impulsó un crecimiento de la industria, en parte gracias al ingreso de capitales extranjeros buscando invertir en las plantas. Esto tuvo dos grandes consecuencias. En primer lugar, la apreciación de la moneda nacional en el mercado de cambio internacional y, en segundo lugar, la asociación de Colombia a la red comercial internacional.Esto se vio reflejado cuando en 1999 Colombia entra en una crisis de tal magnitud que su PBI llega a una caída de -4.3%. Para ello, se combinaron por un lado los factores antes mencionados que debilitaban la economía con el aumento de las tasas de interés a los préstamos del Estado y la revaluación de la moneda (Echavarría, 2001). A su vez, la situación en las economías asiáticas actuó como desencadenante final. Estas economías emergentes se caracterizaban por vincularse principalmente a los sectores especulativos, como el inmobiliario y de bolsa, con inversiones masivas pero sin garantías institucionales de protección sólidas. Los gobiernos de la región buscaron adoptar medidas para aumentar la seguridad de los capitales, que generó una revaluación de la moneda nacional y un posterior incremento de las tasas de interés al que recurrieron inversores con préstamos a corto plazo. A pesar de la vulnerabilidad que esto provocaba para estas economías, en la medida que los inversores confiaban en la protección de su gobierno no hubo desestabilizaciones. Sin embargo, se expandió una desconfianza hacia ellos que generó la fuga de capitales que se expandió al resto de los países subdesarrollados, entre los que obviamente se incluye Colombia(Uribe Medina, 2011).Pese a esto y las dificultades que implicó durante el año 1999, Colombia comenzó el nuevo siglo con buenos perspectivas de recuperación económica. La principal razón para esto es el tratado que el país firmó con el Fondo Monetario Internacional. La decisión de recurrir al organismo internacional se tomó al ver la necesidad de reforma de la economía para evitar nuevamente los desajustes por los que pasó el país en la década, para lo cual se necesita capital adicional. Es así que el gobierno colombiano se compromete a cumplir las condiciones que el FMI propone a cambio de un préstamo de US30 a US$100(Kalmanovitz, 2004).La nueva bonanza permitió que el gobierno disminuyera gradualmente su deuda externa, gracias a la combinación del crecimiento del PBI y revaluación de la moneda por el cambio de valor de los términos de intercambio.La crisis de 2008 y su impactoEl crecimiento de la economía colombiana se prolongó hasta 2007 y la confianza contribuyó a una gran demanda de préstamos bancarios. Las dificultades se presentaron en 2008, cuando se desencadenó la crisis financiera en el hemisferio norte y sus consecuencias implicaron un decrecimiento para Colombia.A pesar de esto, el país pudo afrontar los vaivenes externos de mejor manera que en la crisis de 1999. En primer lugar, porque la deuda pública venía disminuyendo paulatinamente. Además, la adopción de medidas anti-cíclicas previas al comienzo de la recesión de 2008 generó que el impacto que sufrió Colombia fuese menos significativo. Por ejemplo, se redujo el gasto público a pesar de atravesar un periodo de crecimiento constante del PBI. Otra razón importante radica en la modificación del tipo de cambio. Mientras que en la década de 1990 era rígida, la adopción de una tasa flexible brindó una mejor adaptación a los cambios financieros globales y evitó un despegue de la inflación (Uribe Medina, 2011). Este cambio de políticas y readaptación de la postura del Estado en relación a su gasto y funciones refleja la culminación de un proceso de análisis y reflexión de las consecuencias padecidas por recesiones anteriores en búsqueda de nuevas y mejores alternativas para evitarlas.Pero Colombia no logró ser inmune a la crisis y nuevamente el sector petrolero fue clave en ello, principalmente por el déficit de ahorro de sus ingresos. Este sector amplió las dimensiones de la población endeudada gracias al boom previo de préstamos bancarios, que llevaron a que el crecimiento económico potenciado por el comercio exterior se viera mermado.
Situación actual de la economía y problemas a enfrentarEn 2012 la economía colombiana presentó un crecimiento anual del 4.3% anual, posicionándolo en el puesto 75° en comparación con el resto del mundo según la base de datos de la CIA (CIA, 2013). Sin embargo, aunque no sea una cifra despreciable considerando que las consecuencias de la crisis de 2008 siguen afectando a ciertos países (incluso los más poderosos), hay problemas que Colombia debería afrontar para asegurar un futuro próspero. En este sentido, existe una alta tasa de desempleo que llega al 10% de la población, un porcentaje del 34% de la población que vive bajo la línea de pobreza y una deuda pública que alcanzó el 40% del PBI en 2012 (CIA, 2013).Una estrategia para superar esta situación puede ser incentivar el comercio. Sin embargo, teniendo en cuenta los estudios del WorldEconomicForum y su “Índice de competitividad”, hay factores importantes que desestimulan la inversión extranjera en la economía nacional.Teniendo este índice como referencia, lo que más dificulta el aumento de nuevos capitales que intervengan en los procesos económicos es la corrupción (calificado como 18 en una escala de 30). En segundo lugar se encuentra la ineficiencia de la burocracia gubernamental con un ranking de 12 en la misma escala.En tercer lugar aparece la infraestructura, calificándose la colombiana con un 3 en una escala que llega hasta el 7. Además, es destacable la relevancia de la informalidad, que en Colombia alcanza el 40% de la actividad económica y cerca del 60% del empleo. Por su parte, la evasión fiscal es uno de los mayores problemas. Con el fin de mejorar dicho problema, Colombia debería aumentar la flexibilidad del mercado laboral a través de la reducción de impuestos y el costo del empleo. Finalmente, tienen un peso relativo importante la delincuencia. A pesar de que el nivel de inseguridad ha disminuido en los últimos años, se mantiene con un valor de 7.8 en la escala de 30 puntos (World Economic Forum, 2012)
“UN G-20 TENSIONADO”
En los últimos años se han sucedido un número significativo de reuniones del G-20 y ninguna de ellas pudo se calificada de particularmente armoniosa. Nada de sorprendente hay en ello, en última instancia, las reuniones internacionales de este tipo se justifican por la existencia de conflictos reales y, muchas veces, altamente significativos. Aunque hay un público siempre listo para criticar estas convocatorias -(sea porque las asimilan tontamente a una forma de “inacción“ política, sea porque entienden, en código populista, que son “gastos“ que los ciudadanos no deben pagar)-, lo cierto es que las reuniones internacionales, multi o bilaterales, forman parte de la fisiología normal de la vida política internacional, en su versión más civilizada, la diplomacia. Dicho esto, no es menos cierto que la reunión del G-20 que acaba de concluir en San Petersburgo, donde concurrieron las 20 potencias más relevantes del planeta, más un número muy grande de países “invitados” y de instituciones altamente relevantes, no solamente fue relativamente tensa, en los hechos terminó con resultados muy pobres y fundamentalmente relacionados a temas secundarios de la agenda. Además, por la vía de los hechos, concluyó con la consolidación de una profunda división, aparentemente “tripartita”, entre los asistentes en lo que hace al problema medular que marca a fuego la actual coyuntura internacional: la crisis en Siria. Aunque es cierto que los dos grandes líderes enfrentados, Barack Obama y Vladimir Putin, hicieron equilibrios laboriosos para sostener un clima de cordialidad mínima, no es menos cierto que un agudo periodista ruso dio en el clavo cuando dijo: “Este G-20 tuvo lugar porque lo salvó el Parlamento británico con su voto contra Cameron”: era obvio que Putin no hubiese podido recibir a Barack Obama y a las potencias occidentales ya en vías de lanzar el castigo contra Siria. En todo caso el documento de clausura de la Conferencia aporta, en primer lugar, información sobre algunos vagos acuerdos en temas relativos a la importancia que los asistentes le dan al tema de retomar el crecimiento económico -(aún no claramente restablecido en las economías desarrolladas y cada vez más balbuceante en los países emergentes)-, insistiendo, mediante el recurso a una retórica ya más que desgastada, en la necesidad de crear empleos bien remunerados, productivos y de calidad, en especial para la población joven. En segundo lugar, la declaración final tiene, sin embargo, un poco más de concreción en lo que hace a la voluntad de impulsar la coordinación internacional en el combate al fraude y a la evasión fiscal y una mención a comenzar a regular el sector bancario “gris”, lo que requerirá el montaje de un sistema internacional “automático” (¿?) de intercambio de datos fiscales que debería estar operativo hacia finales del año 2015. Que este punto haya sido tratado y aprobado en San Petersburgo, en Rusia, no deja de ser tragicómico. Todos sabemos que en todas partes “se cuecen habas”, y que se pueden encontrar irregularidades en todo tiempo y lugar, pero si hay un país que no respeta nada parecido a algún tipo de regulación financiera internacional, si hay una clase empresarial corrupta y filo mafiosa en el mundo que utiliza sistemáticamente el crimen organizado para fines empresariales, esa es la clase de los “nuevos ricos rusos”, criados a la sombra del poder, por ahora interminable, de la troika Putin, Medveded y Gazprom. En consecuencia, de este segundo punto, sólo cabe esperar que la oligarquía rusa (y, más discretamente, los jerarcas del Partido “Comunista” chino y de muchos otros países emergentes) continúen sus conocidas andanzas mientras impulsan declaraciones “anticorrupción” cuyos efectos se aplican, casi exclusivamente, a los países menos poderosos. En tercer lugar, se hizo referencia a algunos aspectos monetarios que también agitan la coyuntura. La previsible modificación de la política expansiva y de tasas de interés bajas de la Reserva Federal de los EE.UU., que está en buena medida detrás de la balbuceante salida de la recesión de muchas economías en la actualidad, preocupa a casi todos los ministros de Hacienda de las economías más significativas. En otros términos, mientras que, como veremos en el punto siguiente, en materia política y militar soberbios y principistas presidentes, celosos defensores de soberanías nacionales a veces muy poco dignas, entienden que los EE.UU. no deben auto-adjudicarse un papel de relieve en la toma de decisiones de la Comunidad Internacional, en materia financiera los ministros de economía de esos mismos países suplican que la previsible alza de tasas de interés que prepara el Reserva Federal les sea previamente comunicada y “calibrada con prudencia”, -(como si la decisión de subir su tasa de interés no fuese una decisión soberana de los EE.UU.)-, porque saben que, en muchos casos, cuando llegue ese momento, se acabará la fiesta y las posibilidades de jugar a ser potencias emergentes, salvo en uno o dos casos, pasarán a mejor vida. Pero el ya mencionado bloqueo de la reunión se transformó en una verdadera fractura política en lo que concierne al tema álgido de la agenda: la guerra civil en Siria, el uso de armas químicas casi seguramente por parte del régimen de Bachar el-Assad y la voluntad abiertamente exhibida por los EE.UU. y Francia de proceder a una intervención punitiva en ese país por el uso de armas químicas y las masacres sistemáticas que el Assad lleva a cabo sobre su propia población. Con el campo occidental, y con la necesidad urgente de castigar al régimen alauita, se alinearon, además de los dos mencionados, Arabia Saudita, Australia, Canadá, Corea del Sur, Italia, Japón, el Reino Unido, Turquía y España. A este grupo vino a agregarse, algo sorpresivamente y a último momento, Alemania, llevando a 12 el número de países que entiende que algo debe de hacerse y rápido. Pero, aunque estos 12 países son altamente relevantes cada uno de por sí, y todavía más tomados en conjunto, aún así este resultado para Barack Obama era un resultado más bien pobre porque, a su vez, Rusia y China, lograron también un bloque en una postura exactamente contraria. Es obvio que Rusia y China, que tienen totalmente paralizado el funcionamiento del Consejo de Seguridad desde hace mas de dos años -(en última instancia, bñoquean el funcionamiento del único instrumento que puede introducir algún elemento de juridicidad en el terreno internacional)-, se apresuraron a construir inmediatamente una “coalición” contraria a todo castigo a Siria, con el apoyo de estados cuyas políticas exteriores, en su mayoría, recurren sistemáticamente al terrorismo, como Irán, y a los emergentes “segundones” de la firma “BRICS” (Brasil y Sudáfrica) que, convencidos de que sí importan internacionalmente, no pierden oportunidad de aliarse con Irán algunos, con Zimbabwe otros, terminando así enrolados con las peores compañías y renegando de sus mejores tradiciones. Es importante destacar que hubo en San Petersburgo una tercera posición, integrada por una decena de países que se aferraron a la muy respetable postura de abstenerse y no tomar partido en un tema cuya complejidad el lector conoce ampliamente, y ello respondiendo a una profusa diversidad de razones nacionales que no hacen al tema analizado en esta nota editorial. En reunión posterior, llevada a cabo inmediatamente después de concluida la conferencia del G-20, el sábado 7, en Vilnius, Lituania, entre John Kerry y los Ministros de Asuntos Exteriores de los 28 países de la Unión Europea, algunos nuevos pasos se dieron en el sentido de hacer avanzar las diferentes propuestas que entienden que es necesario sancionar de alguna manera al régimen de Bachar el-Assad. Hacia la tarde de ese mismo sábado, Catherine Ashton anunciaba un acuerdo generalizado entre todas las partes pero, expresado en términos tan meticulosamente medidos que su eficacia quedó parcialmente erosionada. Los EE.UU. y la UE acordaron que había “fuertes presunciones“ de que el utilizador de las armas químicas el 21 de agosto había sido el régimen sirio, que debería esperarse el informe final de los inspectores de las Naciones Unidas que concurrieron al lugar de los hechos y que, sobre esta base, recién se decidirían las características de la “fuerte respuesta” que la actitud del gobierno sirio eventualmente merecía. Es de hacer notar que en Lituania, además de Francia, Dinamarca reclamó abiertamente -(y por primera vez)- que se procediese a castigar militarmente a Siria. Aunque el resultado final de la reunión de Vilnius fue más bien proclive a la postura estadounidense, su efecto fue marginal y solamente confortó en algo al Presidente Hollande que hubo de sentirse algo menos solitario en el seno de la Unión Europea. En paralelo, mientras la OTAN toma fuertes y activas medidas de defensa abierta de su principal socio en la región, Turquía reclama, no solamente la intervención sino, también, el ataque directo al régimen de el-Assad y su derrocamiento. La OTAN, según las declaraciones de Rasmussen, sin alinearse con la posición turca, piensa que los ataques con armas químicas no pueden quedar impunes. En resumen, la diplomacia he llegado a un “impasse” del que no parece poder desembarazarse fácilmente. Seguramente, Obama deberá emprender inmediatamente el laborioso camino de obtener la luz verde de su propio Congreso y quizás, durante ese forzado interludio, algo permita destrabar el bloqueo que se hereda de San Petersburgo. En todo caso, algo de eso parece estar en marcha. En vísperas del cierre de nuestra edición, los EE.UU. procederán a un voto preparatorio, y esencialmente procedimental, en el Senado el día miércoles 11. Ante esta perspectiva, Moscú, en la madrugada del martes 10, propuso intentar de convencer al régimen de Bachar el-Assad de entregar la totalidad de su arsenal de armas químicas a la Comunidad internacional. Todo esto parece particularmente difuso y poco realizable en plazos razonables. Evidentemente, esta triste historia está lejos de ver el final
EL CONSTRUCTIVISMO: SU REVOLUCIÓN ONTO-EPISTEMOLÓGICA EN LAS RRII - Parte III
La revolución onto-epistemológica del constructivismo En los dos artículos anteriores, nos hemos remitido a señalar tan sólo algunas de las condiciones exógenas y endógenas que propiciaron la emergencia de la teoría constructivista en las Relaciones Internacionales. Ahora bien, en vista de ello, es válido preguntarse cuáles son efectivamente los aportes específicos del constructivismo al análisis de las relaciones internacionales que constituyen renovación de la disciplina. Algunos de ellos ya los hemos adelantado. Pero quizá, el aporte más importante sea lo que llamaremos su revolución “onto-epistemológica”. Utilizamos ese término porque el constructivismo supuso ciertamente una doble innovación: tanto a nivel ontológico, a saber, a nivel de su concepción de cómo es la realidad (social), como a nivel epistemológico, esto es, a nivel de si se puede o no conocer esa realidad y, en caso afirmativo, de qué manera. Ontología La revolución ontológica más importante del constructivismo con respecto a las teorías predominantes hasta su aparición es, como ya hemos mencionado, el reconocimiento expreso de que la realidad social no es sino una construcción intersubjetiva. El realismo y, en menor medida, el liberalismo funcionaban sobre la base de una ontología realista, prohijada del positivismo, según la cual la estructura de la realidad era de pleno accesible por los sentidos y fácilmente asible por la conciencia, método científico mediante. No obstante, el constructivismo, en el fondo, por lo que tiene de idealista, rechaza esa concepción objetivista de la realidad por considerarla ontológicamente más compleja. Pero entiéndase bien: que el constructivismo crea que el mundo social no está dotado de una objetividad maciza y transhistórica sino que es configurado por las prácticas sociales y por las ideas no quiere decir que el mismo incurra en el extremismo de un idealismo absoluto que no reconozca nada más allá de los propios contenidos mentales o de las propias prácticas sociales. Si el mundo internacional del realismo y del liberalismo era uno donde las condiciones materiales se imponían indefectiblemente a los Estados, al punto el mundo social era casi que un mero reflejo del mundo material, el mundo internacional del constructivismo es principalmente uno en donde el mundo de lo social ejerce la predominancia. En esas concepciones, que muestran una preferencia o bien por el mundo material o bien por el mundo social, se vislumbra aquella decisión ontológica que distingue al constructivismo de las demás teorías de las relaciones internacionales.En este punto,es preciso aclarar que la revolución constructivista no consiste en negar la importancia de la materialidad y de sus evidentes constricciones, mucho menos en negar la existencia de un mundo exterior independiente de toda construcción social. El constructivismo no es, de ningún modo, un solipsismo. La revolución consiste, más bien, en señalar que esa materialidad no determina linealmente el comportamiento de los Estados y/o de los demás actores internacionales. Con ello, queremos decir que, ante todo, el constructivismo quiere dejar de pensar el funcionamiento de la realidad social en los rígidos términos de causa y efecto, de estímulo y respuesta, como había hecho hasta entonces el positivismo y, por extensión, el realismo, ya que dicho modelo que no admite ningún tipo de desviación o de excurso. Dicho de otro modo: el constructivismo quiere romper con el acendrado determinismo ontológico del realismo porque el mismo no deja espacio alguno para la libertad. En efecto, contra ello, el constructivismo argumenta que así como existe una estructura material que ciertamente constriñe a los actores a tomar determinadas rutas de acción, así también existe una estructura ideacional, formada por las prácticas sociales y los discursos, que son esencialmente libres y espontáneos, y que otorgan una determinada identidad a los Estados, enmarcando así sus posibilidades de acción. En ese sentido, es oportuno dejar en claro que el constructivismo es, a la vez, idealista e ideacionista. Idealista en el sentido de que cree en que la conciencia coparticipa activamente en el conocimiento del mundo y de que es imposible una tajante distinción ontológica entre mente y realidad. E ideacionista porque cree que la influencia de las ideas es tan o más importante para comprender la estructura internacional y sus desarrollos históricos que la materialidad pura y dura, como defendía, a grandes rasgos, el realismo y, en menor medida, el liberalismo, pasando así por alto la diferencia ontológica que, según el constructivismo, existe entre el mundo natural y el mundo social. En última instancia, estas diferencias enraízan en una concepción distinta de la naturaleza humana, que siempre funciona a modo de zócalo, sea explícito o implícito, de todas las teorías de relaciones internacionales. Precisamente, mientras el realismo opera con una imagen del hombre que pone el acento en sus dimensiones biológica y racional, el constructivismo, adoptando una postura decididamente existencialista, es reticente a afirmarse en una concepción esencialista de la naturaleza humana. Y ello por la sencilla razón de que cree que el hombre, ontológicamente hablando, no está determinado a priori por ninguna esencia que lo anteceda sino que es él mismo quien se forja libremente a través de sus proyectos (existenciarios) y, en especial, a través de los proyectos intersubjetivos que emprenda. En ese sentido, el constructivismo es claramente afín a aquella sentencia sartreana de que la “existencia precede a la esencia”. Ahora bien, aunque para la realización de sus proyectos, el hombre es libre, no lo es enteramente. De nuevo el constructivismo evita caer en los extremos: a saber, no es un voluntarismo. En efecto, reconoce que esos proyectos quedan acotados por las estructuras materiales y/o intersubjetivas dadas de antemano y que los actores no tienen más remedio que aceptar. Claro que aceptar no quiere decir someterse pasivamente: significa, más bien, que será a partir de ésa plataforma ya constituida que los actores podrán desplegar sus posibilidades. Obviamente que esto, que es válido para el individuo, lo es también para los Estados, a los cuales el constructivismo toma como unidades (culturales) esenciales, base del sistema internacional. Ciertamente, la anarquía estructural, las instituciones internacionales, los discursos hegemónicos y la distribución del poder constituyen el tejido de condicionantes materiales e ideales que simplemente se imponen. No obstante, para el constructivismo, los Estados tienen un margen de libertad para transformar esa realidad que viene ya constituida en algo nuevo; claro que siempre manteniéndose dentro de las constricciones que ese punto de partida ha establecido irremediablemente. Pongámoslo de otro modo: si el realismo había imaginado una estructura objetiva y, por ende, rígida y fija, de la cual los Estados no eran sino una simple correa de transmisión, el constructivismo imagina una estructura plástica e histórica, que puede ser modelada por la libertad de los actores en sus interacciones. Desde el punto de vista ontológico, para el constructivismo, la anarquía política estructural del sistema internacional en sí misma, no significa nada y, en consecuencia, no puede determinar nada para los actores que se encuentren circunscriptos en ella, como piensa el realismo. Es que, para los constructivistas, hasta antes de pasar por el tamiz de la intersubjetividad, de la representación discursiva y de la construcción imaginaria, la anarquía simplemente “es”: está, desde el punto de vista normativo y/o simbólico, completamente vacía, tanto como la famosa tabula rasa de Locke. Solamente en la medida en que esa estructura conceptualmente desnuda se haga depositaria de algún tipo de contenido semántico o ideacional es que podrá entrar en el mundo de los significados y cobrar así relevancia para los actores que en ella se muevan. Mientras ello no suceda y permanezca ontológicamente indeterminada, la anarquía es sólo una potencialidad. Únicamente a través de los contenidos simbólicos generados a partir de la intersubjetividad podrá imprimírsele a esa estructura objetiva un ethos particular. De allí precisamente el famoso adagio de Wendt, otra vez de fuerte reminiscencias sartreanas, en donde afirma que la “anarquía es lo que los Estados hacen de ella”, y con el que el autor no hace sino subrayar la elasticidad intrínseca de todo lo que el realismo y el liberalismo, atrincherados en el paradigma objetivista del positivismo, habían tenido por “dado” y “vinculante”. En realidad, hay que decir esta concepción ontológica del constructivismo, tanto en su versión sociológica como internacionalista, no es radicalmente nueva. Aunque no lo señalen expresamente, es notorio que el constructivismo tiene claras resonancias kantianas pues su propuesta no trabaja con noúmenos, esto es, con realidades “a secas” a las que se puede acceder límpidamente, sino con fenómenos, es decir, con hechos procesados por las matrices conceptuales y categoriales de la consciencia, por los aparatos de percepción sensorial, llámense los sentidos, y principalmente por las construcciones sociales y culturales, en las que se incluyen tanto las discursivas, las imaginarias como las históricas. En otras palabras: para el constructivismo, desde el punto de vista ontológico, no hay hechos –o, más bien, estos no sólo serían inaccesibles sino también irrelevantes para su teoría– solamente representaciones de esos hechos y a ellas es a lo máximo a lo que se puede aspirar, epistemológicamente hablando. De esa forma, esta corriente logra trazar una línea entre lo que es el objeto en sí y lo que es el objeto de conocimiento, el cual se torna inteligible en la medida en que se exponga en el marco de las prácticas culturales. Por otro lado, en el constructivismo se deja entrever también, y valga el excurso, una influencia, tal vez no directa pero claramente constatable, de Johann G. Herder. En efecto, este filósofo alemán, reaccionando contra el cientificismo desenfrenado de la Ilustración, inauguró la tradición hermenéutica, el historicismo y los abordajes lingüísticos, concepciones epistemológicas y metodológicas que evidentemente constituyen el patrimonio teórico del constructivismo. Más aún, el acápite de este trabajo intenta poner de relieve que fue Herder de los primeros en visualizar al mundo social como una construcción subjetiva más que como otro ente natural, impulsando así lo que se convertiría luego en las Geisteswissenschaften,que serían contrapuestas, bastante artificiosamente, a las Naturwissenschaften promulgadas por la Ilustración. Epistemología Amparado en esa ontología que venimos de describir, el ejercicio constructivista par excellence –muy similar, por cierto, al de deconstrucción de Derrida, implícito ya en la hermenéutica heideggereana– consiste en desmontar, una por una, todas esas determinaciones que se consideran producto de la estructura material y descubrir detrás de ellas lo que éstas tienen de construcción social. Así opera, por ejemplo, con el concepto de self-help, el cual, según el realismo, se deriva directamente de la situación de anarquía. Sin embargo, lo que el realismo ve como una realidad que no podría ser de otra manera en virtud de la estructura objetiva imperante, para el constructivismo no es sino, y como repite Wendt, una mera institución, forjada históricamente a partir de las interacciones y convenciones intersubjetivas que son contingentes. Pero que el realismo confunda lo que es una creación social artificial con determinante material, que sería de la anarquía, no le resulta extraño al constructivismo. Y ello porque la repetición de ciertas prácticas sociales lo que hacen es afirmar y reafirmar las instituciones artificiales que configuran el mundo social hasta el punto de reificarlas y generar el espejismo de ser realidades naturales. Es justamente por esa vía de la repetición que la techné se camufla en physis y ha engañado, para el constructivismo, tanto la ontología como la epistemología del realismo y del liberalismo. En este punto, no se puede dejar de notar que la crítica constructivista a las teorías clásicas de relaciones internacionales es verdaderamente demoledora pues allí donde éstas dicen lidiar con estructuras de la realidad “en sí”, el constructivismo no ve sino el reflejo de los contenidos proyectados por los acuerdos intersubjetivos. Peor aún, principalmente el realismo había creído que era posible estudiar las relaciones internacionales situándose por fuera de ellas. Su modelo era el modelo positivista del observador no observado. Sin embargo, el constructivismo acusa al realismo de haberse constituido en uno de esos mecanismos reproductores de prácticas sociales. En particular, el realismo habría apuntalado ideológicamente a los conceptos de soberanía e interés nacional, que son el fundamento de las relaciones internacionales actuales. Visto de ese modo, para el constructivismo, si hasta ahora el realismo ha sido efectivo en la descripción de las relaciones internacionales no es porque, como alega, haya tenido un acceso privilegiado, digamos “límpido”, a una hipotética estructura objetiva de la realidad sino porque su discurso se ha vuelto precisamente el discurso hegemónico y, por medio de él, ha terminado por imponer, de manera subrepticia, el esquema determinista que aduce sólo estaría extrayendo de la realidad. En ese sentido, el realismo, muy a pesar de su pretendida vocación científica, tendría una fuerte faceta teleológica, en la medida en que sería el paladín (inconsciente) de una determinada estructura ideacional, que gobernaría el desarrollo de las relaciones internacionales tanto como la estructura anárquica. Lo que sucede es que para el constructivismo, la teoría realista no es, como pretende ser, un conjunto de enunciados constatativos, de meras proposiciones analíticas, sino de enunciados performativos. Y allí yace justamente otro de las grandes “rupturas” onto-epistemológicas del constructivismo. Mientras el neorrealismo y el neoliberalismo, y en especial el primero, apuntaban a producir teorías libres de todo contenido normativo, esto es, teorías puramente descriptivas, el constructivismo descarta de plano esa aspiración. Dada su epistemología, digamos “pos-positivista”, el constructivismo asegura que, en el caso del mundo social, la realidad se hace, esto es, se construye al tiempo que se enuncia. Ante sus ojos, tener otra pretensión es ignorar alegremente la particularidad ontológica de la esfera humana. Allí no ejercen soberanía sólo las leyes naturales sino también los valores, los significados y, sobre todo, el sentido. Por eso desde el punto de vista de la explicación científica, es inapropiado quedarse solamente en el nivel de la observación, válido para las ciencias naturales, como hicieron el realismo y el liberalismo. Si se ha de entender plenamente la realidad internacional, es necesario pasar el plano de la acción. En efecto, el mundo social no es un conjunto de cadenas causales, empíricamente determinadas, sino más bien un conjunto de acciones intencionales, que operan en el marco de inteligibilidad dado por el significado y el sentido. Es por lo anterior que, en última instancia para el constructivismo, de las relaciones internacionales no obtendremos conocimiento, al menos no en el sentido que le dan las ciencias duras, sino solamente interpretaciones. De allí que, en cuanto a su metodología, el constructivismo opte principalmente por la hermenéutica, que es el arte de la interpretación, de develar el significado y de dilucidar el sentido. A su vez, el constructivismo es consciente de que esas interpretaciones, en tanto parte integrante del mundo social al que intentan comprender, afectarán inexorablemente a la realidad interpretada. Como consecuencia de lo anterior, el constructivismo logra visualizarse a sí mismo como el agente social que es. Y probablemente sea esa auto-consciencia de la que es portador, la diferencia específica más importante que tiene esta corriente de pensamiento en relación a al resto de las teorías. Esto último que acabamos de decir reenvía a otro problema quizás más esencial: a saber, el de cuál es el estatuto teórico del constructivismo. Más concretamente, el constructivismo: ¿es una teoría, un paradigma o simplemente una epistemología? Aquí somos de la opinión de que, en realidad, el constructivismo no es una teoría en el sentido clásico del término pues no es simplemente un conjunto proposiciones acerca de cómo las cosas son. Más bien, el constructivismo parece ser una meta-teoría ya que, en el fondo, lo que propone es fundamentalmente una ontología de las teorías de relaciones internacionales. Precisamente, lo que hace el constructivismo es señalar que no sólo hablamos del ser sino que el ser, entendido como realidad social, es más bien el efecto del decir. Es así que logra aportar un espacio de auto-consciencia en donde las teorías realista y liberal remueven el yugo de un positivismo objetivizante para revelarse a sí mismas esencialmente como discurso más que como ciencia, en el sentido duro. A la luz de la ontología constructivista, más que teorías descriptivas, tanto el realismo como el liberalismo serían indefectiblemente teorías normativas porque, en principio, las relaciones internacionales no son en sí mismas ni realistas ni liberales sino que pueden serlo. Por otro lado, con su epistemología, el constructivismo también logra que las hipostasis, producto de la repetición de ciertas instituciones, prácticas y discursos se muestren justamente como eso que son: formas sociales deificadas a las que hay que desesencializar a través de la hermenéutica. Ante todo, el constructivismo constituye un recordatorio de que más allá de las estructuras, de las imposiciones y constricciones objetivas e intersubjetivas, las relaciones internacionales, como el resto de la realidad social, pueden ser lo que los actores quieran que sea. Y he ahí el núcleo duro de su revolución onto-epistemológica. Sobre el autorLic. en Estudios Internacionales Universidad ORT-Uruguay Maestrando en Filosofía Contemporáne
Documentos de interés
Esta semana:El Banco Interamericano de Desarrollo presenta su Carta Mensual correspondiente al pasado mes de octubre. Véalo aquí.La Alianza Francesa publica su Boletín Les Nouvelles correspondiente al mes denoviembre. Véalo aquí. REDIAL publicó su Boletín Puentes América Latina N° 123. Véalo aquí.La Comisión Directiva de la Liga Marítima Uruguaya invita a la conferencia “Puerto de Aguas Profundas en Uruguay”. Véala aquí
PEDRO FIGARI - LA CAMPAÑA CONTRA LA PENA DE MUERTE
A fines de 1895 el Alférez Enrique Almeida fue juzgado por el crimen de Tomás Butler, un militante del Partido Nacional asesinado de un balazo en plena calle. Luego de un juicio irregular y sin pruebas fehacientes, Almeida fue condenado a prisión. Sin embargo, era inocente. Fue un joven abogado quien, a contracorriente de la opinión pública, de la prensa de la época, del Fiscal y del Juez, creyó en su inocencia y logró demostrarla. El caso del Alférez Almeida fue el que lo hizo célebre. Pero esa no fue la única vez que el abogado Pedro Figari defendió a un inocente injustamente acusado. No obstante, no suele ser recordado por su desempeño como penalista. Mucho menos por la rigurosidad y claridad de sus argumentos, por la lucidez y profundidad de su pensamiento, o por su actividad como político y filósofo. Tampoco por su espíritu humanista. En general, sólo se lo recuerda como artista. Por fortuna, algunos trabajos de autores nacionales han procurado rescatar del olvido las facetas casi desconocidas de una de las figuras más prolíficas que tuvo nuestro país a principios del siglo pasado. En tal sentido, pueden mencionarse, entre otros, Figari, lucha continua, de Luis Víctor Anastasía, Etapas de la inteligencia uruguaya, de Arturo Ardao, Pedro Figari: Tradición y utopía, de María Luisa Battegazzore y Nancy Carbajal, o El doctor Figari, de Julio María Sanguinetti. Un libro de reciente publicación apunta a esa misma dirección. Se trata de Pedro Figari. La campaña contra la pena de muerte, el cual reúne un compendio de los textos más representativos de su campaña abolicionista, correspondientes a dos instancias: la conferencia en el Ateneo de Montevideo, en 1903, y la polémica mantenida con los doctores José Irureta Goyena y José Salgado, en 1905, en las páginas del periódico “El Siglo”. La selección de los textos y el prólogo del libro estuvieron a cargo del filósofo, ensayista y periodista cultural Agustín Courtoisie. Recorrer las piezas que componen esta obra permite tomar contacto con un rigor expositivo y una capacidad para construir argumentaciones sólidas a la hora de debatir y polemizar, poco frecuentes en estos días. “Uno se queda con la sensación de estar tocando con un tiempo de gran rigor intelectual. Los uruguayos hemos perdido con relación a esa época”1, señaló Hoenir Sarthou en la presentación del libro. La pérdida a la que se refiere Sarthou implica aspectos aún más profundos que los ya señalados. Como él mismo expresó: “Lo que aporta Figari es la idea de que un derecho es siempre una construcción política y argumentativa a través de la cual se convence a la sociedad de la conveniencia de que ese derecho exista. Los derechos son máximas que condensan debates públicos”. En ese marco, la campaña abolicionista de Figari, sus polémicas y argumentaciones, fueron el sustento para el nacimiento de un derecho que precede a todos los demás. En la conferencia brindada en el Ateneo de Montevideo, en 1903, Figari pronunciaba: “La sociedad asienta sobre la base esencial del derecho a la vida humana. Es el derecho primordial de los asociados. La propiedad, la libertad, el honor, son bienes subordinados al de la integridad personal; presuponen el derecho de vivir”2. Hoy, más de un siglo después de aquella campaña y de la abolición de la pena capital, diversos actores de la sociedad uruguaya proponen una reducción de derechos, bajo la forma de la aplicación de políticas de seguridad más duras y represivas, de un aumento de las penas o una rebaja de la edad de imputabilidad. Y hoy, más de un siglo después, los escritos de Figari, lejos de resultar anacrónicos, revelan una vigencia inobjetable. La introducción del libro excede con creces las características de un prólogo y bien puede ser considerada un ensayo: no sólo sobre la campaña abolicionista de Pedro Figari, sino sobre la criminalidad y los factores a los que debería apelarse a la hora de explicarla. Abrevando en informaciones de diversos organismos internacionales, Courtoisie brinda un panorama actualizado acerca de la aplicación de la pena capital, los niveles de criminalidad y la seguridad ciudadana, en el siglo XXI. Además, valiéndose de múltiples ejemplos, da cuenta de la manera en que los medios de comunicación, desde una perspectiva economicista y represiva, suelen proponer explicaciones reduccionistas al fenómeno de la criminalidad. No obstante, arroja una luz de esperanza al evocar algunas excepciones que escapan a ese concierto de lugares comunes. Lo hace, por ejemplo, cuando se refiere a un artículo publicado en Búsqueda, en el que los investigadores Ignacio Munyo y Martín Risso llegan a la conclusión de que “al menos una fracción de los crímenes violentos contra la propiedad (que son cometidos bajo frustración) no encuadran bajo el modelo racional del crimen, y pueden ser mejor caracterizados como una pérdida de control más que una conducta dirigida por una opción racional”3. O cuando evoca una entrevista al sociólogo Gustavo Leal, emitida por radio El Espectador, que lleva por título: “Combatir la pobreza no asegura bajar la delincuencia”. Tras ese enunciado subyacen los conceptos, ya manejados por Figari hace más de un siglo, de desigualdad social y de que el foco del problema no está sólo en cuánto se tiene sino en cómo se distribuye. Una vez más, resulta asombrosa la vigencia de su pensamiento, y cómo muchos de los argumentos esgrimidos en el novecientos contra la pena de muerte pueden ser trasladados a nuestros días, a la hora de procurar ensayar explicaciones y soluciones a la criminalidad. Sarthou y Jaime Clara –el otro presentador del libro- coincidieron en resaltar la capacidad de Courtoisie para agrupar en cinco categorías los argumentos de Figari contra la pena capital. Y están en lo cierto, ya que el esquema propuesto, claro y pedagógico, oficia de ruta de acceso a los textos y facilita su inteligibilidad. En primer lugar, Courtoisie aborda los argumentos "figarianos" referidos a la irreparabilidad de la pena. Como expresa el prologuista: “La máquina de la justicia no es perfecta, en realidad falla demasiado a menudo. Y esa falla puede destruir vidas inocentes”4. En tal sentido, los casos de Cándido Lucadamo y del alférez Almeida –desarrollados en el libro- constituyen ejemplos emblemáticos.La segunda categoría está integrada por los argumentos que, mediante el empleo de datos estadísticos, apuntan a demostrar que los homicidios no descienden en los lugares donde se aplica la pena de muerte. En tercer lugar, aparecen las argumentaciones a favor de que las ejecuciones no resultan disuasorias. En tal sentido, esta categoría alude a los múltiples ejemplos que pueden encontrarse en los textos de Figari referidos a homicidas que habían presenciado ejecuciones públicas. “El temor de la muerte asusta a los legisladores y a ciertas personas refinadas, no a la mente criminal promedio que planifica poco”5, sintetiza Courtoisie. La cuarta agrupación tiene que ver con la necesidad de reconocimiento. Para ilustrar de qué manera el concepto –en boga en la filosofía actual- puede ser aplicado al tema que nos ocupa, Courtoisie cita varios pasajes donde Figari describe la valentía de los paisanos al momento de ser ejecutados, despertando la admiración de quienes, como si se tratara de una fiesta bárbara, presenciaban el fusilamiento. Sólo el coraje ante esa situación extrema los vuelve merecedores de algún tipo de reconocimiento. “Aquellos que han estado más sometidos a humillaciones a lo largo de sus vidas, harán cualquier cosa, en cuanto encuentren la oportunidad, para ser reconocidos y reconquistar su honor, su orgullo, su propia estima”6, reflexiona Courtoisie. La pena de muerte termina generando una instancia –la única- en la cual el criminal se torna visible ante los otros. La última categoría hace referencia a un concepto mencionado previamente: la desigualdad económica, educativa y social. En palabras del propio Figari: “Nos dan qué pensar los cuadros estadísticos que acusan por cada cien delincuentes unos 85 o 95 analfabetos y gentes que apenas deletrean. ¿Es justo, es noble, es digno abrirles una escuela, su única escuela, en el banquillo de ajusticiar?”7.Y por si la vigencia de Figari no resultara ya de por sí asombrosa, Courtoisie también nos muestra cómo, en “Reflexiones sobre la guillotina” y en “Reflexiones sobre la horca”, Albert Camus y Arthur Koestler plantean ideas similares a las de nuestro pensador. Luego de leer Pedro Figari. La campaña contra la pena de muerte, uno queda con la sensación de que este libro, tal vez sin proponérselo, nos interpela como sociedad. En estos tiempos, en los que el debate es el gran ausente, sus páginas nos recuerdan que cualquier cuestionamiento a la existencia de un derecho debe estar precedido de un debate inteligente y basado en argumentos rigurosos. No sólo eso. Aunque parezca un juego de palabras, la campaña de Figari contra la pena de muerte, fue una campaña a favor del nacimiento de un derecho. Más de cien años después, la sociedad discute cómo reducir derechos. De la concepción humanista del novecientos poco queda. Deberíamos preguntarnos por qué. Tal vez las páginas de este libro aporten alguna pista. 1Presentación del libro disponible en:http://www.youtube.com/watch?v=f_nwigbxL3U2 Pedro Figari. La campaña contra la pena de muerte. Selección de textos y prólogo de Agustín Courtoisie. Serie Edición Homenaje. Volumen 55. pág. 953 B úsqueda, 22 de marzo de 2012, pág. 15, en Pedro Figari. La campaña contra la pena de muerte. Selección de textos y prólogo de Agustín Courtoisie. Serie Edición Homenaje. Volumen 55. pág. 53.4 Op.cit. pág. 625 Op.cit. pág. 266 Op. cit. pág. 28O7 Op. Cit. pág. 3
EL DEBATE SOBRE LA INSERCIÓN INTERNACIONAL DEL PAÍS: ¿Mucho ruido y pocas nueces? - Parte II
En un anterior artículo repasaba las aparentes opciones de inserción internacional del país, a través del MERCOSUR y por fuera del mismo. En este artículo, por tanto, pretendo entrar en detalle en algunas de ellas y analizar lo que ofrecen a un país como Uruguay. Como punto de partida parece inevitable que, al analizar las opciones de inserción del Uruguay, debamos referirnos a la dicotomía teórica: MERCOSUR si/ MERCOSUR no. Digo teórica (y podría agregar filosófica) porque resulta algo fantasioso imaginarse que cualquier gobierno uruguayo (independientemente de su corte ideológico) tome en algún momento de nuestro futuro la decisión de abandonar el MERCOSUR. El MERCOSUR es una realidad desde hace más de 20 años. ¿Qué beneficios podrían derivarse de abandonar un ejercicio con la historia de este proceso de integración?, ¿Cómo mantendría Uruguay los beneficios que el MERCOSUR ha aportado si abandonara el mismo o incluso pasara a tener un rol de Estado Asociado? El análisis es complejo porque involucra no solo la realidad sino las “ilusiones rotas” de muchos uruguayos. Hoy por hoy es difícil desconocer cómo percibimos al MERCOSUR desde el más pequeño socio del bloque: como uruguayos percibimos al MERCOSUR, o a alguno de los países que lo componen, como el origen de muchos de nuestros males recientes. Es decir, este proceso que inició como la panacea de la integración subregional, hoy parece más un ancla para los planes de desarrollo nacional. No olvidemos que, en sus orígenes, el MERCOSUR fue planteado como un instrumento para alcanzar el loado objetivo de la libre circulación de bienes, servicios y personas. Hoy parece difícil imaginar al MERCOSUR de la libre circulación de algo. Basta referirse a la prensa en los últimos 10 años para reconocer que, desde los primeros conflictos por las pasteras sobre el Río Uruguay y los subsiguientes cortes de los puentes internacionales, hasta los más recientes conflictos comerciales, el proceso de integración en el Cono Sur no ha sido color de rosa. Frente a esta realidad que algunos podrán disfrazar pero que todos percibimos en el día a día, las alternativas no parecen muchas. Si bien es seguro que el autor de este artículo no es el único que imaginó con una sonrisa en el rostro, el momento soñado en el que Uruguay anunciara su “no va más” y saliera de la sala de negociación dando un portazo, la realidad regional y la política exterior uruguaya difícilmente puedan permitirse una decisión de tal peso. Caminos intermedios como pasar a un estatus de Estado Asociado (como el que tienen países como Chile, Perú o Colombia) no tienen demasiado sentido: ¿Cuál de todos nuestros generosos socios nos dejaría gozar de los beneficios actuales (abstrayéndose del momento actual en el que cuesta recordar que hay beneficios) sin las obligaciones que hoy nos “atan” a la región? Por ello, la alternativa más realista no implica abandonar el MERCOSUR, sino perseverar en un eterno intento de mejorar sus características para que las mismas sean, finalmente y en todos sus ámbitos, beneficiosas para Uruguay. El error sería considerar que esta alternativa implica inacción. Cambiar al MERCOSUR no es un objetivo sencillo de lograr, más aún cuando el MERCOSUR que queremos construir no es igual para Uruguay, Argentina o Brasil. Siendo un socio pequeño en un mundo de decisiones por consenso, proponer, empujar, impulsar e incluso insistir no son sinónimos de lograr. Por el contrario, los negociadores uruguayos tienen un largo historial de propuestas nunca concretadas. ¿Por qué? sencillamente porque lo que Uruguay quiere para el MERCOSUR no es lo que los socios grandes quieren. Por tanto, incluso esta alternativa altruista de continuar impulsando un mejor MERCOSUR requiere acciones firmes y, por sobre todas las cosas, un debate de alto nivel en el que ciertos acuerdos queden registrados definitivamente. Si los Jefes de Estado no son capaces (en sus mediáticas Cumbres semestrales) de instrumentar al menos una serie de decisiones sustantivas, más allá de grandes declaraciones políticas de solidaridad con la crisis regional, o con el “Presidente regional víctima” de turno, el MERCOSUR se transformará, cada vez más, en un ámbito de concertación política, en el que las decisiones comerciales quedan olvidadas, violadas y demoradas de acuerdo con la voluntad de los gobiernos de turno. Es evidente que, para lograr el MERCOSUR que queremos, existe un primer grupo de decisiones a tomar en dos planos diferenciados: por un lado, es necesario modificar la dinámica comercial interna; por otro, debe repensarse la capacidad de interactuar con el mundo. Hoy por hoy el MERCOSUR no es garantía de mercados ampliados, como originalmente fue concebido. Peor aún, el MERCOSUR no es tampoco plataforma para la inserción internacional ni para la atracción de inversiones. Modificar la situación comercial intra-MERCOSUR parece ser, con los planes desarrollistas e industrialistas argentinos y, en menor medida brasileños, tarea para el futuro. Por ahora la herramienta disponible parece ser la “bilateralidad” y la “informalidad”, la primera, para aprovechar que la buena relación con Brasil puede concedernos algunas ventajas no-MERCOSUR, la segunda para llamar informalmente y pedirle al amigo de turno buena voluntad para solucionar los problemas circunstanciales. Ambos opciones pueden antojarse pragmáticas en la coyuntura actual, cuando en realidad no hacen más que erosionar la institucionalidad del MERCOSUR. Sin embargo, la solución a la inserción internacional a través del MERCOSUR parece considerablemente al alcance de la mano. No se trata de abandonar el MERCOSUR y lanzarse en una carrera desenfrenada para firmar acuerdos de libre comercio a diestra y siniestra. Se trata de reconocer que, de la misma forma que Argentina necesita sus planes de desarrollo, su apoyo a la industria local, sus licencias no automáticas o sus detracciones a la exportación, algunos otros necesitamos al mundo para sobrevivir. Y este no es un debate nuevo para el MERCOSUR. El ejemplo más claro es la negociación con México. El MERCOSUR firmó un Acuerdo Marco a partir del cual cada uno de sus socios pudo avanzar a su propio ritmo en acuerdos más o menos ambiciosos con el país latinoamericano. Y como consecuencia de ello el MERCOSUR no desapareció, el arancel externo común no está más perforado de lo que estaba y el mundo no dejó de girar! Sin llegar a ese extremo, el MERCOSUR ha negociado con varios socios comerciales regionales y extra-regionales, con los cuales permitió ciertas flexibilidades para sus socios (para proteger productos que eran sensibles solo para un socio o a fin de obtener un mejor tratamiento para productos de interés de uno o varios, pero no de todos). Tampoco en ese caso puede hablarse de la muerte del MERCOSUR. Es claro también que cuando hablamos de negociar con la Unión Europea, EE.UU o China, los temores se duplican. Pero parece ser la hora de sentarse y discutir seriamente las alternativas para que, quienes quieran y estén en condiciones, puedan avanzar en acuerdos comerciales con socios de su interés. Este es el debate que nos deben los Jefes de Estado; este es el debate que nos anuncian desde hace un par de años; este es el debate que no llega nunca y, finalmente, este es el debate que podría cambiar la realidad de la inserción internacional del Uruguay. Es posible que ello haya intentado forzar Uruguay al pedir estatus de observador en la Alianza del Pacífico, al concurrir a la última Cumbre de ese grupo, al mencionar que considera la posibilidad de pasar a un estatus más activo en el proceso. Que esas acciones son una pequeña muestra de que Uruguay está mirando al mundo, que está analizando sus opciones y que reconoce que el MERCOSUR, por sí y en sí, no es suficiente. Sin embargo, desde una perspectiva más pesimista es posible pensar que han existido innumerables oportunidades para discutir el rol del MERCOSUR como “corsé” en las negociaciones comerciales del Uruguay. Por tanto, si no hemos capitalizado ni una de ellas es porque no estamos verdaderamente interesados en este debate… o al menos no tan interesados como para dejar de lado cuestiones esenciales como el espionaje internacional y el asilo a Snowden. Mientras tanto, sin embargo, la vida continúa. El mundo negocia. Hasta los eternos reacios comienzan a recorrer el camino de los acuerdos comerciales bilaterales. China se suma a ejercicios negociadores. Rusia cierra un proyecto de Unión Aduanera con Bielorrusia y Kazajistán, al tiempo que comienza a buscar sus primeros contactos a través de negociaciones comerciales. Estados Unidos y la Unión Europea se aprestan a lanzar el mayor ejercicio que ha conocido la historia de las negociaciones comerciales. Los países de la Alianza Trans-Pacífica (TPP) continúan su intenso ritmo de negociaciones. Más cerca aún, la Alianza del Pacífico da sus primeros pasos ante la atenta mirada del mundo y la región, con grandes promesas y una responsabilidad muy importante: deberá demostrar que además de los grandes compromisos, abultadas agendas de negociación y declaraciones de más alto nivel, generará resultados reales en materia de integración comercial. Mientras tanto, sin embargo, el aletargado MERCOSUR ni siquiera reflexiona. Germán Clulow - Universidad ORT-Urugua
DOS PROBLEMAS PARA ALCANZAR EL DESARROLLO: Middle Income Trap y Middle Institutional Trap - Parte I
¿Por qué algunos países prosperan y otros no? Independientemente de una política económica específica, es claro que el desarrollo se alcanza en el mediano y largo plazo. Es decir, no es posible implementar una política, por más buena que fuera, y alcanzar el desarrollo o la prosperidad en uno, dos o tres años. Muy pocos países en la historia han alcanzado el desarrollo. Más aun, los países que denominamos desarrollados (básicamente, los situados en la “Vieja Europa”, América del Norte, Japón, Australia y Nueva Zelanda) lo han sido por un lapso relativamente breve de tiempo. Esto significa que en algún momento de su historia pasaron de un situación de ingreso bajo a uno de ingreso medio y de allí a un nivel de ingreso alto. En el camino al desarrollo, muchos países sufren lo que se denomina “middle income trap”. ¿Cómo se define? Brevemente, el “middle income trap” es un problema que enfrentan aquellos que han crecido sostenidamente por varios años y han dejado de ser pobres. Cuando alcanzan un ingreso per cápita que va en un rango de 3.000 a 12.000 dólares (en valores constantes), se encuentran con un problema en parte estructural: han perdido la ventaja comparativa que significaba la existencia de salarios reales bajos pero todavía están lejos de consolidar aquella ventaja comparativa que poseen la mayoría de los países desarrollados, esto es, tener o haber perfeccionado tecnología de punta en un mercado o mercados relevantes.1 Sin embargo, parte del problema del middle income trap podría pensarse desde una perspectiva institucional. Es decir, la pérdida de competitividad no sólo tendría una dimensión económica (por el aumento de los salarios reales y, por otro lado, por la ausencia de innovación en sectores de punta) sino también una dimensión institucional. Este escenario podría denominarse “middle institutional trap”. Paso seguido, ¿Cómo definiríamos el “middle institutional trap”? Como un problema adicional que enfrentan, principalmente, los países de ingreso medio, es decir, los mencionados países con middle income trap. Básicamente, el pasaje de la escasez extrema o pobreza a la escasez media genera una expectativa o efecto riqueza en gran parte de la sociedad. Estas crecientes expectativas deben ser canalizadas a través de las instituciones políticas. La existencia de instituciones de calidad media (o middle institutional trap) genera un problema adicional. ¿Por qué? Porque si las instituciones fueran débiles esas crecientes demandas o expectativas serían pobremente canalizadas y eso contribuiría a consolidar una extendida creencia en la imposibilidad de alcanzar esas nuevas metas distributivas. Es decir, quedaría claro que esa economía no se encuentra en condiciones de alcanzar el desarrollo. Por otro lado, si las instituciones fueran fuertes esas crecientes demandas serían canalizadas eficientemente. Es decir, la existencia de instituciones sólidas contribuiría a moderar expectativas excesivas que no se condijeran con la verdadera productividad de esa economía. En cambio, cuando las instituciones o estado de derecho son de calidad media o regular (es decir, no son lo suficientemente fuertes ni lo suficientemente débiles como para que todos los actores involucrados tengan claro que escenario enfrentan, para bien o para mal) conviven escenarios donde, por un lado, determinados actores basan su accionar en instituciones lo suficientemente fuertes para articular demandas sofisticadas pero, por otro lado, coexisten instituciones políticas lo suficientemente débiles como para lidiar con éxito con esa aspiración que parte, generalmente, desde algún actor relevante de la sociedad civil. Por ejemplo, podemos pensar en demandas expresadas por sindicatos institucionalmente articulados frente a un estado o aparato estatal incapaz de lidiar eficientemente con esos actores. Hemos introducido brevemente ambos conceptos. Paso seguido, intentemos primero desarrollar mejor el “middle income trap” para en un segundo trabajo profundizar en posibles implicancias del “middle institutional trap”. Por ejemplo, recurramos a un trabajo del Banco Asiático de Desarrollo que, refiriéndose a China, realizó una relevante investigación. Allí es posible resumir el concepto de “middle income trap”. Sostiene el informe que “Low-income countries possess a large pool of surplus labor that limits wage increases when urban industrial and service sectors expand. Firms employ low-level, established technologies that are easily imported and mastered locally, and compete on low cost. Upon reaching middle income, the pool of surplus labor shrinks and wages rise rapidly. Countries must upgrade industry and services through innovation to improve labor productivity—moving from a low-cost to a high-value economy. If they fail to do so, the economy becomes trapped: no longer able to compete with low-income countries but unable to compete with high-income countries…Moving from a low-cost to a high-value economy requires a critical mass of firms with strong incentives for innovation, as well as the government to create a conducive environment…”2 Como primera síntesis, el “middle institutional trap” contribuye a consolidar un escenario donde las reglas son lo suficientemente fuertes como para la permanencia de derechos pero lo suficientemente débiles para atraer inversiones de largo plazo. Paso seguido, una característica distintiva del “middle institutional trap” consiste en consolidar un estado de cosas donde determinadas economías no sólo se estancan en el corto-mediano plazo sino que, más aún, es difícil pensar cómo en el mediano-largo plazo esa complejidad institucional podrá ser removida, eficientemente, para bien. En un punto, es claro que el estancamiento deviene declinación. Aquello que apareció como un problema en el corto plazo se consolidó como desafío estructural en el mediano plazo y, en algunos casos, se transformó en amenaza en el largo plazo. Es posible pensar el estancamiento y declinación de la Argentina desde mediados del siglo XX siguiendo esta lógica. Si bien es un caso paradigmático, esta nación no es única ya que la existencia de instituciones medias o regulares pueden abarcar un rasgo lo suficientemente amplio como para incluir a países institucionalmente tan disímiles a Argentina como Chile, Uruguay y, notablemente, China. En la segunda parte de este trabajo profundizaremos en el análisis de este concepto a partir de la mencionada perspectiva comparada que, como en los ejemplos aludidos, puede contribuir a la discusión a partir de generar conclusiones o aproximaciones sugestivas. 1- Por ejemplo, ver “Growth Slowdowns and the Middle-Income Trap”, escrito por Shekhar Aiyar, Romain Duval, Damien Puy, Yiqun Wu y Longmei Zhang. IMF Working paper 71, 2013. Washington DC.2- Ver “Asia 2050: Realizing the Asia Century”, Asian Development Bank, Agosto de 2011. Disponible en internet en http://www.adb.org/publications/asia-2050-realizing-asian-century. Pedro Isern - Universidad ORT-Urugua
“LAS GUERRAS ISLÁMICAS (II)”
En nota editorial anterior nos esforzábamos por poner de relieve dos características de los acontecimientos en marcha en el mundo islámico que nos parecen decisivas para la comprensión de la cada vez más intensa conflictividad que allí se vive. Por un lado es necesario dejar algo de lado la tendencia a quedarse en una aproximación nacional o regional de los conflictos -(no es que haya “una guerra civil” en Siria y que, por otro lado y de manera totalmente independiente, Egipto se aproxime a enfrentar una)-: en realidad todo apunta a señalar que, en el mundo islámico, hay una conflictividad que, esquemáticamente, podríamos llamar generalizada. De esta conflictividad generalizada quedan fuera, como sabemos, muy pocos actores del mundo islámico. Por otro lado, señalábamos, también, que era importante concluir que en un alto porcentaje, esa conflictividad que sacude al Islam proviene esencialmente de los actores internos del espacio islámico. Sin dejar de recordar que --(si nos permitimos ser esquemáticos)--, desde la irrupción de los árabes de la península arábiga en el siglo VII y la primera mitad del VIII hasta hoy, el Occidente y el Islam han estado estrechamente vinculados tanto en c0nflictos como en empresas comunes, ello no significa que sigamos pensando, como una buena parte de la prensa occidental refleja, que los conflictos actuales que viven los países islámicos tienen una relación particularmente estrecha con la política de Occidente. Cualquiera de las dos cuestiones planteadas resultan altamente complejas de ser analizadas en un simple abordaje editorial. Pero, si nos conformamos con un abordaje de estas temáticas que se limite a plantear algunas ideas meramente plausibles, quizás sea factible avanzar un tanto en la comprensión de lo que está sucediendo. Con respecto a la primera característica que mencionáramos; es decir, el carácter claramente supranacional y tendencialmente global de los conflictos en curso, resulta difícil no advertir que esto es el resultado de una serie de cambios significativos que se han ido procesando en las últimas décadas en el mundo islámico. A.- El más obvio es el auge del fundamentalismo islámico que, aunque sus raíces pueden rastrearse a inicios del siglo XX en Egipto -(1928)-, evidentemente ha estallado en una nueva galaxia de grupos y grupúsculos que se muestran cada más agresivos. Estos grupos fundamentalistas son los que designan abiertamente a Occidente -(y a Israel)- como el “enemigo principal” pero, en los hechos, cuando uno evalúa su política y accionar militar es obvio que están más activos en su agenda “doméstica” -(es decir, propiamente referida al mundo islámico)- que en sus ataques a Occidente. Desde luego que todos conocemos los ataques a los países occidentales y a Israel: sin embargo son infinitamente más los muertos argelinos o afganos -(para sólo nombrar 2 conflictos)- en manos del fundamentalismo islámico que los muertos occidentales. O sea que, dejando de lado las apariencias, el fundamentalismo hace más de una década que está combatiendo poblaciones, sociedades, regímenes y gobiernos islámicos de manera mucho más directa que al Occidente. B.- El segundo cambio significativo que no es posible ignorar es que, en el seno del mundo islámico, se ha ido generando un número importante de países con capacidades políticas y militares de “meso-potencias” que les permiten aspirar a jugar papeles hegemónicos regionales de importancia. A mediados del siglo pasado quien fuese interrogado sobre la existencia de un país musulmán “poderoso” en esa región tenía un solo nombre a mano: Egipto. Hoy, en cambio, Egipto ha perdido buena parte de su importancia y sufre los efectos de las ambiciones crecientes de Turquía, Irán, Arabia Saudí, Indonesia, Sudán, Pakistán, e Irak se sumaría a la lista de no haber sufrido dos invasiones sucesivas. En este contexto, y seguramente utilizando tanto los “clivages” más tradicionales que dividen al Islam -(sunitas, chiítas, -(a su vez profusamente divididos internamente entre ismailíes, zaidíes, alauitas, etc.)-, ibadíes o sufistas)-, como los diversos y marcados sentimientos nacionalistas que también enfrentan entre sí a muchos países musulmanes, es evidente que el ascenso de estos países “candidatos a potencias” ha desatado estas luchas de alta intensidad que destrozan al mundo musulmán. Es más, esto no es todo. Conviene recordar que, por debajo de estas múltiples líneas divisorias, están, además, subyacentes diferencias étnicas importantes que separan a los árabes, de los iraníes, y a estas dos últimas etnias, de las diversas versiones del mundo turcomano que se extiende desde Turquía hasta el corazón del Asia Central. Si hacemos caso omiso de las guerras mundiales del siglo XX, en realidad en la historia de Occidente habría que remontarse al siglo XVI y XVII y a las Guerras de Religión, para encontrar una situación de conflictividad generalizada parecida en el mundo cristiano. C.- Una peculiar complejidad “extra” de este gran conflicto, que compromete a cientos de millones de personas -(y que de alguna manera invalida el paralelismo con las Guerras de Religión que acabamos de evocar)- radica, además, en que por encima de los “clivages” tradicionales intra-religiosos del Islam, de las diferencias étnicas y de las divisiones basadas en las retóricas nacionalistas hay todavía una última línea de fractura más que opera claramente en los enfrentamientos a los que estamos asistiendo. En los siglos XVI y XVII, la Modernidad recién comenzaba a ponerse en marcha, sabemos que la emergencia del protestantismo tiene directa relación con su desarrollo y que, en buena medida, recién después de la institucionalización de la Reforma, la Modernidad occidental se afirmará de manera irreversible. Pero, en todo caso, en aquella época, y en el espacio euro-americano, latensión imaginable entre la “tradición” y la “modernidad” era algo todavía al alcance de la comprensión directa y empírica de los actores políticos de la época: rápidamente el empuje de “la modernidad” hizo previsible su triunfo sobre “la tradición”. Es más, el siglo XVIII y la Ilustración, se darán como tarea histórica -(desmesurada pero)- explícita, “terminar” con la “tradición”. En el caso que nos ocupa, en cambio, es casi evidente que hay algo que ya no es “una tensión” sino que es una descomunal contradicción social entre “tradición” y “modernidad”, contradicción cuya eventual resolución abrupta puede adquirir características de cataclismo. No es posible no advertir que el proceso de globalización, que por lo menos desde principios del siglo XIX comenzó a “trabajar” culturalmente de manera directa al mundo islámico, ha creado en este espacio cultural, élites y algunos sectores de población claramente “modernos” que, cada día que pasa, están culturalmente más lejos de los sectores “tradicionales” de las propias sociedades islámicas. El gobierno de Irán está controlando el átomo pero continúa lapidando mujeres y amputando manos de ladrones. Bachar el Assad, que probablemente, en el día de ayer, haya utilizado la aviación para lanzar gas sarín contra sus detractores, pertenece a la secta alauita del chiísmo que tiene, como una de sus principales características teológicas, la creencia de que las mujeres no tienen alma. Quizás estos ejemplos puedan parecer banales y meramente efectistas porque todos sabemos que, en el ámbito de la cultura, toda combinación termina por ser aceptable -(¡como hubiésemos podido imaginar que Hitler proviniese del país de Kant y Stalin de la cultura de Tolstoi!)-. Pero en este punto lo que aquí interesa no es su dimensión moral; lo que es significativo es la potencial conflictividad política de una situación sociológica que ha generado la coexistencia de una “cofradía” como los Hermanos Musulmanes, -(que manifiestamente mora en la Edad Media porque tiene su base social en un campesinado medioeval)- y las reivindicaciones democráticas sinceras de una clase media urbana de El Cairo o Alejandría que entiende necesario vivir, manifiestamente, en una vida “moderna”. Para no entrar en la consideración de las ”soluciones culturales” de las élites saudíes o qataríes que viven manifiesta y públicamente una cultura con gestos medioevales y, privadamente, una cotidianeidad acentuadamente moderna. Es más, en el caso de Qatar, como en el de otros países del Golfo, esta “esquizofrenia histórica” ha generado productos empresariales y productivos sorprendentes. D.- Quizás como corolario de esta nota corresponde esbozar una última argumentación que parece ser capaz de proporcionarnos una conclusión, sino completa, al menos pertinente. Si aceptamos que, efectivamente, el mundo islámico, por distintas razones que no podemos explicitar cuidadosamente aquí, está aquejado de una suerte de “dualismo” radical en sus distintos procesos de desarrollo, “dualismo” que ha hecho coexistir en regiones, ciudades, países, sectores sociales, etc. procesos tendencialmente cada vez más modernos con pautas culturales absolutamente tradicionales y prácticamente “congeladas” en el tiempo, esta contradicción debería poder identificarse en alguna característica general presente en todo este convulsionado espacio islámico. Una pista que puede ser pertinente para explicar ese hipotético “dualismo” que se hace presente por doquier es lo que podríamos llamar el síndrome de “la secularización fracasada”. Esa parece ser la característica política generalizada de la compleja circunstancia histórica en la que se encuentra envuelto el mundo islámico. Una consideración general de los elementos que hemos expuesto en estas dos últimas notas editoriales parece indicar que esta idea de “la secularización fracasada” podría ser capaz de dar cuenta, en primer lugar, de ese “dualismo” socio-cultural que hemos admitido como generalizado en todo el mundo islámico. Más ambiciosamente, podría adelantarse también en el camino de sostener que ese fracaso del proceso de secularización que aqueja a en el área cultural islámica, sea un elemento histórico que esté trabando, a su vez, la resolución de una amplia gama de conflictos como son los sectarismos religiosos internos al Islam, las tensiones nacionalistas y regionales o el proceso de hibridación de las distintas etnicidades en pugna. En última instancia si la modernidad occidental ha podido avanzar hacia una relativa universalización cultural ello se debe al hecho de que sus estados nacionales laicos pudieron desembarazarse de muchos particularismos religiosos, étnicos, culturales o regionales. Sin esa herramienta, los estados nacionales laicos -(por cierto hoy ya comprometidos en procesos de articulación supranacionales)- el sostenido proceso de globalización de los últimos siglos no hubiese sido posible de desarrollarse desde el Occidente. En la evolución política de los países del Islam durante el último siglo, no es difícil rastrear procesos históricos que podrían, debidamente estudiados, ser identificados como elementos que obturan un cada vez más necesario tránsito hacia una modernidad secular porque, sin ese tránsito, el mundo islámico parece condenado a la conflictividad generalizada de las últimas décadas
Documentos de interés
Esta semana:UNFPA publica el Boletín Uruguay, junio de 2013. Véalo aquí.El Portal Europeo publica una nueva edición de Puentes: América Latina, junio de 2013. Véalo aquí.L'Alliance Française de Montevideo publica la versión de junio de LES NOUVELLES. Véaloaquí. El Real Instituto Elcano publica su Boletín 159: Patronato Elcano, junio 2013. Véalo aquí.Presentamos el estudio del CURI 2/2013, del Dr. Heber Arbuet Vignali, titulado “Necesidad de un nuevo sistema jurídico para las relaciones internacionales posmodernas.” Véalo aquí.La IOM publica su informe " URUGUAY: Inmigrantes internacionales y retornados. Magnitud y características". Véalo aquí